EL HEMBRISMO, SUMIDERO DE DESDICHAS

Este libro ha sido realizado gracias a las aportaciones obtenidas de casos reales y situaciones actuales y verídicas. Es un comunicado interior para las Agrupaciones y Federaciones de hombres y mujeres separados o divorciados.

Aunque ha sido editado para uso de los varones, estamos seguros de que también las mujeres que puedan leerlo, sacarán gran provecho de el.

Sólo para circulación interna de las Asociaciones y Federaciones.

NO PODRÁ SER VENDIDO.

Pablo Mirell

Sumidero de la desdicha

EL HEMBRISMO Sumidero de la desdicha

Primera edición: septiembre 1998
De la presente edición: AGRUPACIÓN GRANADINA DE MADRES Y PADRES SEPARADOS
(CANALETAS -ALHAMBRA)

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas,
bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial
de esta obra, así como la transmisión de parte alguna de esta publicación,
cualquiera que sea el medio empleado -electrónico, mecánico,
fotocopia. grabación, etc—. sin el permiso previo y por escrito de los
titulares de los derechos de propiedad intelectual.

Impreso en los Talleres de Gráficas Alhambra de Granada
Polígono Tecnológico Armilla – Ogíjares, naves 50-51

Edita:
AGRUPACIóN GRANADINA DE MADRES Y PADRES SEPARADOS (CANALETAS-ALHAMBRA)

Depósito Legal: GR. 986/1998
ISBN 84-605-8079-2 (amg)

Impreso en España (Printed in Spain)

Indice

PRóLOGO

AL LECTOR

CAPíTULO I  El Caldo de Cultivo

CAPíTULO II La Abundancia, el Principio de la Decadencia

CAPíTULO III El Hembrismo: Todo una Pieza.

CAPíTULO IV La Vida de Anselmo.

CAPíTULO V   La Inevitable Crisis.

CAPíTULO VI Las Consecuencias.

CAPíTULO VII Más sobre los Padres y los Hijos.

CAPíTULO VIII Real como la Vida Misma.

CAPíTULO IX Lo que aún puede Salvarse.

CAPíTULO X ¿Qué Hacer, qué no Hacer?.

APÉNDICE

DEDICATORIAS

A todos los niños víctimas de la estupidez, la miseria moral y la egolatría de sus mayores, y sobre todo del codicioso hembrismo.

A las nuevas víctimas que esta locura tolerada y hasta aplaudida está creando cada día.

Nuestro mayor deseo, el de los hombres y mujeres que luchamos por la equidad para todos, es que estas páginas sirvan para concienciar a los poderes públicos y a la sociedad en general, de que algo mas allá que nuestro propio ombligo, están los niños, a quién debemos un futuro.

A mis niños, cuya hermosura y bondad está fuera de toda descripción, con el deseo ferviente de que puedan permanecer, siquiera por su inocencia, apartados de estas miserables batallas.

A tantos esforzados colaboradores por su inestimable ayuda tanto técnica como moral, a la hora de gestar y componer estas páginas y por su sabiduría y moderación. A Miguel F. P., especialmente.

A todas las Iglesias cristianas y a la Conferencia Episcopal Católica Española por pronunciarse expresamente contra estas y otras prácticas aberrantes y tan alejadas del orden natural y cristiano.

Querer a un hijo
no es obligarle a vivir
con nuestras “verdades”,
sino ayudarle
a que pueda vivir
sin nuestras mentiras.

A todos los hombres y mujeres de bien, que apoyan la equidad y el buen juicio, con limpio corazón, sin prejuicios ni abusos.

A las mujeres que saben ser madres y esposas. Son la mayor bendición. A los benditos abuelos, que son privados inicuamente de su mejor tesoro: sus nietos.

Los autores

PRóLOGO

¿Cómo escribir el libro más impopular del mundo? El lector está a punto de descubrirlo a medida que vaya leyendo estas páginas: y es que la verdad no es agradable, sobre todo si va en contra de las reglas establecidas del juego, del “establishment”. De modo que, sí alguna vez llega a publicarse, no espero recibir sobre él otra cosa que las críticas más acerbas (lleno de tópicos”, “machista”, ‘paranoico” … ). No crean que no lo sé.

Al mismo tiempo, no puedo dejar de pensar cuán a menudo los críticos son como eunucos: hablan continuamente de algo que nunca podrán hacer, como es escribir con la maestría que sus aceradas críticas demandan. Tampoco puedo dejar de volver la vista a uno y otro lado y de ver cómo se ocultan, cómo se silencian, auténticos actos de brutalidad y de fría venganza contra… ¡hombres inocentes! Y ello en una época en la que toda la dialéctica del día a día aún retoza alrededor de, esta vez sí, auténticos topicazos sobre la indefensión de la mujer, la discriminación de la misma, las privaciones de libertad que ésta sufre…

Sí.- usted ha oído y oye baladas sobre estos tópicos prácticamente todos los días. Y tal vez no se haya dado cuenta aún de que es la víctima conformista de un sofisma que ha alcanzado carta de naturaleza en nuestra sociedad actual, no sólo en nuestro país, sino en cualquiera de los considerados países civilizados. Porque ni el machismo es ya lo que era, ni el feminismo se entiende adecuadamente, ni quienes lo interpretan lo aplican con tan puras intenciones.

En esta polémica, como en todo, hay quienes pagan siempre el pato: y no siempre son quienes nos venden en los medios de comunicación, es decir, las pobres, indefensas e inocentes mujeres aplastadas por el yugo del machismo; nada más lejos de la realidad. A la sombra del mito del machismo, las mujeres disfrutan de ventajas que los hombres no gozan en sus trabajos, y se oponen a reformas que tenderían a rebajar sus privilegios para alcanzar una auténtica igualdad respecto al hombre.

Tras todo lo dicho, y a medida que lea las siguientes páginas, pienso que lo más desagradable no será, para el lector, el hecho de constatar que está siendo manipulado, ni el tener una escala de valores errónea o el “no haber caído en ello” (puede que el lector ni siquiera comparta un sólo párrafo de lo dicho). Lo más desagradable será, probablemente, una cierta sensación de “predestinacíón”, un cierto fatalismo. Porque lo peor no es que las cosas sean como me dispongo a describir, sino que estén defendidas por la opinión de la gran masa: ya se sabe lo difícil que resulta ir en contra de la corriente de la opinión pública general; y más aún, en estas condiciones cambiar las cosas, incluso cuando comienzan a caerse por su propio peso.

Es bien sabido que existe un “establishment”, un sistema, con una formidable inercia que es casi impensable cambiar. La máquina impasible te utilizará como material para su funcionamiento o te expulsará como sobrante o detritus de su implacable proceso. Nadie está libre en ninguna forma. Todo lo que hacemos está condicionado, bien por las cosas a las que aspiramos o necesitamos, bien por el esfuerzo que requiere conservar lo obtenido en una sociedad agresiva, inestable y, en todo caso, cambiante. Pero además, estamos siendo permanentemente influidos, incluso podríamos decir que adiestrados, para pensar de una determinada manera.
Ser. o no ser.. (acabe el lector la frase). O nos plegamos al sistema, o el sistema nos segrega y nos destruye. No hay alternativas intermedias. Si obtienes un empleo, estás aceptando un paquete de obligaciones de las cuales, ni del conjunto ni de una en una podrás evadirte. No puedes elegir lo que deseas hacer o no, cuándo quieres tomarte el fin de semana o cuándo quieres trabajar, ni cuánto tiempo deseas dedicar a tu trabajo: eso te lo dan hecho, y “son lentejas” (o las tomas, o las dejas). Y sabemos que mientras pensemos y actuemos como se espera de nosotros, nadie va a resultar escandalizado, nadie nos discriminará. Por tanto, nos dejamos llevar, nos acomodamos a vivir así, a pensar lo que quieren que pensemos…

De modo que ¿qué posibilidades cree usted tener para expresar en este entorno sus sentimientos reales, sus opiniones sinceras, con plena libertad. . ? Y menos acerca de un tema tan polémico como el que trata este libro. Es mejor hacer lo que todos, y seguir creyendo miopemente que en nuestra sociedad cada uno piensa y hace lo que quiere. Cada cual se engañe, si así lo desea: lo cierto es que, de una u otra forma, la sociedad nos constriñe a hacer y pensar lo que se espera de nosotros, sin darnos a cambio la seguridad y estabilidad que anhelamos.

Acostumbrados a decir lo que quieren que digamos y a pensar lo que quieren que pensemos, tener una mente abierta para valorar objetivamente una nueva forma de ver las cosas es una labor de titanes… que yo le pido a usted ahora, lector: trate de verlo por un momento de otra forma. Y aquello que ve de otra forma, no lo acepte o rechace porque sí. Acéptelo o rechácelo porque usted ha reflexionado objetivamente, sin que nadie le manipule; sin prejuicios. Es un reto muchísimo más difícil del que podría parecer a primera vista. Y mucho más importante.

Por otra parte, ¿a quién dirijo este libro?

Este libro aspira a ser uno de los pocos tratados que, al contrario de lo que hacen la multitud de ellos que existen para el feminismo, defienda, aprecie y valide las virtudes, los valores y los derechos de un hombre. Pero en plano de igualdad, con hechos probados, con energía y con contundencia… a diferencia de una buena parte de tantos manuales “feministas” que circulan por el mercado, y que aburren a base de teorizar con cierta aviesa habilidad sobre manidos sofismas.

Sé que toda una “cultura” me saldrá al paso a cada línea, y que para cada razonamiento habrá un cliché que se le oponga. Por eso he pedido al lector que piense por sí mismo: porque no quiero ser sospechoso de manipulación, sino que deseo que sea el lector, y sólo el lector, quien juzgue y obtenga sus propias conclusiones. Yo sólo me responsabilizo de exponerle otro punto de vista, el punto de vista prohibido, el de la parte perdedora, el maldito, el contrapunto.

En éstas páginas, sobre todo, pretendo descubrir una nueva categoría, un nuevo “ismo”.- el hembrismo, como suma de aquellos comportamientos y formas de razonar de un nuevo (al menos relativamente) y desafortunado género de mujeres, cuya ignorancia e insensatez amenazan con acabar con todo lo bueno que el feminismo ha aportado a nuestra sociedad. Veremos sus características, pero antes analizaremos cómo existe un origen social, un contexto cultural, un caldo de cultivo..que lo propicia y fomenta. Y también veremos cómo este hembrismo es, demasiado a menudo, la causa de una buena parte de los fracasos matrimoniales de nuestra época.

Como colofón, intento trasmitir al lector cual sea la actitud más positiva a adoptar en el caso de encontrarse en el curso de una separación estando, como lo estará si es varón, en el lado del perdedor

A veces puede parecer que exagero, y puede ser un gran error creerlo. Reconozco que me dejo llevar en ocasiones por un tono beligerante, (la realidad de la que he sido y soy testigo lo merece de sobra), pero trato de ser verídico. No olvide el lector que en las páginas siguientes hablaré de cierto tipo de mujeres, pero no de todas. No caeré en el mismo dislate que estoy presenciando hoy día en el hembrismo.

Tampoco voy a insistir en este detalle más veces, de manera que quiero que quede, desde el principio, muy claro: en ningún momento hablo de todas las mujeres (ni de todos los hombres), sino de algunas (y algunos), con características muy específicas y distinguidles. En esto no se puede generalizar, como tampoco se puede decir que los franceses son, por serlo, patrioteros y mezquinos, que los ingleses son flemáticos y aburridos, que los escoceses son tacaños, o los belgas cornudos Es nuestro mundo el que describo, nuestra realidad inmediata. Cosas de todos los. días, de cada hora, al fin y al cabo. Cualquiera puede abrir los ojos, ver, opinar y decidir por sí mismo. Es, insisto una vez más, todo lo que pido al lector.

Por último, ¿por qué escribo yo y no otro? De hecho, soy el más perfecto de los desconocidos, ninguna autoridad en ninguna materia, tal vez afortunadamente. No soy el mejor ingeniero para hablar de la carretera que este libro describe y recorre.

Sólo que yo ya he estado en esa carretera. En ella estoy desde hace un buen puñado de años. No quiere decir que haya hecho todas las paradas, ni que haya llegado a destino, pero, ¡sí!, ciertamente ya he recorrido esta carretera, y sigo haciéndolo. No ha sido ni corto ni fácil. No ha sido un placer, ni tampoco un infierno, aunque de todo ha habido un poco. No ha valido la pena del esfuerzo y, sin embargo, los frutos obtenidos hacen que, al menos, sí que la merezca la de engañarse a uno mismo y creer que sí lo valió.
Sigo en la carretera, aprendiendo, día a día, por los medios más comunes: vivir, ver y escuchar a los demás, conocer las experiencias de otras personas. Primum vivere, deinde philosophare (vivir primero, y filosofar después). Y le pido al lector toda su paciencia, y su indulgencia: la realidad que describo es a menudo triste, pero no por ello puedo obviarla como si no existiera.

Queda siempre la posibilidad de que, tras leer las páginas que siguen, el lector piense que, aun siendo cierto lo dicho, no es para tanto; que no hay por qué angustiarse ante el presente ni ante el futuro, que las cosas se arreglarán sin problemas, y la sangre no llegará al río. Si es así, me alegraré infinito y, de paso, agradeceré lo estimulante de su optimismo… aunque no lo comparta.

Al lector

Este libro ha sido editado por la Agrupación Granadina de Madres y Padres Separados, “CANALETAS-ALHAMBRA como parte de una serie que recoja toda la problemática sobre los temas de Separación Divorcio y Custodia y para consumo interior de las asociaciones.

En esta primera entrega se enfocan los temas desde el punto de vista y la experiencia de los hombres. La intención es, en el futuro, realizar otro que recoja la perspectiva y la problemática específica de los niños.

El presente es un libro dedicado especialmente a los varones. Se han editado un número muy restringido de ejemplares, por tratarse de una comunicación interior en formato de libro, a causa de su extensión.

Agradecemos a los muchos que han contribuido a recopilar y a resumir la información aportada de la que sólo hemos extraído una mínima parte, en aras a la mayor brevedad posible, así como a los que con su trabajo y coordinación lo han hecho posible.

El verdadero enemigo del feminismo no es el machismo:
es el hembrismo.

CAPÍTULO I

EL CALDO DE CULTIVO

EL CONTEXTO

No hay problema que nazca aislado. Todo problema es consecuencia de determinados factores, pero también de un contexto. Es el contexto lo que veremos en éste capítulo.

Está claro que los problemas matrimoniales son tan viejos como el matrimonio… o más, si el lector me permite la broma. Pero yo diría que ahora son mucho más frecuentes que nunca, hasta el punto que la tradicional expresión “felizmente casado” corre el peligro de convertirse en una “contradictio in termini”1 . De modo que la pregunta es obvia… ¿por qué ahora más que nunca?

Naturalmente hay una razón de número. En el siglo veinte viven en el mundo más seres humanos que en ningún otro momento de nuestra historia, con lo que, estadísticamente, es lógico que el número de problemas sea mayor. Pero a lo que me refiero al decir que hay más problemas matrimoniales que nunca, es a que la proporción de estos sobre el número de matrimonios (o situaciones asimilables) alcanza hoy cotas impresionantes. Ese es, de hecho, el problema.

“Y en el futuro disfrutaremos ya, acabaremos con el incordio del varón, presumido y comodón. Porque hasta ahora sólo ha trabajado la mujer y encima nadie se lo quiere agradecer.. nunca más: ¡se acabó!”.

Podría parecer demasiada coincidencia, pero aseguro al lector que mientras escribía las anteriores líneas, escuchaba de fondo estas frases en una estúpida canción interpretada por un grupo de histriones con un lamentable exceso de pedantería y de maquillaje, en la primera cadena de nuestra televisión, y en horario de “prime time” (el de más audiencia), Lástima que sólo oí el final: de lo contrario la habría transcrito íntegramente. Aseguro también que, a su conclusión, todo el mundo aplaudió como idiotas, hombres y mujeres del público. Ya se sabe lo difícil que es desdeñar el gusto de las masas, y se ve que ahora está de moda pensar como dice la canción. A cada época su estupidez, y ésta es la que corresponde a nuestros días.

Pero no piense el lector que es una coincidencia, ni una cantinela aislada: este mensaje de imbéciles y para imbéciles, debidamente aderezado bajo distintas fórmulas. más o menos intelectuales. nos llega a diario muchas más veces de las que creemos: en el trabajo, en los medios de comunicación (sobre todo en estos)… y, claro está, en casa, de la boca y. peor aún, de ¡as actitudes de nuestras compañeras, que han aprendido, a fuerza de propaganda, un curioso ciclo de pensamiento: primero se desculpabilizan de sus errores y frustraciones, luego buscan una víctima para “colgárselas”, normalmente el compañeros2, y finalmente, vuelcan toda su malicia animadversión y desprecio sobre el “machista”, que tiene la culpa de lo que ella es y de lo que pudo ser y no fue.

Y es que la idiotez, por más que no tiene preferencias de sexo, se ensaña con facilidad en la mentalidad prejuiciada y simplista de muchísimas mujeres que llevan tiempo sometidas a una auténtica manipulación en este sentido, lamento profundamente decirlo. De todos modos, una doctrina a la que nadie se opone, por más insensata que sea, acaba
siendo aceptada por la mayoría (recuerde al lector que aún no hace un siglo que se excomulgaba por hereje a quien no creía en las bulas e indulgencias, y poco más atrás, se les quemaba , por dudar de la existencia del Purgatorio). No hace tanto tiempo, tener dieciocho años y no haberse fumado un canuto marcaba al autor de semejante omisión como “carca” o “carroza”.

No hay que ir rnuy lejos en busca de ejemplos: pruebe a salir a la calle con un vaquero de campana. como era de rigor hace 20 años o con un sombrero de copa, como lo era a final de (siglo pasado, y verá el lector cómo peligra su credibilidad social. Las manipulaciones siempre obligan en mayor o menor medida, se crea del todo en ellas o no se crea, por la presión social que desplazan sobre los disidentes declarados… al igual que una calumnia siempre deja algo de su retorcido propósito en quien la escucha, por muy incierta que sea. Por tanto, es más cómodo y menos peligroso no disentir.

Lo curioso es que los hombres permanecen por lo general neutrales, incluso indolentes ante esta moda, sin “bajar a la arena”, transigiendo incluso, tal vez por huir de la polémica y la discusión, con algunas de las necedades de este estilo que resuenan por todas partes. Tal vez curioso no sea la palabra justa: recuerdo el poema de Brecht:

Primero se llevaron a los comunistas,
pero a mí no me importó, porque yo no lo era,
Enseguida se llevaron a unos obreros,
pero a mí no me importó, porque yo tampoco lo era.
Después detuvieron a los sindicalistas,
pero a mí no me importó, porque yo tampoco lo era.
Luego apresaron a unos curas,
pero como yo no soy religioso, tampoco me importó.
Ahora me llevan a mí, pero ya es tarde.

Sí: nunca, en toda la historia de la humanidad, la solidaridad ha sido una regla, sino sólo esporádicamente, una excepción.

¿CóMO SE ATREVE USTED … ?

Cuando Goelbbels era ministro de propaganda de Hitler, criticar el régimen nacional socialista (nazi) estaba francamente mal visto. No se equivoque el lector, que en 1933 no había necesidad en Alemania de que la policía política velara para que nadie criticara al régimen. Simplemente la gente no aceptaba una crítica de tal cariz. Hitler había ganado democráticamente las elecciones, y el pueblo alemán estaba bastante complacido con el régimen al que había votado mayoritariamente, incluyendo la persecución política a los judíos, que, al fin y al cabo, estaban copando puestos de trabajo alemanes , y enriqueciéndose, (a su juicio), a costa de ellos.

Tal vez había quien no estaba de acuerdo con los extremismos que iban apuntando en la gestión política del partido del gobierno, con el nazismo, pero era más fácil ir con la corriente y considerar aquellos excesos como el coste necesario de una política bondadosa a la larga. La historia demuestra cómo la prolongación de aquella política constituyó una monstruosidad histórica sin precedentes.
Algo similar sucede hoy con el que critica los defectos de las mujeres o del feminismo, aunque sólo sea para constatar lo que son verdades como puños, aunque lo que diga sea rigurosamente cierto: estará definitivamente acabado, al menos hasta que el tiempo le dé la razón, hasta que la historia le reivindique. Pero tal vez entonces sea demasiado tarde para evitar una nueva monstruosidad histórica. De distinto alcance, tal vez, pero monstruosidad, en cualquier caso.

Cualquier guerra librada hasta el momento ha tenido frentes delimitados: un país, tal vez un continente entero. Pero hasta las llamadas guerras mundiales se han ceñido a regiones específicas de nuestro mundo. La guerra entre hombres y mujeres plantearía un frente mundial, el más grande concebible: cada casa, cada hogar, cada familia…Y, por tanto, puede ser, tal vez, la más cruenta, la de más alcance (quizás sólo comparable con el terrorismo en sus consecuencias y forma de operar), aunque los cadáveres no sean físicos (o, al menos, no siempre), sino psicológicos.

En el momento en que escribo estas líneas, soy perfectamente consciente de que lo políticamente correcto es cuestionar mi credibilidad. Cualquier crítica emitida sobre las mujeres o el feminismo (y emitiré varias), será probablemente tachada de exagerada, partidista, cínica o cualquier otro epíteto cobarde3 sin tan siquiera someter a prueba o a reflexión la propia crítica.

Mucho me temo que, salvo que nadie haga el más mínimo caso en lo que a estas líneas atañe, acabe como receptor de un sinfín de acusaciones de machista, “carca”, anticuado, lleno de prejuicios… en fin, de toda esa “diarrea” verbal con la que nos tienen permanentemente amenazados y acosados tantas mujeres de nuestra época. Forma parte del montaje, por lo que ruego al lector un sincero esfuerzo de honestidad, para poder discernir objetivamente el alcance de este texto.

Y, ciertamente, existe y es una auténtica moda este “feminismo de opereta”. Moda que predican los mismos que hacen la vida imposible a los pocos fumadores que quedan, aunque se porten como niños buenos; los mismos que hablan de ecología hasta anestesiarte de puro aburrimiento, a veces sin tener ni idea de lo que dicen; los mismos que cambian de dieta cada diez minutos (hoy Montignac, mañana Atkins, pasado mañana… ¡chi lo sa!); los mismos, que te dicen que su perro tiene derecho a hacer caca en la acera porque para eso pagan sus impuestos…La exhiba quien la exhiba y como quiera que la exhiba es, no le quepa la menor duda, una moda.

Si se quiere volver la cabeza, cerrar los ojos y no verla, es otra cosa. Tampoco es la primera vez que nos negamos a ver lo evidente: hasta tenemos cierto talento para ello. ¿Ha probado a pedir una cerveza en un bar lleno a un camarero ocupado? Usted creerá que no puede haber dejado de verle, porque mientras le llamaba se ha subido usted encima del señor calvo que ocupa la mitad de la barra y ha conseguido arrancarle la manga derecha de la chaqueta al diligente camarero, intentando llamar amablemente su atención; ni de oírle, porque se ha llevado el karaoke portátil de su hijo y ha pedido la cerveza a voz en grito a través del micrófono amplificador.

Desde luego, el camarero realmente le ha visto y le ha oído: pero no quiere haberle visto ni oído y por lo tanto, en la práctica, ni le ve ni lo oye. Fastídiese… y no vaya a esperar que se disculpe cuando, finalmente, le hable: probablemente le saludará con un gruñido, haciéndole notar con ello que le está haciendo un favor al atenderle…

Un lugar común de esta polémica es que el hombre suele evitar involucrarse y restar importancia a las injusticias que en este campo se cometen cada día, y eludir cualquier discusión que surja al respecto, alegando que “¡cómo están los tiempos!”. Mientras su vida personal marcha más o menos pasablemente no se preocupa de estos temas, y hasta rehuye reflexionar sobre ellos. Todo antes que complicarse la vida.

Sólo aquellos hombres que han sufrido problemas de ésta índole en sí mismos o en personas cercanas a su entorno son sensibles a la problemática. Desde luego, cuanto más sensibilizado se está, tanto más se aprecian estos hechos. Y si, sin hacer ningún esfuerzo, la ubicuidad cultura¡ de este curioso fenómeno resulta notoria, cuando se está sensibilizado a este tema puede convertirse en algo que oscila entre lo exagerado y lo opresivo.

“POLíTICAMENTE CORRECTO”.

Quiero dejar claro que esa moda, ese entorno que describo, no es una horterada nacida en nuestro país, sino que es una corriente que circula por todos los países de órbita occidental, y con la que curiosamente ha conectado excelentemente la última prescripción americana: la de lo políticamente correcto, Ya saben, esa otra moda según la cual los indios de América no son ya indios, sino “nativoamericanos”, en tanto que los negros son “afroamericanos” (sic, traducido del inglés).

Imaginen las posibilidades de tal terminología, por ejemplo con las profesiones (todos conocemos el caso del “técnico de ventas”, nombre que hoy se da a un vendedor, como si vendedor no fuera una palabra lo bastante digna); imaginen a un fontanero en cuya tarjeta aparece ‘Técnico especialista en conducciones plástico-metálicas y expendedores de fluidos”… desde ahí, exageren ustedes a su gusto. Pero a fuer de sinceros, reconocerán conmigo que la idiotez (y su compañera de apartamento, la pedantería) son la distancia más larga entre dos puntos, como la línea recta es la más corta.

¿Por qué parecen estar tan cerca lo políticamente correcto y el presunto feminismo de opereta que nos venden en los medios de comunicación y en la demagogia de tantos horteras como pueblan nuestras calles (hombres y mujeres)? Posiblemente porque lo políticamente correcto implica de alguna manera una sobredosis tan excesiva de civismo que acaba castrando, o, dicho de una manera menos agresiva, embotando la capacidad de discernimiento individual, de juicio y de reacción… ninguna de ellas es, por otra parte, necesaria en una sociedad donde todo está tan civilizadamente establecido que es inútil pensar qué hacer, decir, o cómo actuar en cualquier situación: ya que está claramente prescrito. Y es más que suficiente para el nuevo ser humano, menguado, que nace al nuevo siglo.

Es políticamente correcta la persecución del hombre por el mero hecho de serlo, criticándole acerbamente en todo y por todo, con consecuencias no por más obvias menos inevitables. Por ejemplo, cualquier pretexto vale para amenazar a un hombre de acoso sexual. En E.E.U.U., el hecho de mirar a la cara durante unos minutos a una mujer, ya se considera acoso sexual. No si es al contrario. Utilizar la amenaza injustificadamente, como un mecanismo de chantaje, hace que las auténticas acusaciones pierdan importancia4.

Pero, además, tiene otros efectos colaterales. Por ejemplo: según una encuesta de la American Association of University Women, el 85% de las estudiantes en institutos mixtos afirma haber sido víctima de acoso sexual. Eso es literalmente imposible. Las denuncias se producen ya indiscriminadamente, a veces con un móvil meramente económico: conseguir indemnizaciones multimillonarias; una motivación destructiva, abusiva y codiciosa.. 0 incluso personal: obtener de la persona chantajeada ventajas que no se obtendrían de otra forma mas recta (calificaciones, un expediente más brillante o, en ocasiones, un objeto de escasa entidad que, simplemente, se desea poseer). A veces, una venganza.

Se conocen varios casos (aunque por razones que no alcanzo a entender se les ha limitado la publicidad considerablemente), de mujeres que han denunciado a sus compañeros de trabajo de acoso sexual destruyendo, con ello, su carrera: y que, después de haber sido condenados por ese delito, han visto cómo sus acusadoras se han retractado de su acusación y han negado que fuera cierta, manifestando que hicieron estas acusaciones por motivaciones de distinto género, aconsejadas por sus abogados.

El más reciente, en marzo de 1997, dos militares americanas han hecho exactamente lo que acabo de describir. Ignoro si se las ha encarcelado por haber perjudicado tan gravemente la carrera, imagen y la propia vida de sus compañeros acusados. Pero la televisión no mencionó nada al respecto, y yo dudo que sucediera nada de eso: probablemente el juez se limitaría a darles una reprensión privada y punto. Cinismo social, podríamos decir.

Y no sólo las mujeres adultas y adolescentes han aprendido el truquito, Hasta las niñas lo practican, como se puede leer en casos recientes divulgados en prensa y televisión, como aquel en el que un niño de seis años es acusado de acoso sexual por besar a una niña de cinco. Según dice el psicólogo Carol Travis en Los Angeles Times: “.los padres no pueden tocar a sus híjos, los profesores no tienen derecho a mostrar la mínima señal de afecto y los niños han de reprimir al máximo sus impulsos naturales… Con el clima que estamos creando en América, un niño de seis años puede ser considerado un incipiente agresor sexual…” Tal vez en nuestro país convenga ir pensando en volver a los colegios exclusivamente masculinos o femeninos -en lugar de los mixtos que se han ido imponiendo en los últimos treinta años-, antes de que este fenómeno se reproduzca.

CAMBIAR LA REALIDAD

No podía creer la secuencia de James Bond en la que M, (su jefe, en la película titulada Goldeneye) resulta ser una mujer gorda, escasamente femenina, pero profeminista, que sin mayor provocación (salvo la que ella misma hace) increpa a Bond llamándole fósil machista y misógino, residuo de la guerra fría… ¡y eso que el pobre ya ni fuma, y está tan moderado que, de seguir así, las próximas entregas las protagonizará miss Rigoberta Menchu!

Entiendo que el productor tiene que hacer una película cuyo contenido le congracie con las mujeres lo más posible, dado que es una gran parte (incluso la mayor), del público consumidor de ocio, y además, fuerte prescriptor de la otra parte… y es que Bond era el héroe de muchos hombres, de modo que cuanto antes se domestique al mito, antes se domesticará a sus seguidores. Aunque sea un Bond descafeinado, muy lejos de aquella idealización de hombre que tan famoso le hizo. Aunque ya no sea Bond.

En suma, es políticamente correcta, y estamos inundados de ella, la subcultura de pacotilla donde la mujer es más inteligente y guapa que el hombre que hay más o menos a su lado (ella es el centro), que es un tipo vulgar e insensible, con un pingajo semi-inútil que ni él mismo sabe manejar. El cine, los libros, la radio, los medios en general nos ocultan a tanta mujer monstruosa y varicosa, vulgar y gorda por elección, o anoréxica y con halitosis por moda, biliosa por influencia de la cultura de su entorno, desagradecida y rabiosa contra los hombres y frígida e incapaz de disfrutar con nada parecido al sexo… esas, que parecen haber desaparecido como por ensalmo, abundan mucho más que cualquiera del prototipo de feminista de pro, que tanto se busca ensalzar.

El problema es que a veces no basta con asesinar un prototipo, ya que con la misma impunidad, se puede asesinar incluso a la historia… Porque imagino que es igualmente posible que la próxima película que se haga sobre Gengis Khan le describirá como un tipo de modales suaves, intelectual en potencia e incluso un tanto afeminado, en tanto que sus concubinas, habitualmente desocupadas, serán en realidad mujeres realizadas que libremente realizan un trabajo a cambio de un salario generoso, y que, en realidad, optaron por una novedosa forma de independizarse, precursoras, ellas, de la historia. Sin duda una de ellas, más preciara que todos los hombres de su época, será -siempre en esa hipotética película- la auténtica protagonista e inspiradora de las victorias que construyeron el imperio Mogol.

Trato de decir que esta manera de ver las cosas amenaza incluso con reconstruir la historia, no importa lo que se falsee ni en qué grado. El caso es complacer a quienes pagan y llevan la voz cantante; que se sientan cómodos, (cómodas, de hecho); que la realidad se conforme a su forma de pensar, y nunca al contrario… y hoy, por el aspecto que van adoptando las cosas, parece que son las mujeres, y entre ellas una gran parte hembrísta , quienes están consiguiendo manipular la realidad.

Hembrismo: por primera vez aparece la palabra. Hasta ahora había usado “feminismo de opereta”, pero ello conlleva un punto de injusticia, dado que el buen feminismo, el genuino, ha aportado cosas excelentes, Es el hembrismo al mundo de las mujeres lo que el machismo al de los hombres, como explicaré más adelante.
Manipular la realidad… suena muy duro, tal vez excesivo. Pero, para empezar, si hubiera hecho esta acusación de otro grupo social cualquiera, pero a diferencia de éste, compuesto por hombres, tal vez no sonara tan excesivo. Porque realmente estamos prejuiciados positivamente hacia las mujeres, y desechamos inmediatamente las propuestas como la que hago en las líneas anteriores, rechazándolas de manera frontal… ¿será por nuestra galantería machista?

EL CINE Y LA PUBLICIDAD

Hablábamos de cine, en mi ejemplo. Y como este habría cientos: ¡cuán frecuente es hoy la historia cinematográfica que realza a una mujer heroica en un mundo laboral, sentimental o intelectual dominado por hombres rapaces y trapaceros, que lo único que desean es hundirla!… o algún otro tópico de este calibre, para el consumo de una enorme mayoría de hembristas, de un creciente número de hombres que denotan los síntomas del Síndrome de Estocolmo en lo que se refiere a este tema y de otro número de hombres que permanecen como castrados ante este tracto continuo de agresión hacia el sexo masculino… bueno, digamos que prefieren permanecer sordos al mismo.

Cito un artículo publicado en 1996 en una revista de la mujer: “pero ahora en las películas el malo es siempre él, y el 95% de los que mueren en la pantalla son los hombres. En las más populares series de televisión americanas, como Roseanne, se les ridiculiza sin piedad, y la publicidad explota sus cuerpos -mucho más allá de lo que se atrevió a hacer con ellas-, como simples objetos de lujuria, normalmente féminas con aire de ejecutivas. Aunque, también es verdad, el 70% de las compradoras son mujeres. ¿Podemos imaginarnos siquiera a Thelma & Louise con, por ejemplo, John Travolta y Keanu Reeves de protagonistas, abandonando a sus esposas y echándose por la carretera, encontrando sólo mujeres imbéciles o reprobables, matando a una por salida y quemándole el camión a una camionera por hacerle un gesto obsceno”?

El mundo de la difusión por la imagen incluye al cine, pero es fundamentalmente la televisión, de la cual nuestros conciudadanos consumen a diario dosis de más de tres horas de media, la que mejor nos define socialmente: es a la vez un producto de nuestra sociedad que además forja a la misma.

También incluye al mundo de la prensa y las revistas. En este sentido, no le sorprendería al lector conocer el título de una de las revistas, tal vez la Más leída de nuestro país, con el bajo nivel de calidad y contenidos que la configuran y, sobre todo, con su posicionamiento claro para “marujas”, que es como se define en el mundo de la publicidad al sector femenino de la Población que se “pirra” por conocer las grandezas y miserias de los famosos, tanto más cuanto más “folklóricos” sean, así como de complementar este seguimiento con algunas recetas de cocina, y algunos trucos caseros, con la guinda final del horóscopo.

La segunda revista, tal vez en cuanto a audiencia cuyo nombre tampoco mencionaré, comparte fórmula, si bien va dirigida a “marujas” de una edad y clase social menos baja (media-media, es la nomenclatura usada). Variando la clase social a la que se dirige y la edad media del público al que aspira, diversas otras revistas, líderes de audiencia en su segmento, usan la misma fórmula, con la única variación de que aquellas que buscan a las mujeres más jóvenes5 están literalmente trufadas de reportajes sobre cómo alcanzar el orgasmo (o un tema similar) y de artículos sobre cómo domesticar al marido (al que llaman pareja), obligándole a fregar platos o a planchar… (o similar), o como vencer al hombre en el mundo de los negocios o la oficina. No es que lo diga yo: salgan a la calle y miren los kioscos.

Bien. Pues la televisión reproduce estas pautas y las amplía con el poder, ubicuidad e influencia que le son inherentes. Hagan la prueba. Observen qué clase de programas obtienen récord de audiencia: los reality shows, las revistas de cine y espectáculos, bien nutridas de chismorreos varios, las teleseries españolas, que reemplazan o rivalizan en popularidad a los antiguos culebrones sudamericanos6… y tomen un solo bloque de anuncios en un intermedio de película de sobremesa nocturna. Cuéntelos (según cadenas, pueden estar en torno a veinte). Después, esfuércese por no dejarse engañar por la aparente lenidad de sus mensajes y analice cuál es el papel de hombres y mujeres en ellos. No me cansaré de rogárselo: saque sus propias conclusiones.

Por mi parte, me permito recordarles algunos spots de nuestra historia publicitaria reciente. Espero los identifiquen sin necesidad de mencionar la marca que anuncian, cosa que no haré.

¿Recuerdan el del muñeco que se tira pedos? Independientemente de su buen o mal gusto y de lo que creemos es bueno que nuestros hijos aprendan y cómo, (ya que tanto nos esforzamos en su educación), fíjense en el final del spot. Suena un pedo más y una jovencita repipi pregunta “¿Quién ha sido?” Detrás de un periódico, hay un “papá” con gafas de intelectual, y hasta atractivo, que pone cara de idiota, se sonríe y levanta el dedo, No lo exige el guión, de modo que el recurso del padre con aerofagia sólo contribuye al peor gusto de la ejecución del spot.

Pero incluso así… ¿por qué un hombre? Este anuncio no va dirigido a mujeres adultas, sino a niñas… y es que conviene que se vayan educando para el futuro y, al mismo tiempo, complacer a las madres, que van a ser las compradoras del producto en la mayoría de los casos. Este spot me recuerda otro de un ambientador que “alegra” el cuarto de baño “cuando hay cambio de pañales o cuando “papá se desahoga”… Se ve que mamá nunca se desahoga, o que si lo hace, huele a lavanda inglesa… excepto cuando se tiene que poner las “compresas que no huelen”.

¿Recuerdan el spot de aquellos pantys tan resistentes? Dos largas y atractivas piernas anónimas enfundadas en ellos se paseaban por la pantalla: a cada vuelta que daban, un hombre se quedaba prendido de los pantys, con cara de adoración. Al final, la cola era de tres hombres que se arrastraban “enamorados” colgando de los pantys de la chica, que por cierto, pese a llevar tres hombres colgados de sus pantys no parece tener la menor dificultad en arrastrarlos.

Un limpia-suelos que cambia de nombre toma un antiguo spot y lo remoza, En el spot, la hermosa chica llega a casa, y la recibe un sumiso marido que se ha ocupado de limpiar el suelo en su ausencia con el producto de marras. Ni que decir tiene que el suelo se ve limpio, pero el comentario de la chica no alaba la limpieza, sino el hecho de haber limpiado, y le dice al marido: “te has portado bien”._ Fíjense en que la mujer lo dice con la autoridad del juez que tiene derecho a valorar el comportamiento del presunto marido, lo que complace más a las mujeres hembristas, que les encanta constituirse jueces permanentes de la conducta de sus maridos (o sucedáneos).

El anuncio termina cuando los dos se apresuran a algún sitio fuera del marco de la pantalla (da la sensación de que es a la cama, para terminar con el esquema de “buen comportamiento / gratificación”, pero si se menciona se corre el riesgo de que le llamen a uno mal pensado). Lo más relevante no es el spot en sí, sino que hay otros de la misma multinacional americana que siguen ésta línea de comunicación. Es decir, han convertido un recurso hembrista en parte de su estrategia publicitaria, para vender más. ¡Y como gusta a las mujeres!…

Otro especialmente desagradable de esta misma empresa es aquel donde el chico entra y le dice a su tía, ya entrada en años, que el trabajo duro de la limpieza de la cocina ya no es para ella. La viejecita (por llamarla de alguna forma) le dice: tienes razón, toma esto, y esto… y esto”, al tiempo que le pone en las manos los aperos de limpieza y en la boca, groseramente, un cepillo de dientes al revés que sirve para limpiar las baldosas… ¡imaginen la escena justo al contrario pero cambiando de sexos! ¡No hay necesidad de mas comentarios.

¿Recuerdan uno que anuncia la moda de unos grandes almacenes? Me refiero a ese que hace un pase de modelos presenciado por mujeres tan elegantes como bellas y sofisticadas. Los modelos son chicos, y desfilan desnudos, ante la mirada apreciativa de las mujeres. Imaginen un anuncio de un pase de modelos donde las modelos desfilan desnudas ante la apreciativa mirada de estereotipados ejecutivos.

No sobreviviría a la presión de las organizaciones “feministas” ni una semana, como no sobrevivió aquella campaña de marquesinas de autobús en donde una chica en topless ocultaba las tetas detrás de sendos membrillos, prometiendo el texto del anuncio algo especial para esta noche… en realidad anunciando dulce de membrillo. El anuncio, repito, hubo de ser retirado en pocos días. y sin embargo, con el que acabo de narrarle no pasó nada, ¡Que va a pasar!.

Una joven pareja de novios en un descapotable se dispone a una sesión de pasión: cuando él la intenta besar, ella observa que su camisa está sucia (una chica calculadora, ya ven), y le pregunta al chico ¿Es que tu madre no te enseñó a frotar? El chico, en ese momento, se cae del guindo, y consigue comprender gracias a la chica lo que hasta ahora no había comprendido (y eso que tiene cara de universitario inteligente): que hay que frotar la ropa para que se le vayan las manchas.

Unos días más tarde, en idéntica situación, la chica observa que su camisa ya está limpia, y se sonríe ladina mientras le recuerda al chico que, sin duda, ha tenido que frotar, tal y como ella le había dicho (eso parece complacerla e incluso excitarla, ¡qué cosas!)… El chico se salva porque el producto que se anuncia le ha evitado el frotar, y mencionado este extremo, consigue besar a la chica. En este spot, el chico, no queda demasiado mal parado… tan sólo es un hombre torpe y tonto (no sabe que hay que frotar).
Pero lo que llama la atención es que se parte de una situación irreal, a saber, que un chico soltero (presumiblemente vive en casa de sus padres), se lava él mismo las camisas. No digo que esté bien ni mal: solo digo que no es una situación frecuente. Pero es evidente que se quiere forzar el rol de los hombres a aceptar permanentemente esos trabajos caseros y además, a ser permanentemente juzgados en ellos por una mujer, ¡de la que se presume, pese a todo, que siempre sabrá más que un hombre de esas cosas!…

Un inciso sugerido por el spot anterior. ¿Saben que en Suecia, paraíso en el que los hombres fueron pioneros en realizar labores tradicionalmente asociadas a la mujer, se han preocupado de averiguar cual fue el resultado de la iniciativa? Estadísticamente se ha probado que los hombres continúan destacando en los trabajos realizados fuera de casa, pero que, además, realizan mejor que la mujer los trabajos del hogar. Personalmente me da igual que así sea, porque no creo en que un sexo sea intrínsecamente mejor o peor que otro, sino distinto. Pero si las mujeres piensan que los hombres son incapaces de realizar tareas tan sencillas como las del hogar y en ello basan su autoestima, yo en su lugar cambiaría de chip rápidamente, so pena de adquirir un complejo de inferioridad vitalicio.

Volviendo al tema que tratábamos, ahí va otro anuncio televisivo: el de una revista de las llamadas “de la mujer”, con nombre en inglés, que utiliza a la modelo del momento para anunciarse. La bella y provocativa modelo entra arrogante en la escena donde un joven y atractivo hombre está sentado. De pronto, ella le levanta del sillón y literalmente le pone a bailar con ella (baila, en suma, al ritmo que ella le marca).

Cuando el chico parece más animado, ella le empuja, desdeñosa, con las dos manos y le deja perplejo, sentado en el sillón, mientras ella, ya cansada del juego, se dirige a la salida con paso desahogado y mirada altiva y victoriosa. ¿Paradigmático de lo que tantas mujeres querrían ser? Puede, porque de no serio, ningún publicista lo hubiera empleado como recurso publicitario, se lo puedo asegurar, Son profesionales y no disparan, por lo general, al aire, sino que investigan escrupulosamente la idoneidad de sus mensajes.

Uno que parece sacado de la campaña del Ministerio de Asuntos Sociales para que el hombre colabore en casa: nuevamente un chico guapo, (no hay feos en televisión) se encuentra en la cocina, y acaba de preparar una tarta (si no recuerdo mal) a su mujer, y conforme se dirige a servirla en la mesa, diciendo alegre “te vas a chupar los dedos”, una muñeca, emblema de la marca cuyos estropajos se anuncian, y que en este caso representa a su mujer, le dice: “¿Y el fregado se lo va a chupar tu cariñito?” Y añade algo así como, “sé buen chico y friégalos tú”.

Finalmente, recuerdo uno donde el dócil maridito ha tenido la iniciativa de limpiar una habitación (no recuerdo bien cual), con un nuevo producto. El chico, tras haber acabado, le dice a su mujer, (que parece recién vestida por Paco Rabanne), que ya ha terminado, y se muestra contento de lo bien que lo ha hecho. Su mujer, superada la sorpresa inicial de darse cuenta de que su marido no es el zopenco inútil que ella creía, le coge de la mano, tira de él y le dice: “¿Ah, sí? Pues ahora a limpiar el salón”… Y es que órdenes son órdenes, y “quien manda, manda”.

Remontándome en el tiempo, aún recuerdo otros que tienen contenidos similares. No en vano, el recurso de halagar a las mujeres no es nuevo a la hora de ofrecerle productos: es una forma de manipulación a la que tan aficionado es el mundo de la publicidad. Por ejemplo, recuerdo aún otro, ya antiguo, donde en un consejo de administración de una empresa que quiere darse a entender es muy importante, un grupo de ejecutivos maduros se reúnen sumisamente bajo la presidencia de una mujer (si la presidencia la hubiera llevado un hombre, la sumisión de los ejecutivos hubiera resultado tan excesiva e irreal que no hubiera resistido en cuanto a credibilidad). Esta actúa con tanta seguridad en sí misma y tanto autoritarismo que a su lado, Napoleón era un pobre hombre aquejado de “modestia” crónica”. Me complace no recordar ni la marca ni tan siquiera el producto.

Que la mujer se ha incorporado recientemente con fuerza al mundo del automóvil, se evidencia por el hecho de que los spots de algunos modelos y marcas tienen como protagonista exclusivo a la mujer. Eso es porque son vehículos cuya estrategia de ventas se dirige a ellas como público objetivo.

Por ejemplo, una mujer escribe una nota a su marido que dice: “quédate con el piso y el coche”. Pero cuando la mujer sale, ve el coche y le gusta tanto que vuelve, tacha en la nota las palabras “y el coche” y, en la siguiente secuencia del spot sale disfrutando de la conducción del vehículo. Dos cosas me sorprenden de este spot: una, que sea la chica la que se marcha de la vivienda, pero, sobre todo, su generosidad, ya que aparentemente puede elegir lo que deja y lo que se lleva, y no se lleva nada del piso, sino sólo el coche a su compañero7.

Un follow-up8 aún mas aberrante de este mismo modelo de coche sitúa a la misma protagonista, una mujer bellamente madura, recogiendo a un joven del aeropuerto que, tan pronto como entra en el coche comienza a exponerle lo que tiene aspecto de ser una propuesta de relación afectiva “formal”, pero que a medida que se va fijando en el aspecto del vehículo va mencionando, impresionado, las ventajas que aprecia en él: airbag, dirección asistida, elevalunas eléctricos… la mujer, a medida que el tipo se desvía del tema que a ella le interesa, le va mirando con cara de reproche hasta que al final, dando un frenazo en medio de un puente, dice: “y ABS”, y le hace bajar, dejándole con su equipaje allí mismo, en plena noche, en un lugar desierto. Vuelva el lector a imaginarse el anuncio cambiando el sexo de los protagonistas.

Tremendamente obvia, también recuerdo la historia del chico al que su mujer pone literalmente de patitas en la calle. El chico, usando la máquina que el spot quiere vender, le limpia el coche a la dama, la piscina y no sé si también le riega el jardín. Cuando el dócil rubito se planta en el porche contemplando el fruto de su agradable trabajo, un brazo, el de su mujer, sale por la puerta entreabierta y le atrapa, llevándole enérgicamente dentro de la vivienda, seguramente para gratificarle9.
El chico aún tiene tiempo para dar gracias a la marca que le ha proporcionado tan dulce “triunfo”.

Es “de risa, Basilisa”, aquel anuncio de una agencia de empleo temporal: en el curso de un partido de fútbol, los idiotas de los jugadores, ante una ofensiva del otro equipo, se dan cuenta de que no tienen portero en la meta. Uno de ellos arrebata un móvil y llama a la agencia pidiendo un portero. Cuando el jugador contra atacante chuta el balón, llega in extremis el profesional preparado y eficiente que consigue parar el tiro a puerta.

Al levantarse, deja a todos los jugadores con cara de tontos (auténtica cara de tontos, se lo aseguro) al darse cuenta de que quien ha salvado el gol es una atractiva rubia, que recibe condescendiente y resignada las efusivas felicitaciones de su equipo. Y es que hay que meter a la mujer como protagonista del spot, venga a cuento o no, aunque sea forzado, artificial y estúpido. Aunque sea ridículo.

Una pareja quiere vender una casa que tiene deteriorado el parquet. El marido lo friega con el producto que la marca vende y lo deja tan nuevo que la mujer le susurra al oído que ha quedado perfecto, y la pareja compradora lo contempla apreciativamente, decididos a comprar la casa. Es el marido el que friega, claro está, y la mujer la que parece llevar el protagonismo del anuncio.

Y el pobre desgraciado que no sabe dónde está la lata de atún que tiene que comprar cuando la tiene justo detrás (el copy10, muy original, ha hecho que el nombre del chico rime con la palabra “claro”, para poder hacer juegos de palabras tontos), tiene la suerte de tener una mujer que, a voz en grito, le dice dónde tiene que mirar. Mujer lista, hombre desesperadamente idiota… esa es la secuencia obvia.

¿Qué decir del spot en que ella le dice a él que si no usa el cepillo de la marca tal le huele el aliento a tigre? ¿0 aquel en que la señora huele los zapatos de toda la familia y todos huelen mal? ¿Es que a ellas no les huele el aliento ni los pies … ?

O aquél en que el chico besa a la chica que, mientras besa, está contemplando un bello coche utilitario. El chico le pregunta a la chica ¿te ha gustado? Y ella responde, aludiendo evidentemente al coche, que mucho. Un nuevo equívoco en el que el hombre es un muñeco que se usa y al que se menosprecia.

Una cadena de Hipermercados francesa, durante el mundial de fútbol, trasmite un mensaje a las mujeres. Si este mes (el del mundial) notas que él no te hace caso, ven a nuestras tiendas que nosotros te escuchamos. Me parece abusivo el aprovechamiento que hace la cadena de este cliché. Primero porque cuando hay telenovelas o programas de gran audiencia femenina, los supermercados están vacíos y a nadie le parece mal. Segundo porque he estado en centros comerciales en horarios de emisión de partidos de máximo interés y aunque he notado menos afluencia de público, he visto que se mantenía la proporción de hombres y mujeres comprando en ellos. Tercero, porque es cínico que la cadena pretenda que escucha algo más que el tilín del dinero que dejamos allí los españolítos, pero eso ya es otra historia.

Hombres guapos, semidesnudos, torpes o idiotas y, en algunos casos, vagamente afeminados en sus modales11, que se tienen que hacer enmendar sumisamente por sus mujeres porque son tan idiotas que no saben ni frotar una camisa… frente a mujeres liberadas, independientes, triunfadoras, que cuidan a su familia (por poderes, se supone), guapas y atractivas, seductoras, en algunos casos vagamente varoniles en sus modales, siempre infinitamente sabias e imprescindibles por sus conocimientos, ya que sin ellas nadie es capaz de dirigir un hogar… este es el mundo que nos presentan los medios, el que aprendemos a imitar día tras día, absorbiendo imperceptiblemente los comportamientos que contemplamos durante tanto tiempo en la pantalla nuestra de cada día.

HACIA LA FEMINIZACIóN DE LA SOCIEDAD

Es impresionante la comparación con la publicidad de hace unos años. Claro que, hace unos años, aún no había llegado el hombre igualitario y votante de izquierdas de los años ochenta que hasta aprendió a tricotar, y que llevaba, debajo de su cara feliz con gafas redondas (a lo progre), a su bebé en un saco que se colgaba por delante, y que, si no recuerdo mal, llamaban “canguro”.

Este prototipo de hombre, intelectual sólo en apariencia y modales, normalmente representa el colmo de la blandura, hasta el punto de feminizarse y, finalmente, de ser despreciado por la mujer, que absorbe toda la iniciativa que este ser inseguro ha dejado de poseer, junto con la seguridad en sí mismo. La publicidad muestra sólo lo que los consumidores desean ver (de ello se encargan los profesionales de este moderno “arte”), Lo que vemos y oímos en la televisión hoy día demuestra hasta qué grado el hombre se ha convertido en una nulidad social: “muera el hombre… ¡para lo que sirve” este parece ser el lema de nuestras contemporáneas. Y con la ayuda del hombre, ¡lo están logrando!.

¿Y los slogans? La mujer que hay en ti. Para mujeres de nuestro tiempo… Tú /o tienes claro. Tú te cuidas… Porque yo lo valgo… Es increíble la cantidad de ellos que hay que venden un producto banal escondiéndose tras el espejismo de una mujer idealizada (bella, inteligente, de éxito, independiente y qué sé Yo qué más maravillas sobreprometedoras), que realmente no existe.

Este es el mundo de la imagen en el que vivimos. Hasta tal punto lo tenemos asumido en nuestra propia vida que, consecuentemente, vivimos prácticamente de la imagen y para la propia imagen, en un inigualable narcisismo socia¡. Por eso hoy en día es buen negocio todo aquello que contribuye a que la gente pueda ofrecer a los demás una imagen mejor, y por eso, los artículos que claramente contribuyen a ello son éxitos en ventas, como lo es todo aquello que adule a la mujer y prometa, aunque mienta, mejorar su imagen.

Recuerdo otro spot, publicitando una revista de la mujer (por cierto, ¿por qué sólo hay revistas de la mujer, y no revistas del hombre? Incluso conceptualmente, si se habla de revista del hombre se piensa en una revista pornográfica12), en la que las protagonistas (no hay hombres en el spot), se pasean charlando con aspecto de directivas de algo (no se sabe qué), siendo además mujeres bastante atractivas y de buen tipo… es la imagen ideal, la que venden a todo el común de las mujeres de nuestro país, imposible de alcanzar en la práctica, pero que, prescrita desde la televisión, acaba intoxicando y frustrando a las que no lo alcanzan, y desquiciando a las que ni se aproximan13, y, lo que es peor, engañando a todas. Marca, As, y otros, son periódicos temáticos. Mejores o peores pero periódicos.

Y conste que, a pesar de todo, es curiosa la facilidad con que las mujeres se sienten frustradas hoy por cualquier cosa. Sobre todo pese a la cantidad de privilegios que gozan y a los que están continuamente acumulando.. Si algo hay que ser en el año y siglo en que vivimos (y no digo ya en el que viene), es mujer, por encima de todo. Si se quiere triunfar, mejor cambiar de sexo, porque por ahí están yendo los tiros.

EL TONTO ÚTIL

El ideal de no tener que trabajar, teniendo todo el tiempo del mundo para dedicarse al ocio, al cuidado de la propia persona, al disfrute y realización es, más que nunca, posible y exclusiva propiedad de la mujer. Lo consigue a través de un productor de bienes, riqueza y seguridad llamado “hombre casado”, que, a saber:

A)Desde que se casa, se convierte en esto, sin cuestionarse para nada lo ridículo de su papel, y menos aún, la estupidez que representa el aceptarlo como un manso corderito, sin protestar: tan sólo porque está socialmente previsto que el hombre casado sea un paria que trabaja para la mujer y los hijos14.

B)El hombre casado no tiene derechos, sino sólo obligaciones, (de trabajar, de mantener a la mujer y a los hijos, de pagar sus necesidades y sus caprichos, de fregar platos en casa o, como se dice hoy, colaborar con las labores del hogar, de aceptar todas las críticas, “trompas” o “morros”, malas caras de sus mujeres… ),

C)Además, llegado el caso, sus hijos pasan a ser rehenes de la mujer, que los utiliza y manipula descaradamente a su conveniencia, como garantía de que el marido o ex marido va a responder con su vida a su prosperidad, a las pensiones (en su caso) y a su bienestar. Se los apropiará sin más (diga lo que diga la ley), y los usará de parapeto contra el hombre cada vez que le venga bien a sus fines. Por lo demás, con colocarlos en la guardería de turno o el colegio, la mujer preserva gratuitamente su tiempo libre, ya que su marido pagará por todo. Un buen negocio como se ve.

Entretanto, ella, por lo general, permanece en casa, dedicada a labores del hogar de cuya dureza y falta de atractivo culpará, invariablemente, a su marido, a diario, cada vez que tenga la oportunidad, y con la máxima acritud posible (“mírame, que me paso la vida friendo huevos”)… cuando está absolutamente probado que el cuidado de una casa se puede llevar muy eficazmente (siempre que se quiera y se valga mínimamente), con muchas menos horas de las que constituyen una jornada laboral en cualquier empleo remunerado, y con menos infartos, presiones, zancadillas, mentecatos y frustraciones15. ¡Y hay que ver la de mujeres que se ven trabajando en los andamios y las minas etc.! Pero es que no les dan oportunidad. ¡Que malos somos!.

Pero además, ahora no tienen por qué “aguantar” al hombre, como sucedía antes de que existiera legislación relativa al divorcio: con una gestión oportuna, una demanda de separación en su momento, pondrá al marido en la calle, con las maletas viejas y sin habitación para pasar la noche. Aunque, eso sí, con la obligación de mantenerla (mediante la consabida pensión compensatoria), así como a sus hijos (siempre son “sus hijos”, no nuestros hijos, ni los hijos del marido, sino “sus” hijos, en propiedad). Puede que incluso tenga que mantener a fuerza de pensión al novio de su mujer… o a su novia. El varón no tiene derecho a opinar al respecto, y la ley así lo consagra en la práctica.

Hijos que a fuerza de escuchar a la madre acabarán odiando al padre. Sé de uno que se aplicó a dar patadas a su padre con ocasión de haber ido a recogerlo según establecía el régimen de visitas, intoxicado y con el cerebro eficientemente lavado por la madre… el hombre nunca supo por qué le odiaba su hijo, que antes le quería, ni encontró motivo para ello.

En todo caso, el hombre de nuestro tiempo tiende a convertirse en un tonto útil que vive en un impenetrable matriarcado que no se puede criticar, y que es impensable denunciar, bajo pena de anatema… ríase usted de la inquisición. De modo que, aceptemos en silencio nuestro papel de auténticos parias, porque denunciar situaciones como las descritas, equivale a ser relegado al ostracismo. Y no piense que puede acudir a una asociación que defienda sus intereses, derechos y opiniones en este sentido: no ¡as hay, al menos en nuestro país. En cambio, podrá contar a cientos las organizaciones feministas y de la mujer. Podrán pasar desapercibidas, acogidas a la denominación de ONGs (Organizaciones No Gubernamentales), pero estar, están. O no tan desapercibidas y en cambio bien subvencionadas.

Les puedo contar algo recién cocido, y calentito. En una convención nacional, una ponente afirmaba de forma dogmática, (naturalmente) que las mujeres producían mas producto nacional que los hombres; (¡faltaría mas!). Para no quedarse atrás de otras mujeres que le precedieron en el tratamiento del tema, esta pedía que se diera una paga a las personas que cuidaran de sus casas y sus familias. Como decía una famosa artista, ella no pagaría impuestos porque una mujer se lavara y se hiciera la comida. ¡Que cada uno se arregle en su casa como pueda!

Ese trabajo, según ella, y la prestigiosa institución que la respaldaba y proveía de datos, si tuviera que pagarse a personas extrañas tendría un valor tan alto, que según mis cuentas, y de ser así, en España duplicaríamos casi el PNB de cualquier país europeo. Por supuesto las cuidadoras y todo eso son siempre mujeres, porque si son varones no hay caso. No es posible extenderse; está todo en la prensa que lo difundió profusamente con todo lujo de detalles… favorabilísimos, claro. Yo como hombre de a pie lo que veo son hombres en los andamios, en los camiones, en los barcos, en los tractores, aviones etc. Y naturalmente si me tienen que pagar por vestirme, arreglar el grifo de mi casa etc., sería estupendo. Un chollo a nadie disgusta.

Sin duda. Insisto: acostúmbrese a ser un paria, y si encima es separado, un paria desahuciado, despojado y marginado. Y no hace falta que se fíe de lo que le digo: puede optar por esperar a que le suceda (la gran mayoría de los casos de separación los insta la mujer, como ya veremos… que sabe lo que puede ganar y lo que usted puede perder), o puede preocuparse por conocer la situación de hombres separados de los que usted tiene noticia, en lugar de ignorarlos e incluso discriminarlos, como a veces tendemos a hacer mientras el problema no nos toca a nosotros.

Por cierto, muchos de los casos en los que la separación no es instada para la mujer, sino que es de mutuo acuerdo, suelen tener su raíz en una larga campaña de “acoso y derribo” por parte de la mujer hacia el hombre, que acaba tan hastiado que es capaz de firmar, con una sonrisa de agradecimiento y alivio, su propia sentencia de muerte.

Sea como fuere, personalmente le recomiendo que se preocupe de conocer las verdades de primera mano, sin esperar a encontrarse usted en un caso de separación. Asesórese antes y asesórese bien: las mujeres lo hacen. Las mujeres tienen el mayor “esprit de corps” pensable, un corporativismo que supera hasta al militar o el religioso: defenderán a ciegas a otra mujer siempre y cuando el enemigo sea un hombre; torcerán los hechos, los motivos y las circunstancias, y, normalmente, sólo admitirán un culpable neto; él. Y, por supuesto que sabrán asesorarse entre ellas o buscar asesoramiento con ayuda de sus amigas. Solo una excepción: que otra le birle el tipo. Ahí ya se acabó lo de la solidaridad femenina y emergerá la agresividad y la venganza mas fiera que pueda imaginarse.

LA IGUALDAD DE SEXOS, UN FANTASMA SIN FUTURO

¿No está claro aún? Hoy día, la igualdad de sexos no existe: existe una ventaja aplastante a favor de la mujer, que se convierte en ventajismo desde que es consciente de que la posee, ya que la utiliza sin piedad. (Además, la ventaja (en realidad, un cúmulo de ventajas, más que una sola), no sólo tiene su reflejo legal, sino social). ¿Qué juzgado admitiría que la continua presión a que le somete su mujer con sus malas caras, amagos de agresiones, gruñidos, acusaciones ridículas en falso, y críticas desconsideradas… son malos tratos?¿Qué asociación para hombres maltratados existe para escuchar sus problemas? ¿Qué amigo, vecino o compañero de trabajo admitiría que tales comportamientos son malos tratos? ¿Cómo demostrar la pérdida de autoestima, que es menos visible que un moretón en un brazo pero mucho más demoledora y grave, siendo, como es éste, justificación suficiente para que una asociación de mujeres “maltratadas” desate un infierno alrededor del presunto autor del mismo?) Tienen poder y lo ejercen con razón o sin ella.

Es más, la mujer capitaliza además ese residuo de los tiempos en que se la consideraba el sexo débil, y por lo tanto necesitaba protección: los frutos de la galantería, ceder los primeros puestos, los sitios privilegiados, el paso, comportarse con cortesía en su presencia, rehuir confrontación con ellas… (se consideraba cobarde discutir con ellas usando la misma energía o agresividad que con un hombre, aunque solo fuera porque podría ser percibido como un abuso hacia un ser más débil…). Pero ellas, que dicen que no son mas débiles que los hombres, sí quieren que a la hora de un litigio, se las trate como auténticas inválidas.

Aún muchas de estas ventajas permanecen, excepcionalmente (incluso algunas mujeres lo critican, por considerar que es un trato condescendiente, en tanto que la mayoría lo silencia). Lo tienen todo, hasta la libertad de difamación contra el marido y, de paso, contra la familia de este; y por contra, el varón no tiene nada. Puede ser despojado a voluntad de bienes, vivienda e hijos (incluso si es la antigua vivienda de sus padres, o fue adquirida antes del matrimonio… la ley también lo admite). Por si fuera poco, la ventaja se perpetúa, en virtud de la militancia y la sofisticada organización de los grupos llamados feministas, así como de la influencia de las mujeres que han sido promovidas a altos puestos políticos, y cuyo corporativismo como mujer excede su imparcialidad profesional.

Esto no siempre es de extrañar, ya que muchas fueron promovidas a sus cargos para que su partido pudiera tener un argumento electoral cara a las votantes femeninas, y no porque realmente se pensara que eran las personas más adecuadas para el cargo. Y lo curioso es que, por ser mujer, se les perdona en el ejercicio de sus cargos cosas que, de ser hombres, hubieran sido motivo de terribles críticas (e incluso despidos). No generalizamos; solo hablamos en general, que es muy distinto.

Pero hoy es así: si quiere tener éxito social y profesional, contemporice con las mujeres, haláguelas, deles la razón… y si quiere ver el alcance de lo que le digo, y comprobar su veracidad… haga lo contrario durante un periodo de tiempo razonable, (digamos un mes), y luego me cuenta sus impresiones. Le garantizo una completa demonización, y hasta puede que ostracismo, desprecio de sus vecinos, amigos y colaboradores (al menos de aquellos que están al corriente de su nueva faceta), cuando no el voluntarista intento del vecino del piso cuarto, que se empeñará en demostrarle cuán equivocada es su actitud, y que le invitará paternalmente a rectificarse. No lo pasará nada bien… a no ser que se acostumbre a que la gente le mire como si se hubiese vuelto loco.

Pero es que, además, la mujer comienza a tener ventajas laborales y profesionales respecto a los hombres, aunque lo que alegan siempre es lo contrario. Es lo que se ha dado en llamar “discriminación positiva”. Hace poco me comentaban que en algunas universidades Americanas, (un sumidero de lo políticamente correcto pero con un leve matiz izquierdista “a la americana”), la selección de personal se hace con el siguiente orden de preferencias (oficioso, naturalmente):

1) Una lesbiana.

2) Una mujer heterosexual, a falta de lesbianas.

3) Una mujer corrientita.

4) Un hombre homosexual.

5) Un hombre heterosexual cubano pro-castrista (en la Universidad es al revés que en el resto de los Estados Unidos, y el pro-castrismo está de moda en los tiempos de la ley Helms-Burton).

6) A falta de todo lo anterior, un hombre corrientito.

De modo que la ventaja de las mujeres en la obtención de trabajo es, como se ve, aplastante, y va a más. Porque las cuotas, inventadas por no recuerdo qué tipo que presumía de demócrata, va en auge16: si tienes la responsabilidad de tener personal a tu cargo, procurarás, para evitar diversas maledicencias, contratar a una determinada proporción (cuota) de mujeres dentro de tu personal. Si tienes tres hombres sólo, y hay que incrementar la plantilla en una persona, toca mujer. De los candidatos que recibas, deberás rechazar a los hombres que entrevistes, aunque sean impresionantes por su brillantez y cualificación, y elegirás a una mujer, aunque sea mediocre… repito: toca mujer, por la ley de las cuotas. ¡Ay de ti, candidato a machista del mes, si no lo aceptas! Lo más práctico es que pidas directamente candidatas femeninas, y descartes desde el principio a los varones: así evitarás problemas.

LA SOBERBIA Y LA PRESCRIPCIóN DE LA BEAUTIFUL PEOPLE

Una de las características más notables de nuestro entorno social es lo extendida y lo intensa al mismo tiempo que se halla la soberbia, Ya sabe, ese viejo pecado capital, del que en el fondo nadie está totalmente exento. Es más que la vanidad, que puede apaciguarse o incluso postergarse, La soberbia es invicta, porque nadie está por encima de ella.

Culturalmente se afirma con la seguridad con que hoy se dicen las insensateces, de que ser humilde es, cuando menos, una idiotez; que sólo es humilde el que no tiene más remedio que serio, que el humilde tiene algo que ocultar, que si tienes algo bueno, debes venderlo, no ocultarlo… en el fondo, todo esto valida sólo un hecho incontestable: que hoy, más que nunca, “tanto tienes, tanto vales”, y que, por tanto, es más importante lo que aparentes (nuevamente la cultura de la imagen) que lo que tú verdaderamente seas…

En efecto, nunca como hoy se ha vivido tanto de y para las apariencías…. Quintaesencia de la hipocresía, nuestra sociedad lo tolera, lo comprende y hasta lo estimula e incentiva. En éstas circunstancias no podemos esperar que nadie sea capaz de reconocer sus errores, cuanto menos pedir perdón por ellos. Nadie reconoce hoy día que se ha equivocado, Ni en lo personal ni en lo laboral. Esta testarudez ha sido causa de multitud de divorcios, porque siempre, como mínimo, uno de los dos ha errado y, no obstante, ninguno reconoce ni lamenta haberlo hecho.

Valga la simplificación: tanto más abunda la soberbia, tanto más inflexibles e intratables nos volvemos, tanto más testarudos e intolerantes, tanto menos pacientes, tanto más egoístas y aislados en nuestro propio narcisismo. Y también tanto más cerrados de miras, pobres de imaginación, faltos de generosidad, nulos como seres humanos. Nos “amamos” tanto que nos destruimos a nosotros mismos, no conseguimos levantar la mirada de nuestro propio ombligo, de modo que no vemos más en la vida que un minúsculo y mezquino redondel de carne. Será por eso por lo que se dice que el alcance de miras del ser humano civilizado de nuestros días no excede unos 70 ctms: porque es la distancia entre nuestros ojos y nuestro ombligo.

Pero claro: todo va junto, del mismo modo que los extremos se tocan. ¿Cómo una sociedad soberbia, que admira e imita a cuatro privilegiados, no necesariamente honestos, a los que ha dado en llamar la “beautiful people , podría ser menos fútil e insustancial que los valores que aplica? ¿Cómo dejarían de ser deslavazados sus principios?

Considere el lector por un momento qué “pelaje” caracteriza a los líderes de opinión de hoy, los considerados “beautiful people”. ¿Cuales son sus criterios, prioridades e ideas? ¿Por qué viven, cuáles sus objetivos? ¿Cuál es su nivel cultural, por no mencionar ya el humano? ¿Con qué, sino con ridículos romances de opereta llenan las páginas de las publicaciones más vendidas? ¿Con qué sinceridad se exhiben y qué sinceridad esperan de los demás? ¿De cuántos tópicos son eco fiel, hasta el punto de convertirse, ellos mismos, en tópicos encarnados?

Si a tales personajes se imita, no es raro que acabemos fracasando como ellos en lo que a ser “personas” se refiere. Por no hablar de la crasa ímbecilidad de imitar a personajillos que a diario demuestran ser tan inteligentes como un cactus y tan sinceros como una hiena. Recuerden ahora la moda de las mujeres que “alquilan” un semental o recurren a la inseminación artificial para tener un hijo al que no hayan de compartir con ningún padre.

Supongo que es mejor creerlas ignorantes o estúpidas que delincuentes, porque eso es lo que serían de conocer las consecuencias de una maternidad en esas condiciones. Hablaré de ello en otro capítulo. Pero lo peor no es lo que hagan, que, a la postre, sería un caso aislado. Lo peor es que, desde su foro privilegiado en los medios de comunicación social, no sólo lo glamourizan, lo prescriben, lo recomiendan y se autoconstituyen en ejemplo a seguir, sino que ¡venden la exclusiva y obtienen dinero con ello! ¡Todo por dinero!

Vuelvo a citar el artículo que mencioné anteriormente:

“La mujer de clase trabajadora ya no tiene que aguantar los abusos del marido que traía el pan a casa, y en diez años se ha multiplicado el número de mujeres, económicamente independientes y sin pareja estable, que deciden ser madres solteras. En el Reino Unido, cada año nacen 175.000 niños fuera del matrimonio. Y el número de inseminaciones artificiales y adopciones se han disparado.

En casos de divorcio, los jueces deniegan el 80% de las peticiones del marido de custodia conjunta de los hijos. El hombre, al parecer, es poco de fiar. Y nada rentable, según la psicóloga americana June Stephen, que en un Popular libro, Men are not Cost-Effectíve, aboga por un impuesto genital de cien dólares a añadir al IRPF de cada varón, para compensar por el hecho de que en EEUU casi la totalidad de los criminales son hombres, un 94% de la población reclusa”.

El autor de éste artículo, Bartolomé Mesa, hace un alarde de valor al atreverse a escribir lo que dice. Será tachado de “cerdo chauvinista machista”17 de carca y tal vez de facha… pero tiene razón en lo que, más que afirmar, da a entender, y que yo suscribo: que todo lo de despiadado que tuvo una sociedad presuntamente “machista” o, a la menos masculina, se reproduce tanto más despiadado y cruel en la “hembrista” o, al menos “feminoide” que nos ha tocado vivir en nuestros días.

Lo diga un psicólogo o lo diga un estadista, lo del impuesto de la americana es sádico: ni el más machista de la tierra ha abogado por cargar un extra impuesto ecológico a las mujeres por excesivo consumo de celulosa a la vista de que el 95% de las compresas son usadas por mujeres. Y cualquiera que lo hubiera dicho hubiera sido socialmente “crucificado”, cosa que no ha sucedido, que yo sepa, con la “inteligente” hembrista June Stephen, que en paz descanse con sus lecciones morales. Y es que los hombres seremos brutitos, pero no imbéciles zombis para decir tales majaderías.

Ni falta que nos hacen. El bombardeo es diario y constante: las mujeres conducen mejor que los hombres, como demuestran las estadísticas de las Aseguradoras (en realidad lo que sí es verificable es que es difícil tener accidentes mortales a treinta kilómetros por hora: o lo que es lo mismo, las mujeres corren menos, quizás porque se sienten inseguras al volante, lo que puede explicar que tengan menos accidentes, si bien nadie parece llevar registro de los que su inseguridad provoca). .

Prosigue el bombardeo: 1as mujeres tienen una alternativa mejor a la sociedad defectuosa que el hombre ha creado y poseído desde siempre”. Lo cierto es que el hombre no ha hecho un movimiento consciente de creación de la sociedad: ésta se ha creado por un juego elemental de convivencia, igual que las focas no crean un hábitat, sino que el hecho de su convivencia determina las características del hábitat preexistente; y ni hombres ni focas han podido darse el lujo de no contar con el sexo femenino: los hombres ni siquiera lo han querido, (o de lo contrario el matrimonio hubiera caído en desuso desde hace siglos)… una riada sin fin de tópicos ridículos nos golpea día a día. Y por favor, muéstrennos la maravillosa alternativa.

UN COLOFóN OBVIO

Caldo de cultivo: he aquí el nuestro. De él nace el hembrismo, y otras cuantas lacras igualmente denigrantes con las que nos toca convivir. Es inútil tratar de imaginar el futuro, bajo estas premisas. El futuro ya está aquí, y lo único que podemos esperar es que se acentúen todos los dislates que vivimos y padecemos.

Sólo confío en que un segmento de la población, el más ecuánime, se dé cuenta de la manipulación, y renuncie a seguir la prescripción del “establishrnent”, de la beautifui people y del mundo de la imagen y sea capaz de sustraerse a la publicidad sexista subliminal que aboga por la destrucción moral del hombre. Espero que comprenda que la impronta de un hombre no puede negársele a sí mismo sin pagarlo caro. Y que defiendan a aquellos hombres que no renuncian a serio, con todos sus problemas, y aboguen por leyes igualitarias para los hombres en materia, por ejemplo, de divorcio. Es decir; espero que, pese a todo, queden personas insensibles a la manipulación, inteligentes y justas; aunque lo que es hoy, parece que no abundan.

CAPÍTULO II

LA ABUNDANCIA, EL PRINCIPIO DE LA DECADENCIA
LA PARADOJA

Es una curiosa paradoja que aquello por lo que el ser humano más se esfuerza, aquello que persigue con tanto afán sea lo que, en la misma medida en que consigue alcanzarlo, causa su fracaso. Fracaso que se extiende a todas las áreas de su vida, de entre las cuales, el matrimonio no es la menos importante.

Así sucede con la abundancia, y entiéndase aquí el término como medio de definir una combinación de seguridad económica, reconocimiento social (como mínimo el asociado al dinero) y confort de vida… todo lo cual constituye la desiderata de tantos cientos de millones de seres humanos. La lucha por conseguirla les motiva todos los días de su vida con inimaginable intensidad mientras aún no la han alcanzado; una vez obtenida, corrompe terriblemente, y -he aquí la paradoja-, no produce la satisfacción ansiada.

La poetisa austriaca María Ebner decía que “estar contentos con poco, es difícil. Con mucho, es imposible”. Es una forma de decir que el exceso de lo que anhelamos es pernicioso para nuestro equilibrio y felicidad, e incluso, (persisto en la paradoja), para nuestro bienestar. Frases como 1o mejor es enemigo de lo bueno”, 1o mejor del mundo, si se repite, acaba causando hastío”… no son ni más ni menos que la constatación que la sabiduría vernácula realiza de ésta paradoja.

Saber popular o axioma sociológico, tanto da: ciertamente la abundancia influye del modo descrito al ser humano, y eso es algo que se demuestra, colectivamente por la historia, e individualmente por las experiencias de cada cual.

Por la historia sabemos que cíclico ha sido el proceso que abarca el germen, construcción, madurez, decadencia y desaparición de imperios que, en SU época, fueron los más grandes nunca conocidos: El Egipto de los Faraones, El fugaz pero brillante astro de Alejandro Magno desde Macedonia hasta la remota India, el imperio de Israel en la época de David Y Salomón, la Persia de Ciro, las “polis” griegas, Roma, el trono de Gengis Khan, la España de Carlos 1, la Francia de Luís XIV, la Inglaterra Victoriana, y, con toda evidencia, los Estados Unidos de nuestro tiempo, Imperios, todos ellos, que han nacido y crecido bajo el signo de la más firme austeridad, con un fuerte componente de idealismo en los valores y también en los hechos, con el intenso estímulo del afán de realizarlos y con un generoso desdén hacia el materialismo.

Su apogeo trajo la paz y la estabilidad, en las que los hombres disfrutan las conquistas de sus antecesores, momento en que los valores perecen y se reemplazan por el materialismo, el disfrute de la abundancia adquirida y la comodidad y seguridad que ésta proporciona. Todos estos imperios han muerto, de forma más o menos súbita, con el advenimiento de este apogeo, de esta madurez. Todos salvo el último, cuyo declive es posible que ya estemos presenciando.

Individualmente, la moraleja es perfectamente aplicable. Son innumerables las biografías de grandes hombres que salieron de la nada, y que, con increíble esfuerzo y tesón, haciéndose a sí mismos, se abrieron un camino entre la adversidad y, finalmente, amasaron una fortuna o dirigieron un país, o cualquiera que fuere la naturaleza de su éxito, colocándose en una posición de abundancia que el común del género humano envidia y que, precisamente por eso, justifica comercialmente la biografía del personaje en cuestión.

Y sucede que, instalados en la bondad de la posición y la riqueza que tanto les costó alcanzar, comienzan a degradarse y a adocenarse, a decaer.

Pensando en esto, desfilan por mi mente políticos de todos los tiempos, célebres magnates, artistas, empresarios, deportistas y aristócratas. Lo más frecuente es que el tiempo invertido para el éxito sea tanto que, una vez conseguido, la decadencia no se culmine antes de la muerte del individuo. En este caso, sus herederos, que han carecido del instinto espartano y luchador de su antepasado, son los que se encargan de dilapidar la herencia con rapidez, recibiendo de pleno el impacto de la decadencia que sobrevivió a sus padres.

Pero además, hoy día hay gente que alcanza el éxito muy rápidamente y muy joven, y que vive lo suficiente para conocer su propia e irremediable decadencia, a la que son tanto más sensibles cuanto más lo son a los efectos de la abundancia. Pienso en el caso de algunos ídolos del deporte o la canción, que fraguan su riqueza en la década de sus veinte años, para desaparecer de la memoria social en la de los treinta y caer en la miseria en los cuarenta.

Nuestra sociedad ha alcanzado, o al menos eso nos gusta creer, un grado de reparto de la abundancia que, al menos en los países ricos, permite a todo el mundo disfrutar de una razonable porción de ella. Comprendo que parecería un contrasentido desear que todos careciéramos de cobertura a nuestras necesidades con el fin de garantizar profilácticamente nuestra salud emocional y evitar así nuestra decadencia individual. Y, no obstante, no tener todas las necesidades satisfechas es el único tratamiento infalible que existe para ello. Lo que quiere decir que la paradoja se da en nuestra propia naturaleza como seres humanos18.

Como decíamos, nuestra sociedad industrializada permite a la gran mayoría de la población, (tanto más cuanto más lo sea aquella en que vivamos), disfrutar de, al menos, lo más básico tal y corno se concibe hoy en día: alimento, vivienda y vestido, la integración en el grupo social que se constituye como nuestro entorno y en el que nos sentimos más o menos aceptados y un cierto confort y seguridad económica (los tres primeros peldaños de la pirámide de Maslowlg19, si no se ha resistido el lector a consultar el apéndice), con lo que la ausencia de insatisfacción está virtualmente asegurada. Permite también alcanzar con relativa facilidad un cierto nivel de liderazgo en su entorno, e incluso de fama; y, eventualmente, una agradable autorrealización (los niveles cuarto y quinto de la mencionada pirámide). Y hay dos conclusiones inmediatas, cuando se entiende esto:

1 -Que abundan las personas que padecen de abundancia (válgame el retruécano), las cuales están individualmente expuestas a sus efectos de decadencia y corrupción.

2- Que tanto mayor es el riesgo de decadencia de una sociedad o de un modelo sociopolítico en general, cuanto mayor el número de estas personas que padecen sobreabundancia (exceso de abundancia).

LOS VALORES EN LA SOCIEDAD DE LA ABUNDANCIA PATOLÓGICA

En este contexto en que la abundancia es excesiva, los valores que animan nuestro modelo social se han visto drásticamente reducidos a uno. En efecto, existe, como nunca antes, un instrumento singular, que sintetiza todo aquello que el hombre puede conseguir en la vida: se trata del dinero.

Nada como él define nuestro modelo sociopolítico (no en vano se deja de hablar de tales modelos, y se comienza a hablar de modelos socioeconómicos), nada define nuestra fisonomía social como el dinero y nada es capaz de expresar la síntesis de nuestros valores como el afán por conseguirlo..

Cierto que hace siglos que el dinero es y se considera importante, y que la codicia viene desatando pasiones y hasta guerras. Pero entonces, el dinero aun tenía que competir con otros valores de extendida credibilidad (el honor, el buen nombre, la responsabilidad, la fe… por los cuales también se podía llegar igualmente a morir).

En cambio hoy, el dinero es el valor único o, al menos, el prevalente (pruebe a buscar un solo ejemplo de alguien que haya muerto por honor, recientemente), que sostiene a multitud de personas de todas las edades, las cuales han prescindido de todos los demás valores clásicos, (la honradez, la buena educación, el respeto a los demás, la modestia, el reconocimiento de lo pernicioso de la soberbia y la ambición, la solidaridad etc.). En tales valores, poca gente cree a estas alturas, en tanto que el dinero es la medida de la abundancia y del éxito.

Y cuando vinculamos el dinero con distintos niveles de bienestar (o a los de la pirámide de Maslow), se evidencia que cada nivel está asociado en gran medida a la cantidad de dinero que se posee, o, lo que es lo mismo, es una cuestión de cantidad de dinero lo que determina qué nivel de éxito o bienestar hemos alcanzado, y cual es el próximo a lograr, Veámoslo nivel a nivel.

PRIMER NIVEL: Evidentemente, el dinero cubre las necesidades básicas, como alimento, abrigo y refugio. Poca cantidad de dinero puede comprar todo esto.

SEGUNDO NIVEL: El segundo grupo de necesidades, la integración dentro de un grupo social, el sentirse amado, está desgraciadamente cada vez más vinculado al hecho de tener dinero. Apenas basta una cantidad un poco superior a la necesaria para rebasar el primer nivel de la pirámide para que a uno no le consideren un pelagatos sus vecinos. Y en ésta época del tanto tienes tanto vales, él contigo pan y cebolla carece de vigencia, por lo que la aceptación social e incluso el tipo de “amor” más extendido que hoy conocemos se pueden adquirir con facilidad con una cantidad adicional de dinero.

Si “el dinero no lo es todo”, como podría indicarme aquí un lector menos materialista, no es menos cierto que cada vez se cree más en que sí que lo es (aunque en público se diga lo contrario), y la verdad es que las circunstancias ratifican esta cínica creencia; de modo que mi idealista lector está quedando en una franca minoría, aunque lo admiro, de todas formas, por lo excepcional.

TERCER NIVEL: Dudo que alguien no esté dispuesto a admitir que el dinero puede comprar confort y bienes de disfrute, y que es sólo cuestión de cantidad: como mínimo, algo mayor que la necesaria para alcanzar el segundo nivel.

CUARTO NIVEL: El reconocimiento social, la fama, el ser la envidia, no ya de nuestros vecinos o amigos, sino de nuestros compatriotas, puede conseguirse con una cantidad de dinero sustancialmente mayor que la necesaria para el nivel anterior, como demuestran las revistas del corazón, genuino paradigma del culto a los ricos que, por serio, son además famosos.

QUINTO NIVEL: La autorrealización es un tema más complejo. Admito que habrá, sin duda, personas que hayan alcanzado este último nivel y para las cuales la autosatisfacción y la propia realización está vinculada, no ya al dinero, sino a ser íntimamente conscientes del propio valor como persona, así como el de las realizaciones conseguidas. No obstante, dado el puesto tan preponderante que en nuestra escala social de valores tiene el dinero, creo que la autorrealización (o un sucedáneo válido) puede obtenerse con el dinero. Seguramente en mayor cantidad del mínimo necesario para alcanzar el cuarto nivel.

Pero admitiendo que la autorrealización depende de lo que cada cual piensa de sí mismo, estoy dispuesto a reconocer que el dinero no pueda comprar la auténtica, la genuina. Probablemente está realmente al alcance de una minoría tan limitada que no consigamos identificar a una sola persona que la disfrute aunque nos pasemos días pensando en ello. Lo que sí es obvio es que es muy difícil estar en la cumbre del éxito y no creerse más inteligente de lo que realmente se es, y no ser inmodesto: por tanto, no me sorprendería tampoco que mucha gente confunda la autorrealización con el hecho de haber tenido éxito, es decir, en términos actuales, de ser ricos y poderosos.

Así que, en ausencia de otros valores, el ascenso a los distintos niveles ya no es cuestión de alcanzar una variedad de realizaciones o metas, sino de alcanzar una sola cosa: el dinero, en cantidades cada vez más crecientes. O sea en el fondo es, por desgracia, una cuestión de la cantidad que se pueda poseer.

LA LEY DEL MÁS RICO, EL MARCO DE LA CORRUPCIóN

¿De qué manera, pues, corrompe esta abundancia? Pues, como hemos dicho, dejando al ser humano sin motivaciones para alcanzar metas mejores.

Pero además, al ser la abundancia un tema tan cuantitativo, las reglas del juego se vuelven dramáticamente simples: o tenemos más, o procuramos que los demás tengan menos.

Con éstas reglas del juego, el fracaso de todo aquel que se considere persona se convierte en una consecuencia lógica, bien porque no comparte esta cínica escala de un sólo valor cuando el resto de la sociedad es unánime al respecto (es lo que se llama un “bicho raro”); bien porque no tiene lo suficiente (es lo que los americanos llaman un “perdedor”, y ahora los españoles también lo llamamos así, por la misma razón que comemos hamburguesas y pizzas); o bien porque tiene demasiado, pues al haber alcanzado el máximo nivel alcanzable, se produce una falta de satisfacción que no puede compensarse con la motivación por alcanzar un nivel más alto, pues no lo hay.

Estas miserables reglas del juego tienen otro efecto: con ellas, no sólo nos volvemos cómodos, sin ambiciones distintas a las exclusivamente dinerarias, sin garra para mejorar nuestro disfrute de la vida e, incluso, sin capacidad para disfrutar lo que nos corresponde vivir… sino que procuramos que los demás tengan fracasos, no sólo como medio para mejorar nosotros nuestra posición relativa, sino para que la mejora de los demás no empeore relativamente la nuestra; o al menos, si no lo procuramos, no nos importará demasiado que los tengan.

Consecuentemente, y es ocioso decirlo a estas alturas, estamos cada vez más dispuestos a reducir nuestros condicionantes éticos si se trata de ganar más, tener más, consumir más. Así que, la abundancia genera finalmente corrupción. Corrupción pasiva, porque dejamos que nuestra riqueza suplante nuestra humanidad, o activa, porque estamos dispuestos a hacer todo lo posible (sin que nadie se entere, claro está), por hacer que a los demás les vaya francamente peor que a nosotros. Corrupción en cualquier caso. ¡Es tan deliciosamente “in”!.

LA ABUNDANCIA: UNA PATOLOGíA MÁS FEMENINA QUE MASCULINA

Si hasta ahora el lector ha razonado en el sentido de aceptar la idea, tan aparentemente opuesta a lo socialmente aceptado, de que la abundancia es degeneradora y corrompe, ahora se enfrenta al desafío de aceptar que corrompe más a la mujer que al hombre, por las siguientes razones:

En primer lugar, tradicionalmente la mujer no ha estado tan afecta y expuesta como lo está hoy al dinero. Desde luego que, habitualmente, ha venido desempeñando el papel de administradora familiar, con lo que ello implica en cuanto a disponibilidad del mismo. Pero administrarlo para un hogar y con, al menos, el concurso del cónyuge es algo diferente a contar con un contingente exclusivo para uso y disfrute personal, como cada vez sucede con más frecuencia. Máxime, si trabaja fuera del hogar, con lo que, como ocurre en algunos casos, puede empezar a decir que el dinero de su nómina es exclusivamente suyo (e incluso creerlo), lo que sin duda representa un cambio.

Por otra parte, una importante mayoría femenina vive pendiente de la vida y milagros de sus admiradas féminas de la jet-set, aquellas que se casan con un rico, (feo o guapo, viejo o joven… eso es lo de menos) y que viven a su costa hasta que ven en peligro la fortuna del “afortunado”, y entonces, al amparo de una inexplicable legislación, se separan llevándose cantidades astronómicas que, supuestamente sirven para su manutención (es inexplicable que Lady Di, en vida, con su conocida anorexia, necesitase unos tres mil millones de pesetas para dicha manutención). “Desplumar pavos” ricos parece el deporte de nuestras bellezas contemporáneas. Y millones de mujeres están pendientes de su ejemplo, anhelando poder seguirlo.

¿Conocen el chiste? Alguien llama el teléfono, y una joven lo descuelga.

-¿Diga?
-Querida, lo he pensado bien: Acepto comprarte el Rolls Royce. Acepto comprarte el yate y que vivamos en Antibes. Acepto que tengamos régimen de gananciales y acepto que tu madre viva con nosotros… y ahora, ¿te casarás conmigo?
-Por supuesto que sí! Pero… ¿Con quién hablo?

Pues este chiste resume eficientemente la mentalidad y las aspiraciones de un número insospechado de mujeres de nuestro mundo.

A falta del “braguetazo” (término que, curiosamente, se aplica más al hombre que a la mujer cuando lo más frecuente es exactamente lo contrario) se ha extendido el rumor de que la mujer que trabaja está realizada, en tanto que la que no trabaja no. Aquí, al parecer, debe entenderse, o bien que la mujer no trabaja en el hogar (habrá casos, no digo que no), o que eso no se puede considerar trabajo. Lo cierto es que el dicho se refiere a trabajo con remuneración directamente percibida por la mujer (lo digo así porque el trabajo del hogar también está remunerado de alguna manera, guste o no, ya que de lo contrario, más de la mitad de la población mundial hubiera fallecido ya por inanición), es decir, al trabajo que tiene asociada una nómina. Y como estamos en un país libre, idioteces de éste calibre pueden ser dichas y creídas por quien quiera hacerlo… por más que creérselas a veces implique tener el discernimiento de un piojo lobotomizado como mucho.

Hoy existen más mujeres con nómina de lo que nunca han existido. Con todas las connotaciones que el tema tenga (y veremos algunas en próximas páginas), lo cierto es que resta un número mayoritario de mujeres que no trabajan fuera del hogar y no perciben nómina20, pero que realmente se han creído la historia con la que se les bombardea a diario en cuanto a que son:

-Personas oprimidas, no por la sociedad de consumo, por el entorno competitivo, por carencias económicas o culturales ni por zarandajas similares, sino, nada menos, que por el hombre. Por un lado, es cómodo en un mundo de frustraciones y decepciones, de afanes y de dura lucha, tener alguien en quien cargar dichas frustraciones (que, por cierto, todos tenemos, no sólo las mujeres). Es cómodo tener un enemigo identificado, para que pague el pato cada vez que se recrudece nuestro complejo de cero a la izquierda, ¿verdad?… y tenerlo tan a mano es… ¡tan conveniente y práctico!

Además, que el hombre las oprime, además de ser un tópico no por monstruoso menos aceptado por nuestra “inteligente” sociedad, es una explicación sencilla y que permite divertirse tomando represalias contra el que más a mano se tenga, en cada momento, (normalmente el marido).

-Personas con un extraordinario número de derechos (mayor que el de los varones, desde luego, quienes son en última instancia los opresores, los malos de este culebrón, que nacen con la vocación genética de explotar mujeres y que, por tanto, ya han disfrutado suficientemente de los que pudieran haber tenido). Además de ello, son casualmente personas con un anormalmente bajo número de obligaciones y responsabilidades (menor que el de los varones), porque ya están hartas de estar oprimidas, y eso significa hartas de aceptar obligaciones y responsabilidades.

De modo que hay nueva consigna: “¡Basta ya de opresión!”. Y, así, se entiende que los varones de hoy tienen que pagar, no sólo su “natural tendencia a la explotación de la mujer”, sino la de sus antepasados. Y las mujeres deben cobrarse las facturas pendientes, no sólo de los últimos años, sino también, de paso, de los últimos siglos, en nombre de sus madres, abuelas, bisabuelas y una parienta lejana de Cuenca. Por cierto, que estos enunciados se creen a pies juntillas… ¡en la sociedad racional del incipiente siglo XXI, donde las supersticiones no pueden tener cabida!.

-Personas muy libres: las antes “esclavas” pueden permitirse ya tomar copas con los amigos / amigas, ceder el “esclavizante” cuidado de los niños a una chica de hogar, obligar a su marido a que colabore en casa (es decir, que barra, friegue los platos y el baño, haga la comida, planche y, después, le haga furiosa y apasionadamente el amor a la mujer de su vida: ella… todo ello después de haber trabajado como un ejecutivo agresivo las doce horas precedentes, y casi todo ello en tanto ella se dedica a pintarse las uñas delante del televisor después de, digamos, una dura jornada de funcionaria21) … Pero el caso es no limitar la libertad (la de la mujer, claro está. La de los demás es sólo subsidiaria de aquella, (y con su permiso).

Se dice que el poder corrompe, mientras que el poder absoluto corrompe absolutamente, Es cierto que en nuestros tiempos, la mujer, que nunca antes había estado tan expuesta al poder y al exceso de abundancia, ha pasado en un tiempo récord a estarlo plenamente. De ser el prototipo más genuino de héroe, con una sabia combinación de renuncia y, no obstante, de logros, no sólo afectivos, a ser una caricatura de personaje ambicioso y lleno de logros no emocionales, sino exclusivamente mensurables en términos monetarios o de poder. De lo sublime a lo ridículo.

De dos años a esta parte he visto crecer terriblemente el número de conductoras en Madrid. En alguna autoescuela me han llegado a comentar que las mujeres que se sacan el carnet y aquellas que ya lo tenían pero que quieren dar clases para “refrescar” su práctica (casi nula), son su principal fuente de negocio. Algunas conducen coches espléndidos y no voy a entrar en el por qué. No pretendo que el hecho de ver duplicado (por mencionar una proporción) el número de mujeres que conducen demuestre otra cosa que el hecho de que la mujer ha cambiado substancialmente los parámetros de conducta habituales.

Yo opino que es una moda, pero, sea lo que fuere, es un síntoma de que la mujer disfruta de más ocio, más trabajo con nómina (es decir, más abundancia) o más influencia para conseguir conducir coches de sus maridos u otros equivalentes (más poder, en suma), junto con una mayor libertad para no estar vinculada a un hogar, ni física ni emocionalmente.

Es decir, la mujer no sólo está más expuesta que nunca a al poder y a ¡la abundancia, sino que, además, lo está desde hace muy poco tiempo. Los efectos de uno y otra son por esta razón mucho mayores en la mujer que en el hombre, como el sol hace más daño a una persona de piel blanca y que acaba de llegar al lugar de vacaciones que a una persona que lleva treinta días en la playa y que tiene, además, la piel morena de nacimiento.

Es una evidencia que nuestro mundo es cada vez más acérrimamente capitalista. Por suerte o por desgracia (según quien lo mire), perecieron casi todos los regímenes marxistas o socialistas, y lo que del socialismo queda en nuestro panorama sociopolítico, es apenas un remedo romántico de lo bueno que el socialismo debió representar, o incluso menos: una mera denominación que nada tiene que ver con la realidad política que enmascara. Y no se trata de que unos seamos más culpables que otros. En realidad, nadie tiene la culpa del estado de cosas que vivimos. Ni siquiera los políticos que se enfrentan a lo que hay. No mientras ninguno de nosotros pueda cambiarlo radicalmente con su sola intervención, Pero todos permitimos, con nuestra lenidad, que así sea.

OTRAS ABUNDANCIAS

Dejemos a un lado el árido mundo de la economía, por más que sea ella la que al mundo mueve.

Hay otras abundancias en el mundo. Como la que deriva del bienestar económico, estas encierran, nuevamente, una paradoja en sí, dado que, por definición, la abundancia de algo bueno debiera lógicamente ser positiva, pero, al igual que cuando a bienes y riquezas nos referimos, no es así.

Se dice que estamos en un mundo ubicuo. La aldea global es una fabulosa consideración del mundo, antes inabarcable y ahora tan cercano a todos como lo está el interruptor del mando a distancia del televisor, o el “ratón” de nuestro ordenador cuando nos conecta a una red de información abierta. En realidad, es la abundancia de información y el fácil acceso a la misma lo que nos une a todos, lo que hace de nuestro viejo planeta un pueblo que, a medida que avanzamos técnicamente, se nos va quedando pequeño.

Pero es tal la abundancia de información disponible, (e insisto en que la información es, si no poder, como se acostumbra a decir, al menos sí un cimiento de nuestros conocimientos, de nuestra preparación personal y profesional, de nuestra cultura), tal su volumen, que fácilmente superamos nuestra capacidad para absorber la cantidad que tenemos al alcance de la mano. De modo que, o bien perdemos fragmentos importantes de información, o dejamos que alguien, bien sean medios de comunicación social, bien prescriptores socialmente relevantes o bien líderes de opinión de cualquier índole, nos filtren la información a la que debemos acceder, la que, a su criterio, nos conviene para ser dignos ciudadanos de nuestro entorno y siglo. Y, como es cómodo, dejamos que lo hagan, con lo que más que nunca percibimos un área muy limitada de información, la que nos prescriben, cuando, más que nunca, nuestro acceso a la misma es virtualmente ilimitado.

Un ejemplo: si el lector está familiarizado con Internet, se dará cuenta que marcando una palabra cualquiera en un buscador, la cantidad de referencias asociadas a la palabra es enorme (puede llegar a contenerse en millones de documentos o páginas de Internet, sobre todo si usa Altavista). Normalmente, el usuario revisará las primeras, las que el sistema asume como más afines para su petición. Rara vez irá más allá de las veinte primeras.

En suma, aceptará lo que el sistema informático de la red considere que es lo que, en general, usted busca. Y ejemplos de éste género se pueden imaginar cuando se habla de más de cinco cadenas de televisión (o cientos de ellas, si se cuenta con antena parabólica), cientos de cadenas de radio, de diarios y revistas, cinco mil títulos editados al día (sólo en EEUU) y una pléyade de sabihondos que saben qué hacer y pensar sobre todo lo que usted es capaz de debatir con ellos.

Además, ante tan abrumadora abundancia, nuestra mente suele reaccionar cerrándose, insensibilizándose ante determinadas informaciones y conocimientos, blindándose ante opiniones e ideas que no nos han sido prescritas socialmente (y que por tanto son, cuando menos, desfasadas, si no asociales y mal vistas).

Es esto lo que produce personas con cultura televisiva, cultura de revistas del corazón, cultura de la prensa del “establishment”, cultura de culebrón, cultura radiofónica. Todas ellas son fuentes sencillas y asequibles, fáciles de consumir, que normalmente nos proporcionan una dosis mínima pero suficiente de cultura que, además, ya está filtrada, lo que nos facilita enormemente las cosas, o, como mínimo, nos evita complicaciones innecesarias.

En su favor, son a menudo fuentes de información amenas y, sobre todo, tienen la virtud de alcanzar, por su ubicuidad, a tanta gente, que nos garantiza que vamos a contar con una información y una “cultura” más o menos similar a la de nuestros vecinos, con lo que no vamos a estar en éste aspecto en desventaja respecto a ellos (lo que socialmente es importante, piénselo el lector), no vamos a saber menos que ellos y, por tanto, vamos a reafirmar nuestra plena integración en el contexto social al que pertenecemos.

Y es de esta forma que la abundancia de información se convierte en algo alienante, terriblemente uniforme y, por ello, pobre. Además, la comodidad ante el exceso de información acaba haciéndonos tomar como verdades cosas que son falsas, tan sólo porque socialmente, en los medios de los que aprendemos, se han considerado errónea o interesadamente verdaderas.

También somos más sensibles que nunca a creer incoherencias y necedades que nos han sido trasmitidas por tales medios (a la manipulación en suma), y a no creer verdades evidentes, porque, una nueva consecuencia de este género de abundancia (en este contexto llamado, a menudo, saturación), es que perdemos nuestro criterio propio, nuestra capacidad de analizar imparcialmente, de decidir por nosotros mismos lo que está bien y lo que está mal. El summum del contrasentido es que la más culta de las sociedades, la de nuestro siglo, alberga a los más incultos e impersonales de los seres humanos… y que la sociedad es la más alienante posible para el individuo, aquella en donde menos personalidad tiene.

Ejemplos de manipulaciones hay muchos. Recuerde que en Estados Unidos, la célebre hormona de la eterna juventud, la melatonina, se vende en supermercados, en tanto que en España está prohibida por las autoridades sanitarias (por cierto, que existe un notable tráfico de EEUU hacia España de melatonina, a consecuencia de ésta prohibición hispana, prohibición que, personalmente, justifico). Pero el caso es que uno de los dos países yerra, manipula a sus gentes. Ignoro qué va a pasar ahora que hay muertes que se han vinculado al famoso “Viagra”.

Otro ejemplo: ahora nos ha dado por pensar que fumar es un crimen social, y se piensa así con la exasperación con que antes se pensaba lo contrario, es decir, se aconsejaba socialmente fumar. Ahora se persigue a los fumadores, a veces hasta con saña (recuerde el lector la cruzada personal del presidente de Estados Unidos, hace pocos meses, contra las empresas productoras de cigarrillos que, finalmente, ha quedado “en tablas”).

Los perseguidores más fanáticos e intolerantes son, a menudo, aquellos que mejor se disfrazan de una capa de ecologismo y modernismo, de amplitud de miras e ideas… y que aún más frecuentemente ocultan su auténtico fanatismo e intolerancia, a los que son particularmente sensibles con la agresividad de los conversos, su enorme manipulabilidad (mañana caminarían como autómatas con un dedo metido en la nariz si unos pocos médicos se pusieran de acuerdo para manifestar que eso limita la inhalación de polución ambiental).

Siempre ha habido gente así, pero la enorme difusión de la comunicación hace más fácil manipular a ésta gente, particularmente manipulable de por sí, y a otros que no lo son tanto, por un puro efecto de peso de masas, de inercia colectiva, frente a lo cual es tan difícil oponerse.

Mencionaré más adelante lo que ahora anticipo como otra forma de manipulación social: a saber, que en la sociedad más tolerante y con más libertad de expresión que los españoles vivos recordamos, adoptar una postura antifeminista (no ya antifemenina), por muy justificada, razonada y razonable y fundamentada que esté, genera un rechazo rayano en caza de brujas, totalmente irracional, pero palpable y frontal. Como poco, la gente te tacha de exagerado. Y es que no es fácil sustraerse a la manipulación masiva social.

La sobreabundancia de información genera innumerables manipulaciones, mayores o menores, pero tan numerosas, frecuentes e intensas como para perpetuar un estado de sopor social, de indiferencia ante la realidad, de falta de respuesta solidaria.

Un ejemplo más: lo que piensan algunas personas sobre este y otros agudos problemas es aparentemente ignorado, y esto es una mas de las muchas aberraciones cuya aclaración nadie procura desde los medios de comunicación social, y menos que nadie los políticos. Ante un problema incómodo, es mejor, (según parece), recurrir nuevamente a una manipulación que a la solución. Se intenta a toda costa minimizar su alcance y el número de personas afectadas (mientras permanezcan sin alborotar demasiado), y al minimizar el problema, las soluciones que se aplican son tan mínimas que nada solucionan.

Para solucionar un problema es necesario siempre identificarlo claramente y en toda su dimensión. Sólo así podrán encontrarse soluciones suficientes y adecuadas para su resolución. No obstante, ¡qué más da!. El pueblo duerme, y la caravana pasa”.

Aún hay más sobreabundancias perniciosas. Por ejemplo, y de nuevo con todo lo de paradójico que implica, la sobreabundancia de ocio. Además de ser caro y, por tanto, inclinar más netamente las motivaciones personales a la consecución permanente de más dinero para financiarlo, su exceso produce tedio, aburrimiento y acaba generando fórmulas fáciles de llenar el tiempo que a él dedicamos.

El ejemplo más típico es el exceso de televisión al que estamos acostumbrados y, por contra y lamentablemente, la escasez en la práctica de entretenimientos sanos, como la lectura de libros, la audición de buena música, pasear, practicar algún deporte… e incluso acabamos incurriendo en otras aberraciones aún más graves, como “dedicar” poco tiempo a los hijos. El poco tiempo que pasamos con ellos no es la aberración, sino pura miseria familiar y humana. La aberración es la palabra “dedicar”, como si los hijos fueran, más que un placer y una fuente de disfrute, un deber u obligación al que, como si de un trabajo se tratara, debemos dedicar una determinada porción de nuestro tiempo.

¿Quedan más sobreabundancias perniciosas por mencionar? Multitud, querido lector, Todas ellas merecen que nos paremos un poco a pensar con sensatez y sin dejarnos influir por la “cultura” (o mejor prescripción) de las masas, y tomemos por nosotros mismos la decisión de valorar las cosas sin más ayuda que la de nuestro corazón, nuestra mente y nuestras inclinaciones naturales, Y cada cual es personalmente insustituible en esa labor, así como en la de identificar qué multitud de sobreabundancias producen efectos perniciosos en nosotros y cuáles sean las que más afectan a cada cual.

El exceso de bienestar puede ser un viejo lugar común para muchos lectores como fuente de problemas de índole familiar o interpersonal. Hay muchos más: tantos más como nuestra superabundante sociedad es capaz de ofertarnos; y cuantos más nos afecten, tanto más débiles somos. Lo mejor que le puedo recomendar al respecto es que se tome diez minutos para reflexionar sobre ello.

CAPÍTULO III

EL HEMBRISMO: TODO UNA PIEZA.

LA PALABRA “HEMBRISMO”

¿Cuántas veces, como media, oirá un hombre en su vida la acusación, genérica o específica, de ser machista? ¿Cuántas veces oirá decir a su mujer: 1o que pasa es que eres un machista?” Supongo que hay pocas posibilidades de que a nadie se le haya ocurrido responder: “¡y tú eres una hembrista!” La diferencia es que nuestra cultura ha ido dando un sentido, una significación más o menos vaga a la palabra machismo, en tanto que nadie se ha preocupado de hacer lo mismo con el término hembrismo, si es que alguien ha pensado realmente en él. Probablemente es esa la labor que permite decir que se ha acuñado auténticamente un término.

Acuñé el término—hembrismo” en 1993 -suponiendo que nadie lo hubiera acuñado antes, cosa de la que no tengo noticia- por analogía al peyorativo “machismo”, que abarca un conjunto de actitudes negativas asociadas al hombre como sujeto y contra la mujer, objeto de las mismas, y que, por inercia, se suele confrontar con el feminismo. Ahora bien, tal confrontación es errónea: El machismo no puede confrontarse con el feminismo, sino con lo que llamo hembrismo, así como el feminismo, en lo bueno que tiene, debe confrontarse con un término que abarque la síntesis de los buenos valores masculinos, que son muchos, y de la justa reivindicación a que el varón tiene derecho y que debe emprender, cada vez más activamente, en nuestra sociedad.

Tampoco encuentro exista término para ello, así que, sin tener constancia de que alguien lo haya formulado con anterioridad, declaro por mi parte el varonísmo, como movimiento, enseña y lucha imprescindible para la supervivencia del equilibrio social, y especialmente del esfuerzo del colectivo de hombres por dignificarse, pero también por reivindicar la feminidad de la mujer en un mundo que la está perdiendo cuanto más hembrista se torna.

No voy a entrar en el contenido del varonismo por el momento. Baste decir que puede imaginarse por analogía a lo bueno que puede tener el feminismo decente, si bien con aplicación al varón. Implica derechos y obligaciones (sin lo cual no hay compromiso), y reclama, entre otras cosas, tiempo de reflexión para que los hombres reflexionen sobre su papel, el que de verdad les corresponde, no el que les quieran caprichosamente asignar, y sobre su crucial importancia en la sociedad de hoy y del futuro: con dignidad y con el protagonismo que, paulatinamente, se les ha ido restando. Aprovecho para mencionar algo sobre lo que no me cansaré jamás de insistir: el machismo es más cada vez mito y exageración que realidad. Hoy ya, y también en nuestro país, abunda más el hembrismo que el machismo.

¿Qué es el hembrismo?

El hembrismo es una actitud, además de una visión de la vida, que se define, mejor que nada, a través de sus poco halagüeñas características.. Que son las siguientes:

a)Cinismo sin límites: la gran característica del hembrismo, por encima de todo.

Durante una de sus brillantes actuaciones en directo, Lenny Bruce hacía una divertida parodia de cómo evitar roces. “Niégalo todo”, decía, “aunque sea verdad, niégalo. Incluso si es evidente que mientes, incluso si es imposible de negar… niégalo. Si tu mujer vuelve a casa y te sorprende en la cama con la vecina… niégalo. Dile: “el doctor acaba de marcharse. Dice que esta mujer tiene malaria, y me ha pedido que la mantenga en movimiento como sea mientras va por la medicación…”

Quite el lector lo que tiene de chiste, y cambie de sexo a sus protagonistas, y en esta historieta tendrá la manifestación más pura de lo que es una hembrista. Puro cinismo, jamás reconocerán un error, ni, por supuesto, ofrecerán una disculpa, incluso aunque hallan fallado lamentable y dolorosamente (lo que es, por cierto, demasiado frecuente, tanto más cuanto que, a medida que lo realizan con total impunidad, se acostumbran a ello, ya que cada vez menos se molestan en evitarlo, considerando su ya afición a errar como un derecho cuya práctica les resulta divertida).

Nunca pedirán perdón, ni considerarán (una de sus palabras favoritas), que sean ellas las que han errado. Pero más que eso, culparán a otro, a menudo a quien convive con ellas, Y lo culparán de todo: de lo que ha sucedido, de lo que no ha sucedido pero debiera, de lo que son, de lo que no son, y de lo que hubieran podido llegar a ser sin la persona que cometió el fatal error de casarse con ellas. Pero no se moleste demasiado por ello: las hembristas de esta calaña mienten como hablan.

b)El resentimiento es la segunda característica, después de] cinismo y el descaro que siempre va asociado a ese cinismo. Posiblemente la hembrista posee la inteligencia suficiente como para darse cuenta de lo ridícula, aviesa y perjudicial que resulta en su entorno, así como de los escasos auténticos valores de que se rodea y dispone para sentirse realizada. Eso es malo, porque si bien les concede un mínimo de credibilidad como seres racionales, lo cierto es que también les evidencia su propia falta de valía, su mezquindad y su auténtica talla moral, que es la física de un pigmeo. El resentimiento se ve increíblemente exaltado por la envidia si coincide que la persona que convive con ellas es notablemente más valiosa, culta, educada, inteligente… o cualquier otro don apreciable, que ellas mismas, y, de camino, que sus familias (de las cuales ellas hacen otro importante caballo de batalla).

c)La tercera característica es que son polemistas, buscan la discusión y la confrontación a toda costa, y, naturalmente, tienen todo el tiempo del mundo para planificar la estrategia de lucha, el momento, las heridas a infligir, las armas a emplear: normalmente viven en una posición muy acomodada, sin escaseces graves, con un marido que, dedicado todo el día a trabajar, no tiene tiempo de pensar en idioteces semejantes ni, cuando vuelve a casa, ganas de empezar a hacerlo. Pero ellas no dejan pasar una sola oportunidad de hostigar, herir, ofender, infligir una derrota o, por lo menos, de molestar.

Una variedad de esta característica constituye uno de los medios más formidables de defensa que existen: se trata de la acusación continua, y resulta porque, como reza el dicho, la mejor defensa es el ataque”. Cuando tenga algo que temer, algo que esconder, algo reprochable e inconfesable en su mezquina vida, la hembrista de este género acusará a su marido de lo primero que se le venga a la cabeza, sea vagamente cierto o tremendamente falso: con frecuencia de lo mismo de lo que ella se siente culpable, tenga sentido o no. No le importa nada ni su propia credibilidad ante el marido, ni los sentimientos de éste (¿no se ha fijado el lector que, en esta guerra, se supone (por ellas), que los hombres no tenemos sentimientos?).

Primero, le acusará por ejemplo de egoísta, lo que un marido que aún conserve algo de respeto por ella y por él, intentará rebatir con razonamientos. Pero ella ni sabe razonar ni tiene interés en intentarlo. De modo que, si los argumentos del marido son suficientemente convincentes (o simplemente, se ha molestado en rebatirlos, dando a la hembrista una importancia que no merece), no se dará por perdida: le acusará de cualquier otra cosa, por ejemplo, de ser homosexual. El marido podrá perder algo más de tiempo (y de afecto y respeto hacia ella), demostrando que no es así. Cuando lo consiga demostrar, recibirá otra acusación, cualquier otra, por insensata y falsa que sea, como por ejemplo, la de ser el asesino de Lincoln.

Da igual, porque la acusación no representa un sentimiento real de una mujer normal tal vez enfadadísima con razón, que lo expresa a su marido con despecho, sino un instrumento para polemizar, para conseguir crispar la situación y, de paso, a su marido. ¿Para qué? Para que la hembrista en cuestión pueda obviar los verdaderos problemas. Aquellos que no le interesa airear porque ya se sabe responsable de los mismos: aquellos que, en definitiva, son los que auténticamente amenazan al matrimonio. Y por esta razón y motivación, esta táctica rastrera y mezquina es bastante recurrente: porque el hecho de que el marido esté crispado, sufra y se angustie… ¡representa el área de seguridad de ese tipo de hembristas, la circunstancia y contexto en que se sienten cómodas y dueñas de la situación!

d)La cuarta característica, es la falta de escrúpulos. Muy frecuentemente, una actitud hembrista bombardea poco a poco los cimientos de la relación más fiel y dedicada (y me refiero también a la de los hijos). Apostaría a que las hembristas lo saben. Pero no les importa acabar con lo que sea, con tal de que su soberbia quede en pie después del desastre… incluso aunque el campo de batalla quede sembrado de los cadáveres de maridos e hijos.

Esos cadáveres no les importan lo más mínimo: han prevalecido, y su orgullo está, por encima de todo, a salvo… creen ellas, claro, porque hasta este punto son ilusas, siendo esta otra característica más de las hembristas, que se acaban creyendo sus propias mentiras, y pensando que han prevalecido a fuerza de tener razón, No parecen darse cuenta de que los demás le han brindado la “victoria” por evitar más bajas de las que ya se han producido y de que., en realidad, ellas se han autoderrotado miserablemente.

A veces, su falta de escrúpulos viene envuelta en posturas de tipo pseudo-intelectual tan absurdas y ridículas que no requieren explicación: transcribo el testimonio de una mujer recogido en una revista: “lo tenía muy pensado, así que busqué un chico guapo, agradable y de aspecto sano. Desde hace mucho tiempo tenía claro que quería tener un hijo. No tengo novio, ni salgo con nadie, así que para qué esperar más”.

En verano tuve una aventura, y le dije que estaba tomando la píldora. Por supuesto, no le he vuelto a ver, y él no sabe nada. Busqué el embarazo en el momento idóneo, siempre había querido tener un hijo, lo deseo y económicamente tengo una buena situación. ¿Es que debo supeditar mi maternidad a que aparezca el hombre ideal?”.
La revista añade que la que habla, de 34 años, manifiesta que un hijo necesita cariño, y no los ya tradicionales papeles de madre y padre. ¡Roma ha hablado!

Este cúmulo de falacias encubre, además de la falta de escrúpulos, una notable insensatez. Es como si yo digo que mi derecho a vivir bien no debe quedar supeditado a encontrar un buen servicio de “chica para el hogar” y lo que hago es ir a África a adquirir un esclavo. Y es comparable porque en este caso nos arrogamos el derecho de decidir lo que el hijo de la anécdota o el esclavo de mi ejemplo necesitan o no necesitan, tienen o no tienen derecho a esperar. En todo caso, los bancos de semen también desean hacer negocio, así que, a vuestro gusto, hembristas.

El colmo de la falta de escrúpulos es el apoyo que a posturas como éstas hacen presuntas feministas, hembristas en realidad, amparadas en su también presunta profesionalidad. Y al hilo de esta anécdota, surgen comentarios como el de una “psicóloga” que dice (transcribo nuevamente), “La críanza y la educación han sido siempre cuestiones de mujeres. La figura del padre estaba siempre ausente. Es una cuestión de calidad. Así que este concepto no resulta nuevo, y en la historia se ha repetido durante siglos la figura de madres a cargo de su prole. Lo que necesita un niño es sentirse protegido y arropado. Siempre habrá tíos, amigos y terceros que puedan representar esa figura del ‘padre’ que falta en la familia”.

En esta declaración, el resentimiento, la segunda característica del hembrismo que ya hemos formulado, es también meridianamente claro. Por la misma razón cabría decir que a la madre también podría sustituirla la señora de la limpieza, o la dependienta de la tienda de al lado… y que a ambos, padre y madre, podrían sustituirlos un buen orfanato, o el Ministerio de Asuntos Sociales… pero sería, una vez más, un extravagante disparate, y un sofisma de consecuencias no demasiado deseables desde el punto de vista de quien le importe, aunque sea mínimamente, el bienestar y equilibrio de un hijo.

Como colofón a la opinión de la “psiquiatra” anterior, me remito al capítulo seis (las consecuencias), donde cito literalmente fragmentos de un artículo elaborado sobre la base de la opinión de un grupo de psiquiatras. Y es que para todo hay que ser profesional y objetivo, porque la subjetividad profesional hace muchísimo daño, incluso al que cree beneficiarse con ella.

e)La quinta característica es el despotismo, como no puede ser menos en personas cuya paranoia particular les dicta que siempre tienen la razón, mientras que todos los demás están equivocados. Lo ejercen cueste lo que cueste y caiga quien caiga: aunque no tenga importancia el logro. En realidad, ellas no buscan un resultado que les complazca: lo que les complace es prevalecer sobre otro, sobre quien vierten la frustración de tantas batallas perdidas fuera de su feudo. Es un despotismo de hechos y de juicios: de hechos, porque quieren imponer su conducta y mediatizar la de los demás, y con tanto más placer cuanto más sea por la vía de los hechos consumados.

Además, también es de juicios porque no existe persona que observe más críticamente (crítica más destructiva que constructiva) a la persona con la que convive para enjuiciarla y condenarla con el máximo sarcasmo y crueldad posibles. Ningún enemigo externo lo hace tan cruelmente. A la esposa, novia, compañera… hembrista le encanta juzgarnos, sentenciarnos y, en lo posible, “ejecutarnos”.
f) Otra característica es la abundante oriflama feminista de que se rodean, particularmente en la palabrería, aunque también en los comportamientos, actitudes y aspecto. Les serán familiares los términos: “mi cuerpo es mío”, “tengo derecho a realizarme”, “el hombre nos oprime”… y tantos otros dichos y actitudes similares que, particularmente las hembristas, exhiben dentro y fuera de contexto pero, generalmente, con un inagotable cinismo. Así vistas, o de otra cualquier forma en que se manifiesten, las hembristas son un ridículo remedo de feministas, que han hecho una carrera a partir de los clichés más ajados y mediocres del feminismo más torpe y trasnochado.

Lo que me parece incomprensible es como las auténticas feministas, las que buscan que prevalezca la razón, las soportan, siendo como son sin duda el argumento más negativo que puede encontrar el feminismo. Por otra parte, lo que particularmente contribuye al ridículo es el “divismo” con que manifiestan, verbal y físicamente, su estética feminista, ya que no hay nada más ridículo que un ignorante interpretando el papel de un intelectual, como, a sensu contrario, no hay nada que vista mejor a la sabiduría auténtica que un Poco de modestia.

g) Las hembristas no viven la realidad, sino que fingen su vida: igual que viven de clichés manidos, actúan continuamente como hijas de tales clichés: adoptan una posición beligerantemente “feminista”, en cada oportunidad; les encanta ejercer el proselitismo entre mujeres más desprevenidas y aún menos inteligentes, cuyas vidas matrimoniales acaban destrozando; les encanta aparentar independencia de sus maridos, así como difundir públicamente los múltiples defectos de estos, y se asocian ciegamente con cualquier otra mujer que critique a su marido, en un esprit de corps tan extremado como Schopenhauer ya había detectado y consignado en su notable obra.

Suelen ser un tanto horteras en sus razonamientos, conversaciones, interjecciones y en sus costumbres y gustos: como corresponde a seres que no piensan ni desarrollan su personalidad y, desde ahí, sus preferencias, gustos, estilos etc., sino que, a falta de criterio, copian mal de la apología feminista sin acabar de entenderla y ponerla en contexto. Como todo lo que no es auténtico, el hembrismo produce rechazo por su artificiosidad, además de auténtico asco por lo miserable de su contenido.

A título de ejemplo, una hembrista habla de mujer objeto al referirse a toda mujer que viste bien y, casualmente, es muy atractiva. Una feminista tendría claro que la mujer objeto (y debería tenerlo igualmente claro para el hombre objeto, que también existe), es toda aquella mujer que adopta sumisa el rol de ser, comportarse, actuar… tal y como el hombre desearía que lo hiciese, con el fin exclusivo de procurarle disfrute a aquél y a cambio de dinero.

En realidad, una mujer casada (o un hombre casado), han dado un giro a su concepto de familia: la prioridad debe ser para su cónyuge e hijos. Pero la hembrista todavía vive enmendado la plana a sus padres y hermanos, a los que dispone en un plano de prioridad frente a su marido, obligando a este, si ello es posible, a que les “quiera” por todos los medios disponibles Me pregunto si el viejo mito de la suegra irredenta no procede de esta actitud del hembrismo.

h) Una más: el egoísmo más desconsiderado, que salta impune por encima de lo evidentemente justo, de lo equilibrado, del bienestar de los presuntos seres queridos (a priori, hijos y marido), a los que se utiliza y a veces sacrifica para conseguir mínimas victorias personales, sin importarles lo que han perdido los sacrificados en sus inútiles batallas.

Al margen de que son estas las mujeres más proclives a “apurar la copa de la venganza”, llevando hasta últimas conclusiones las consecuencias de las separaciones (el parasitismo a costa del ex-marido, a quien chupan la sangre, la paciencia y hasta la autoestima; las revanchas más mezquinas, a menudo utilizando a los hijos … ) Todo un ejemplo de ecuanimidad feminista, como se puede ver. Un trote cochinero, que no cambia de ritmo en ningún caso. Son de carril.

Le daré al lector algunas pistas adicionales: las hembristas no son ni muy mayores ni, generalmente, muy jóvenes: la lógica de lo primero es que las muy mayores proceden de otra generación, donde al hombre se le respetaba mucho más (la mayor parte de estas mujeres están dispuestas a jurar que sin temerle, como multitud de feministas y hembristas se apresurarían a terciar aquí), y se le reconocía un fuerte grado de “liderazgo” en su rol de cabeza de familia, por lo que las mujeres expertas que han vivido aquellos tiempos y contemplan éstos no están por la faena de perder el tiempo en charlotadas hembristas a la moda, ni en ser una más en el gallinero.

¿Y las segundas? En cuanto a estudios, ya se incorporan al mercado laboral con una preparación que nada tiene que envidiarle a la de ningún varón. De modo que disfrutan de los mismos retos, las mismas angustias, las mismas presiones y competitividad que los muchachos de su edad. Y ya empiezan a saber lo que se pierden, cuando comparan sus “ventajas” con las de sus madres.

EL ALCANCE DEL FENóMENO

Los rasgos anteriores no siempre concurren al máximo de su intensidad (si bien sí lo hacen en relación directamente proporcional al grado de ignorancia). Ni tampoco están todos, pues aún hay otros detalles que completan el perfil de la hembrista. Pero en general, se infieren de los ya descritos, pues son los que se puede esperar de una persona que alcanza a reunir la mayor parte de los anteriores,

Por ejemplo, hace poco se publicaron las fotos de una ministra (hoy ya exministra), que tiene fama entre sus correligionarios de que es atractiva y elegante, (cosa que en parte creo hay también que atribuir a los medios de comunicación que no dejan de adularla), abrazando muy cariñosamente a un actor que pasa por ser muy atractivo (y que es mucho más joven que ella), cuando coincide con él en no sé qué acontecimiento cultural, (por si el lector tiene buena memoria, busque en ella el registro de los acontecimientos de 1995: ¿recuerda ya la anécdota?).

Un día me permití decir que, si en lugar de esta situación lo que presenciamos es a un ministro que abraza con idéntico énfasis a una actriz atractiva y joven, si es que la actriz le deja, los comentarios de muchas mujeres serían muy duros, y los hombres le tacharían de impresentable. Pero me dicen (las mujeres con quienes comenté el episodio) que esto es una tontería, ya que es una situación muy distinta. No sé por qué iba a serio, a mí me parece igual. No respondí: no se puede discutir con dos hembristas, aunque vayan disfrazadas de administrativas.

No hace falta ser detective para percibirlo: hay un enorme contingente de mujeres así: son una auténtica vergüenza de nuestra sociedad, incluso porque consiguen minusvalorar el papel de la mujer, su importancia y su genuino y verdadero valor: son auténticas lacras para todos, hombres y mujeres. Tal vez lo triste de su presencia se pierde en un mar de ausencia de valores, ambiciones desmedidas, soberbia generalizada, deterioro de las gentes y su entorno (físico y moral).

Pero no es menos cierto que ningún mal es despreciable, que no hay enemigo pequeño… ni que tanto más perdamos el tiempo en comportamientos ridículos y nocivos para los demás, menos dispondremos para solucionar las cosas que requieren de verdad atención urgente: el hambre y la enfermedad que, antes que retroceder, aumentan su alcance… el desolador trato al que sometemos a nuestro mundo, a nuestra atmósfera y a nuestro suelo… el desempleo que comienza a ser endémico en el sistema capitalista… claro que, dado nuestro propio bienestar, ¿para qué preocuparse por esto?

Creo que se es tanto más hembrista cuanto más ignorante se es: pero en menor grado, hay también hembristas de un cierto nivel cultura¡, que incluso podría creerse “alto” (aunque esto es más bien excepcional). Ello se debe a que es tan intoxicante y extendido el alcance de la moda del “todo para la mujer” de la que hablábamos en el capítulo anterior, que es fácil que, quien no conoce ni se informa se deje afectar inadvertidamente por ella.

Por otra parte, es infinitamente más fácil dejarse llevar por la corriente de la moda, y hacer y decir lo que hacen y dicen los demás, que enfrentarse a ella y luchar por hacer prevalecer el sentido común. Por si fuera poco, la realidad la acaba conformando lo que piensa la mayoría, aunque sea una mayoría ciega y sin criterio: su fuerza bruta (en todos los sentidos), es capaz hasta de oponerse a lo auténticamente sucedido, alterando los hechos a conveniencia o placer.

Un ejemplo sin trascendencia: Mucha gente ha oído hablar del episodio bíblico en que el profeta Elías es arrebatado, y todos los que lo conocen están dispuestos a jurar que fue llevado en un carro de fuego. Proponga usted otra cosa: diga que fue llevado en un platillo volante. La cosa no tiene, para el común de la gente, la más mínima importancia. Pero suponga que fuera importante: la discusión sería a muerte para convencerle de su punto de vista, y usted acabaría cediendo, incluso por aburrimiento, pero tal vez porque estaría de acuerdo con él.

En realidad, ambos estarán equivocados. A Elías, como se dice en ¡la Biblia, lo arrebató un torbellino. Repito que se trata de un ejemplo sin importancia, pero que demuestra que si una mayoría cree una cosa, por errónea que ésta sea, la inercia hará que el resto, la minoría que queda por decidir, acabará imitándola por temor, falta de convicción o, simplemente, indiferencia. Así somos de influenciables.

En una conferencia en Junio de 1998 se llegó a decir que la penetración no hace falta para nada a las mujeres para obtener su completa realización sexual. Otro conferencista dijo que los sacos de patatas ya no hacia falta que nadie los cogiese porque lo hacen las máquinas. Y el tipo se quedó tan campante, regodeándose triunfalmente con las andanadas de aplausos de las pobres mujeres que asistían a aquel bodrio. Como colofón a estas y otras tan peregrinas manifestaciones, hechas totalmente en serio y muy aplaudidas por todas aquellas mujeres se deduce que los conferenciantes no sabían lo que era un miembro viril, o el tipo, un saco de patatas. Y otras deducciones que se dejan a cargo del lector. Es la manipulación del ignorante por el ignorante.

También la experiencia demuestra lo mismo ¿Recuerda la concentración fascista de Nuremberg? ¿Dónde estaban todos aquellos nazis convencidos en el juicio que se celebró en la misma ciudad, años más tarde?. Fue Hitler quien escribió en el Mein Kampf (y, lo que es más triste, demostró cierto) que la capacidad de comprensión de los grandes grupos humanos es muy limitada, mientras que su falta de memoria es mayúscula”. Ciertamente es lamentable que tan extraño personaje venga a darnos lecciones morales que, a la postre, resultan certeras.

El Síndrome de Estocolmo

Como en casi todo en la vida, la hembrista nace y se hace, ambas cosas en determinada proporción. Ahora, lo más curioso del fenómeno del hembrismo es que trasciende su entorno natural, es decir, las mujeres.

¿Conocen el Síndrome de Estocolmo? Se aplica al fenómeno que se da entre aquellos que han sido secuestrados y sometidos en contra de su voluntad a una prolongada privación de libertad. Y consiste en que los secuestrados acaban, a fuerza de transcurrir el tiempo en una posición de sumisión y dependencia de sus secuestradores, por simpatizar sinceramente con las ideas, procedimientos y hasta con la personalidad de sus secuestradores.

Esto sucede también, en nuestro entorno social con muchos hombres: a fuerza de ser sometidos, de estar expuestos a la publicidad, a las convenciones sociales que hoy día tanto privilegian a la mujer, acaban por creerse el ideario, no ya feminista, lo que tendría cierto sentido, sino el “ideario” hembrista, con el cúmulo de despropósitos que incorpora. Y, curiosamente, no se cuestionan ni su legitimidad ni su autenticidad… simplemente, lo adoptan y aplican ciegamente, y, como todo lo que ciegamente se hace, insensatamente.

Permítame el lector otro ejemplo tomado de la realidad. Un diario de difusión nacional un Domingo 28 de Enero de 1995. Un periodista de nombre desconocido hace una crítica absolutamente despiadada de un libro editado por la Asociación de Padres de Familia Separados. El libro es sangrante, como todo libro dictado por el resentimiento, la amargura y el dolor de quien ha padecido la injusticia de la legislación discriminatoria para el hombre, y de quien se las ha visto con muchos casos de despojo descarado, de no pocos hombres separados.

El libro utiliza, por tanto, tanta agresividad como quiere, y emplea símiles tremendos para la mujer, a quien califica de parásita, hiena, viuda negra… y otras lindezas semejantes… Es sarcástico, crudo y mordaz. Todo esto lo critica el autor del artículo, y añade que no se explica como a la Asociación que edita este libro concede el Ministerio de Asuntos Sociales una subvención de un millón de pesetas en el año 1995.

No obstante, hay que ver también la otra cara de la moneda: lo que el libro dice es, en su mayor parte, impecablemente verídico, tanto más que se basa en multitud de casos reales, constatados en el día a día de la asociación y documentados como corresponde, no ya por ésta, lo que podría ser parcial, sino por organismos tan imparciales corno puedan serio los tribunales de nuestro país, en múltiples sumarios de casos de separación. El estilo es cuestión de puntos de vista.

Si el lenguaje lo considera fuera de tono, pruebe el lector con el lenguaje castrante de multitud de libros feministas o feminoides, si se me permite la expresión, Los hay a cientos, y aunque no son tan ingenuos a la hora de herir (al menos en la forma), no por ello son menos crueles ni deliberados… y con frecuencia, sí que son mucho más injustos.

Recuerdo ahora uno de Eichembaum y Orbach, titulado “¿Qué Quieren las Mujeres?”: adicionalmente, está tan repleto de tópicos pedantes que es difícil no estallar en carcajadas ante su lectura… pero éste se me ha ocurrido completamente al azar. Los hay a miles, en tanto que sólo conozco uno de la índole y postura del citado libro de la asociación, que, por cierto, se llama “Atrévete si eres hombre” ¡Ni para el título se han preocupado del Marketing! ¡Eso es ir al grano!

Dejando a un lado uno y otros, y recomendando la lectura de uno y otros para que el lector constate por sí mismo “de qué va el paño”, me gustaría llamarle la atención sobre la crítica y denuncia del articulista. Lo más grave es que denuncia las exageraciones, pero no reconoce ni una sola de las múltiples verdades de las que el libro abunda. Es más fácil descalificarlo, y, por otra parte, está socialmente bien visto… porque, repito, el que hable mal de las mujeres hoy día, aunque lo haga con razón, será inmediatamente tachado de machista por la sociedad y condenado a un ostracismo bastante acusado, cuando no despreciado e insultado. Así están las cosas.

Pero sin entrar en quien habla mal o no, lo más fácil es callarse… y lo estúpido, lo absurdo e inconsecuente, lo que no cabe en cabeza (racional) humana, es ponerse del lado contrario -en un claro ejemplo de Síndrome de Estocolmo, que es lo que el señor del artículo demuestra-, sin tan siquiera pararse a pensar sobre las verdades que se han leído u oído ni, menos aún, manifestarse sobre ellas. El colmo es cuando se cuestiona la “ayuda” ridícula que el Ministerio concede a la Asociación: sin pararse a pensar en las desorbitantes cantidades que perciben por el mismo concepto y del mismo Ministerio las más de trescientas sociedades feministas o de la mujer que hay sólo en Madrid.

Todo ello por no hablar de la pléyade de ellas que hay en España (a título de ejemplo, la Federación de Mujeres Separadas recibío), según el B.O.E., setenta y tres millones de pesetas, y hasta asociaciones de abogadas feministas reciben millones de pesetas de nuestros impuestos para defensa legal de mujeres en proceso de separación o separadas). Hasta el punto que la cantidad asignada a la asociación de Padres parece que baste apenas para acallar la conciencia de quien las concede a manos llenas a éstas otras asociaciones. De esto, el articulista no dice nada. Equidad, Igualdad y Democracia… solo de palabra.

Sí: muchos varones han “comprado” (o asimilado, como prefiera) “tesis” del hembrismo, a fuerza de puro Síndrome de Estocolmo. Pero no en vano la acción de tantas asociaciones feministas (muchas de ellas netamente hembristas aunque, naturalmente, no se declaren así), también tiene su impacto proselitista y su efecto lava-cerebros.

Un nuevo ejemplo: un catedrático de una Universidad española habla acerca del tema, resumiéndose su mensaje en tres puntos:

1 ) La mayor parte de sus alumnas son mujeres, y en general, el 60% de los estudiantes universitarios de hoy lo son: un punto bueno para las mujeres, que son más inteligentes que los mozos, los cuales se apegan al primer trabajo que encuentran y abandonan los estudios. Por lo demás, las mujeres son mejores estudiantes y más creativas.

2) Es bueno forzar el protagonismo de las mujeres en la sociedad. Por ejemplo, él mismo, que tiene mayoría de alumnas, se ha acostumbrado a dirigirse a su alumnado diciendo “vosotras…” etc. Algunos alumnos (varones), se le han quejado, y él les ha respondido que se acostumbren, cosa que hacen al cabo del tiempo, y hasta les parece gracioso.

3) Nuestro país sería mejor si las mujeres tuvieran más intervención en la vida pública, así como en puestos de alto nivel político, y no sólo como relleno “electoralista” de las listas de uno u otro partido. Es lo que pasa en Noruega, a cuya primera ministra él conoció hace años, cuando era ministra (de no recuerdo qué ministerio), y le pareció una persona extraordinaria. Es la forma de que la sociedad sea más creativa y justa.

Tras este discurso tan aparentemente equilibrado, subyace una dosis considerable de hembrismo; leamos entre líneas:

“Glamuriza” (glorifica e idealiza podrían ser términos más propios de nuestra lengua) a las mujeres, lo que le permite ganarse a la mayoría femenina de su audiencia, a la que “conquista” definitivamente cuando, además, deja en ridículo a los hombres, de los que dice prefieren un trabajo a adquirir una formación más completa. Olvida este funcionario que, salvo los que son funcionarios como él mismo (y no todos los españoles podemos serlo), los demás no tienen ninguna garantía de jubilarse trabajando, y sí de pasarse años en paro o en subempleo.

Por tanto, los jóvenes están poseídos del desánimo, dado que no ven expectativas que les confieran esperanzas, y, cosa normal, se aferran a lo primero que alcanzan. ¿Que por qué las chicas continúan estudiando? Porque no tienen la presión para alcanzar un empleo que tienen los varones; porque, de no alcanzarlo, nadie las consideraría socialmente fracasadas… en suma, culturalmente no están sometidas a la misma presión.

b) Sofisma tras sofisma, el catedrático que habla nos somete a un nuevo fiasco: forzar el protagonismo de la mujer en la sociedad como fórmula positiva es una contradictio ín termini22 como “sincera falacía”. Nada forzado es positivo, por el mero hecho de ser forzado o impuesto. La beligerancia que propone este individuo es, de todas formas, una beligerancia de formas, que nada aporta al fondo… como dirigirse en femenino a su audiencia, en la que también hay alumnos varones, aunque sólo sea por oponerse a la costumbre contraria de dirigirse a un público mixto en términos “masculinos”.

Nuevamente, el sofisma es burdo: Culturalmente, usamos el masculino para el genérico, por más que hoy no se aprecie esa facilidad, esa cualidad genuina del idioma, que lo prevé así (los nombres así empleados se denominan epicenos y tienen carta de naturaleza desde hace siglos en el idioma castellano). Hoy al dirigirse a un auditorio mixto, creemos cortés (en lugar de inútil), decir… ‘Vosotros… y vosotras…” lo que es una incómoda estupidez: semánticamente hablando.

Nuestro lenguaje está construido de tal forma que la generalización se expresa en masculino, por lo que “vosotros” incluye a ambos sexos en el contexto en que los hay: no es discriminatorio, ni machista: es así desde siempre, y obedece a un objetivo de practicidad. Por lo mismo que cuando se habla de, por ejemplo, la Epopeya del Hombre sobre la Tierra, se entiende que se incluye por igual a humanos de ambos sexos bajo el, (en este caso) genérico término, “hombre”.

El catedrático acaba diciendo que sus alumnos varones acaban encontrando divertido el hecho de que, contra toda convención lingüística, se dirija a un público mixto en femenino. Dado que es él quien les califica sabe Dios qué asignatura, encuentro difícil que pudieran mostrarse auténticamente ofendidos o protestar sin esperar mayor efecto en sus notas, sin temer una fuerte represalia, cuanto más que, a juzgar por el tono y el contenido de sus palabras, este señor es un pedante.

Su último comentario, en relación con la política, tiene mucho que glosar. Cierto que, en política, cada vez se da más importancia a la mujer, ofreciéndoles posiciones que, en ocasiones, ni son merecidas ni tampoco obedecen a una trayectoria política creíble: sólo por ser mujeres, lo que es claramente una actitud discriminatoria contra hombres que pueden merecer más estas posiciones de mero “maquillaje político” o “de relleno”, como el catedrático las llama.

Esta actitud es tanto más ofensiva cuanto que presume que estas medidas políticas, ciertamente electoralistas, convencen al gran contingente de mujeres de nuestro país de inclinar su voto a aquel partido que mejor las explote, que mejor las que use para sus fines… como si el colectivo de las mujeres se ganara sólo en virtud del sexo, y éstas carecieran de cualquier otra inclinación política que les recomendara otro voto distinto al de las apariencias.

d) Por último, y pasando por alto su ufano pero ingenuo alarde de conocer al Primer Ministro (perdonen: “Primera Ministra”) Noruega, apenas traído a cuento por los pelos, dice que una sociedad más femenina será más creativa. Es un auténtico dislate, como lo es decir que los hombres son más creativos o más inteligentes que las mujeres, Es como intentar contrarrestar un tópico usando otro aún más burdo.

Este hombre es, sin duda, un hembrista. En efecto, tanta presión social, publicitaria, política y hasta académica no sólo fomenta el hembrismo entre las mujeres, sino que, en no pocas ocasiones, lo fomenta entre los hombres, convertidos ya en “mujerucos”.

El hombre hembrista o “mujeruco”.

Por otra parte, vamos a intentar definir al hembrista:

Suele tener un afán desmedido por destacar, por ser original.

Es un Narciso, y a menudo, un pedante.

Es por esta razón, por la necesidad de destacar, que adopta manifiestamente posiciones hembristas, incluso más radicales y con más intensidad que las mismas hembristas (es “más papista que el Papa”, como reza el refrán popular).

Adoptaría posiciones, similarmente exorbitadas y a menudo contradictorias, en casi todo; un ejemplo no siempre exagerado: sería radicalmente ecologista, hasta el punto de fusilar a los que queman un bosque, si no fuera porque está tan “a favor de la vida” que prefieren que los terroristas asesinen antes de que sea la policía la que mate a los terroristas; no obstante, es proabortista porque sabe dónde empieza la vida de la que tan a favor está, y hasta qué momento el feto aún no es persona; además, en caso de duda, prevalece el derecho de la mujer sobre su cuerpo… aunque no se suele identificar con las víctimas del terrorismo, sobre todo si visten de caqui y tricornio.

Por último, se pondrán siempre del lado de la mujer, tenga o no razón, por el hecho de ser mujer, y siempre en contra del varón al que esta se enfrente… al lector todo esto le puede parecer un cúmulo de contradicciones imposibles. De acuerdo con que son contradicciones, pero le aseguro que estoy describiendo personas de carne y hueso: no son imposibles.

Suelen comer del pesebre donde les colocan y aprovechan cualquier situación de privilegio para defender sus tesis e “ideas”, prevaleciéndose de la superioridad de su empleo, oficio o situación.

Suelen ser gregarios, adherirse a un clan, pero sólo de tal índole que se dedique a aplaudir su palabrería al uso de la última moda, corriente o ideología en boga. Necesitan sentirse el centro de la atención, a costa de decir y hacer cuantas tonterías hagan falta. Por la misma razón, para quienes conviven con ellos y a sus espaldas (dado que suelen ser vengativos), se convierten normalmente en objeto de burla.

Por lo general, no es un ignorante, pero sí es polemista y contradictorio. Le encanta, no discutir, sino tener razón. Su narcisismo patológico se manifiesta con ello una vez más. Suele creerse por encima del bien y del mal, y más inteligente que la media, dando con frecuencia lecciones de todo tipo, moral, culto y político… es un tanto insolente y suele hablar ex- cátedra (incluso si no es catedrático).

Suele pertenecer a clase acomodada. Sólo quienes no tienen problemas acuciantes (carencias de las de la base de la pirámide de necesidades que describí en un capítulo anterior) pueden opinar tan desahogadamente de cosas que no sufren. Suele ser soltero o separado.

Por último, son, paradójicamente, machistas, y un no poco Don Juanes, con todo lo que de inmadurez y de hipocresía conlleva el asunto.
Como se ve, en el hembrismo también son muy distintos hombres y mujeres, como lo son por razones físicas y psicológicas… y a mucha honra para ambos, ¡qué demonios!

¿EN QUÉ SE PARECE EL HEMBRISMO AL FEMINISMO?

En nada, como tampoco se parece el discurso de este texto al machismo, aunque habrá quien me acuse de ello (recuerde que la acusación indiscriminada es una de las características más recurrentes del hembrismo).

El feminismo auténtico se esfuerza por comprender a los hombres tanto como a las mujeres.

Trata de situar a ambos en un plano de igualdad, si no física o psíquica, sí de oportunidades, de bienestar… no busca perpetuar sus privilegios, no juegan al ventajismo.

Piden los mismos derechos que los hombres con la misma boca con que reclaman sus mismas obligaciones.

Critican tanto las carencias del varón como las suyas propias.

Emula sólo aquellos aspectos positivos del hombre, y evita imitar los negativos. Escucha y razona (lo contrario no es feminismo).

Es tan dinámico como tolerante (más que militante y espectacular).

No se complace en fingir que las mujeres son víctimas de este mundo en tanto que los hombres son los triunfadores, sino que valoran la lucha que unos y otros libramos en distintos frentes.

Renuncian a ser parásitos (por ejemplo, no van asumiendo y enseñando que las mujeres que reclaman una pensión alimenticia tienen derecho a ella en tanto que los hombres que la piden son buscadores de oro).

El feminismo renuncia a que se valore a una mujer sólo por su sexappeal, y con la misma minuciosidad, evita el cliché del hombre rico, guapo, alto y de hombros anchos al que se le escucha por lo que aparenta o lo que tiene.

Tampoco cree ya que los hombres son tan estúpidos como para querer sólo a mujeres que no tengan éxito.

También sabe valorar ese éxito de una manera distinta, no necesariamente como la obtención de una fortuna y una fama.

No pretende tener siempre la última palabra: razona y es tolerante, lo que le permite librarse de multitud de clichés, algunos de corte hembrista.

Trabaja duro y con coherencia y sensibilidad.

Mira más allá de sí mismo, y lucha por aprender, sin empecinarse en enseñar.

Yerra como todo ser humano, pero es capaz de reconocer sus yerros…

Compare todo lo dicho con lo que decíamos del hembrismo. Si encuentra el más mínimo punto de contacto, yo soy Gardel.

CAPÍTULO IV

LA VIDA DE ANSELMO.

No sé dónde la he oído, pero lea esta frase: “un cínico es un idealista al que le han pisado sus gafas de color de rosa… y ahora ve más claro”. En fin, es una frase que, de no ser verdad, resultaría hasta graciosa.

¿Quién es Anselmo? Anselmo es el resultado de reunir varias vivencias de distintas personas en un personaje ideal (ya que no idealizado, por lo dramático de su experiencia). Es un ser imaginario en el que se acumulan un buen número de amargas experiencias sufridas a mano de varias mujeres, y que, como depositario de las mismas, ha desarrollado un resentimiento no menos insano que justificado, y una amargura rayana en la misoginia.

Pero, sobre todo, es un parangón actual de la víctima que, antaño, fue la mujer maltratada por el hombre, o ignorada, o condenada al ostracismo. Y es que la situación se ha vuelto del revés, con el peligro que las reacciones a las injusticias suelen conllevar. Porque las reacciones no tienden a devolver las cosas a un equilibrio deseable, sino a reprimir con fuerza, cuando no con violencia, aquello ante lo que reaccionan.

En el fondo, la mitad de las conductas del ser humano son activas, y la otra mitad reactivas. Es decir, la mitad de las veces (digamos) tomamos la iniciativa y hacemos algo que hemos planeado o, al menos, improvisado desde estímulos exteriores pasivos, es decir, no agresivos: por ejemplo, un paisaje me inspira y me pongo a pintar. La otra mitad son las conductas auténticamente peligrosas, las que llamo reactivas: en ellas, una persona se ve acometida por un estímulo, con frecuencia agresivo e incluso violento, ante el cual reacciona, siendo esta reacción, por lo general, desproporcionada a la agresividad o violencia del estímulo.

Estas son las conductas peligrosas: por ejemplo, la reacción ante una ironía emitida contra nosotros producirá una ironía por nuestra parte, tal vez, algo más subida de tono, según la intensidad con que percibimos el estímulo y nuestra sensibilidad, la habitual y la del momento (ambas).

Anselmo ha sido tan frecuente y violentamente agredido por parte de varias mujeres que han pasado por su vida que, en él, la conducta reactiva “se ha quedado residente”, es decir, se ha incorporado como norma de conducta en cuanto se refiere a las mujeres, y tiende a ponerse en guardia sin esperar ya a que se produzca la agresión. Sin llegar a serio en el caso imaginario que describo, tal conducta está cerca de ser patológica, como lo son las acciones que la motivaron.

En serio. Si usted acerca por primera vez un dedo a una llama y se quema, es probable que no lo haga por segunda vez. Pero, por si las dudas, lo vuelve hacer, y se vuelve a quemar. Seguramente no volverá a intentarlo. Como es usted un opositor a Santo, decide que su capacidad de sufrimiento le permitirá darle una tercera oportunidad a la llama, y vuelve a quemarse el dedo. A la cuarta, la santidad no justifica el intento, de modo que, de llevarlo a cabo, no le queda más justificación que el ser idiota, y ésta con dificultad. Porque usted sabe que si, estadísticamente, todas las veces que acercó su dedo a la llama usted se quemó, esperará estadísticamente a quemarse cuando lo vuelva a hacer: así funciona el aprendizaje humano.

Supongamos que Anselmo se echó una novia que resultó ser paranoica y ninfómana, y que abandonó tras dos años intentando desesperadamente hacerla cambiar. Que después dio con otra novia avarienta, cuyo único objetivo era sacarle el buen partido que el muchacho representaba (bien asesorada por una madre aldeana con mentalidad aldeana). Aún tuvo la suerte de librarse de ésta antes del que parecía irremediable matrimonio.

La siguiente le abandonó al encontrar, de la noche a la mañana, un novio que a ella le pareció mejor (éste era ingeniero, en tanto que Anselmo era filólogo de lenguas clásicas, dominando tres lenguas muertas), y que finalmente se casó para tener planteada amenaza de separación diez meses después del nacimiento del primer hijo, con cuyo “rehenazgo” la mujer se hizo fuerte… ¡qué pena, justo después de haber obtenido el pobre Anselmo la plaza en propiedad!.

Normalmente, Anselmo tendrá una conducta reactiva hacia las mujeres, aun antes de esperar a que ellas la provoquen explícitamente: aun antes de que se produzca, Anselmo esperará de parte de ellas una “agresión”.

¿Qué sucede en un mundo en que se ha acostumbrado a las mujeres a odiar al hombre, genéricamente, y a casarse únicamente para declarar a su marido el enemigo a derrotar, para “sacarle” todo lo que puedan? No digo que ésta sea la situación (aunque desdichadamente pienso que estamos llegando a ella). Pero asumamos que hay hombres, digamos que los menos, que han tenido el infortunio de vivir una coincidencia del calibre de la descrita.

Y supongamos por un momento que, en los próximos cinco años, estas conductas van a ser más frecuentes cada vez, y que cada vez más hombres van a padecer este tipo de conductas, y por lo tanto, van a tener intrínsecamente una conducta reactiva preventiva permanente, tal y como he descrito.

Lo que sucedería es previsible, Existirá una nueva categoría de hombres, con un espíritu llamado a evitar por todos los medios vincularse afectivamente con mujeres. Es decir, hombres llamados a ser grandes solitarios, y a resistirse a considerar a una mujer objeto posible de algo más allá del sexo, Tal vez este suene a “estaremos como estábamos”, pero desgraciadamente es aun peor que eso: estamos mucho peor, porque antes una postura similar (ya entonces muy minoritaria), podía ser una conducta “a la moda” o un producto de una educación afectiva (ya no sexual, que siempre culpamos a lo mismo) deficitaria, Ahora es una postura racional y razonada… tanto más peligrosa cuanto más consecuente nos parece. En esto, Anselmo es un precursor.

Como soltero (de haber aprendido bien la lección), Anselmo hubiera renunciado a su romanticismo, aquel que le aseguraba con ciega fe que en algún lugar encontraría a la mujer perfecta de sus sueños, y se hubiera hecho a una vida de soltería, con relaciones más o menos sexuales, más o menos esporádicas, pero siempre deliberadamente perecederas. Como casado, atrapado por una hembrista cum laude, Anselmo se amarga no sólo en la parcela afectiva de su matrimonio, sino que, como hombre acorralado y sin salida, se vuelve cínico y amargado. Dije alguna vez que, si es justo decir que detrás de un gran hombre hay una gran mujer, es válido también decir que detrás de un hombre amargado hay una perfecta hija de perra.

Un inciso. Seguro que al haber leído la frase anterior el lector habrá casi saltado de su asiento: “¡qué exageración, qué altisonante cuando se emite esa dura expresión refiriéndola a una mujer!”. La he empleado deliberadamente. Ruego al lector un esfuerzo de racionalidad: ¿por qué le parece exagerada o altisonante dirigida a una mujer y no a un hombre? ¿se está dejando llevar por la moda de tratar con algodones a las mujeres y despellejar sin piedad a los hombres? ¿no buscan ellas igualdad? Pues seamos iguales para todo… y reflexione, por favor, si no hay motivos para emplear aquí esa expresión u otras que, más o menos groseras, se aplicarían sin empacho a los hombres que las merecen.

Anselmo ya no lucha. Fuera, en su trabajo, está ausente, y ha perdido la motivación de afanarse y prosperar, y menos cuando su previsible futuro es que el 60% de su esfuerzo se transforme en una pensión para su mujer (en realidad para el rehén, su hijo, pero cobrada y administrada por ella; y en un caso más extremo, una para el rehén y otra para la secuestradora).

Educar a su hijo es tragicómico si espera en breve un auténtico rapto, con lavado de cerebro incluido por parte de la madre, que enseñará al niño a odiar a su padre, a quién culpará de la nueva situación de separación que todos, (todos), padecen. ¿Qué inversiones desearía poner en marcha para la prosperidad familiar (un nuevo piso, una plaza de garaje… ), si, seguramente, el fallo de la sentencia concederá todo esto a la “madre”, y a él las hipotecas? Anselmo sonríe amargamente cuando piensa que la palabra “madre”, antes tan llena de evocación, tan emotiva, tan humana, queda hoy desvirtuada en su sentido mas original y rico, y, para él, ahora se vuelve sinónimo de “mujer profesional de la extorsión que ha dedicado cada minuto de su existencia a amargar la vida de Anselmo, la de su hijo y, pese a ella misma, la suya propia”.

Anselmo tiene otros miedos, derivados de su situación y su experiencia. Ya conoce el efecto de sus conductas reactivas permanentemente implantadas, pero… ¿y si llueve sobre mojado? ¿y si, además de su predisposición a esperar un mal trato, una mala cara (el “morro”), se encuentra que su santa mujer, ayudada por la insensata y maliciosa complicidad de terceros (una amiga, hembrista, solterona pero muy conocedora, una madre revanchista… ), no se conforma con el despojo habitual? ¿y si le preparan encerronas, falsas denuncias de malos tratos, para perjudicarle aún más? ¿y si no se conforman con ¡a separación, y aspiran a una cruel e injusta venganza, a despojarle de bienes y afectos, a privarle de todo, a ponerle “de patitas en la calle”…? ¿Pueden?.

La respuesta a esta pregunta, con la experiencia de mil casos conocidos y otros que se llevan en silencio es que sí, pueden. La credibilidad de una mujer, por más que el testimonio prestado sea burdamente falso y los testigos también, sólo comienza a cuestionarse en los tres últimos años a nivel legal, después de lustros de habérsela otorgado incondicional e incuestionablemente. Pero aún faltan años para que el hombre consiga igualdad con la mujer en este aspecto y que ante los tribunales llegue a gozar de la misma credibilidad y presunción de inocencia.

¿Cuál sería la reacción de Anselmo de llegar a esos extremos? Ya está bastante cansadito de fingir que hay paz donde la lucha es sin cuartel, y buena educación donde los sarcasmos y groserías se suceden por minutos, sobre todo con la tranquilidad de que dispone su mujer. ¿Será capaz de mantener la mente fría para no llegar a la descalificación, el insulto y, peor aún a la violencia física? Porque su mujer tiene a su entera disposición cientos de asociaciones, incluyendo las de mujeres maltratadas, a las que dirigirse y quejarse, donde denunciar y recibir ayudas de diverso tipo.

Pero; ¿adónde va un señor a denunciar que su mujer le tiene a régimen de morro y silencio, que no responde cuando uno le habla, que sale sin decir a dónde va, y que no saluda al volver a entrar, (eso sí, siempre disponiendo del niño, como si fuera su propiedad exclusiva … )? Dado que aun no existe la 11 asociación de maridos de hembristas” ni la “asociación para defensa de malos tratos psicológicos a padres de familia”, Anselmo se amarga un poco más cada día.

Además, su mujer le toma ya el pelo descaradamente, con lo que su autoestima se derrumba ante la impotencia a que se ve reducido por la “amenaza” legal. Cuando se plantea la separación, su mujer se niega tajantemente a llegar a un acuerdo amistoso. Repetidamente le acosa anunciando que no piensa “regalar nada”, ni “renunciar absolutamente a nada”. Promete, descaradamente, una fiera y encarnizada lucha.

Tiene y ha tenido tiempo para prepararla, ya que no trabaja fuera de casa (a veces ni dentro), y tiene todo el tiempo del mundo para asesorarse y pensar, en tanto Anselmo no puede perder tiempo con tonterías si quiere mantenerse adecuadamente en su trabajo, incluso ahora que tiene la plaza en propiedad. Y afortunado de él, que la tiene… otros por no contar con seguridad, ni con esa cuentan.

Su mujer entra en los más rancios clichés sobre las mujeres que es posible evocar, por más que se rodee de un hálito de “modernidad” y 1iberación”… si hasta le “sisa” el dinero (aquella costumbre tan “marujona” de la que se hablaba hace treinta años)… y eso que Anselmo nunca ha puesto la más mínima cortapisa a sus gastos. Se diría que es su forma de “realizarse”…

¿Amigos? No le quedan a Anselmo. Los que tiene, son comunes a ambos, normalmente matrimonios, a los que ella tiene bien aleccionados para que resulte ser ella la “sufridora”, la digna de comprensión y lástima. Lo cierto es que tiene, en presencia de terceros, cara de buena chica, una imagen muy buena, ojitos tiernos, y ese hilito de voz abrumada y temblorosa, desamparada, que explota a modo. Cara a los amigos comunes, el “malo” es Anselmo, que se calla (creyendo disimular cuando los amigos ya están al corriente de todo, pero a duras penas consiguiendo ocultar su amargura: es, de largo, mucho peor actor que su mujer).

Un precioso disfraz de buena persona acompaña a su mujer cuando está con los demás, especialmente si son sus padres o hermanos, momentos en los que juega a esposa solícita y que cuida de su marido, atenta esposa y madre. La hipocresía que es capaz de desarrollar acaba de crispar a Anselmo, que aun viéndola y conociéndola, le cuesta creérsela.

Ante los amigos, Anselmo trata de mantener una conducta lo más normal posible. Es inútil: tal y como le miran, se da cuenta de que su mujer se le ha anticipado ya, y ha “cantado de plano”, dejándole como a un trapo mojado. A ella no le importa jugarse su propia credibilidad, porque le basta poner,’carita” de desgraciada y ojitos tristes, derramando de paso algunas lágrimas de cocodrilo a los sones de hipos bien acompasados. Tal vez no la crean del todo, pero, como dice el refrán…”calumnia, que algo queda”. Sin pensar en el bombardeo que ello representa para sus propias oportunidades, y las de los hijos, que ella misma está literalmente dinamitando.

La solución, como el lector puede concluir, no existe como tal. Es posible esperar que una tragedia de mayores o menores dimensiones que proceda desde fuera haga que la atención se desvíe de esta lucha y se centre en el nuevo problema; que la mujer olvide el rencor y vuelva a necesitar a su marido para que le saque las castañas del fuego; o que comprenda que no hace falta que se busque enemigos, ya que estos suelen salir espontáneamente al paso.

Pero aún así… ¿cuánto habrá de tregua y cuánto de auténtica resolución de cambiar? ¿Hasta qué punto podrá volver a confiar en ella, ahora que le vuelve a necesitar y se muestra nuevamente agradable y cariñosa? ¿Hasta qué punto no es todo una farsa, que durará sólo hasta que consiga poner nuevamente a Anselmo en la posición de desventaja en la que ella se complace en tenerle atormentado?

Las situaciones reactivas tienen el problema de que es difícil superar los miedos y temores una vez han sido implantados profunda y permanentemente. Cualquier conducta se vuelve sospechosa, y la confianza se erosiona de tal modo que todo restablecimiento de la misma no pasa de una simple apariencia que convendrá o no mantener.

Pero es que, además, la violencia puede volver recrudecida y la angustia duplicada. La paciencia se agota. Y en este contexto, los hijos deben continuar recibiendo una buena educación, que se insiste contumaz y lastimosamente en confundir con matricularles en un colegio caro (de esos bilingües o trilingües), porque, al fin y al cabo, ¿qué otra cosa se puede hacer?

Anselmo se ha convertido en un idealista al que le han pisado sus gafas. Ya no ve la vida de color de rosa, como la veía cuando miraba a través de ellas, sino un panorama mucho más claro y desolador. Tiene muchos frentes que cubrir, frentes hostiles. Fuera, la “carrera de ratas” en el trabajo, donde es el pisar o el ser pisoteado, el matar o morir, o, al menos, el luchar sin cuartel frente a la maraña de tantos trepas y desgraciados que no saben dar dos pasos sin poner una zancadilla.

La calle es otro ambiente hostil. Ahí están las deudas, las responsabilidades financieras, los recibos de la luz que le cargan en cuenta, a veces erróneamente, los cargos de las tarjetas de su mujer, que no se corta a la hora de usarlas… los bancos, las tiendas donde no siempre le tratan a su gusto, los conductores de otros coches que maniobran temerariamente y van gritando a los demás conductores a diestro y siniestro… y en casa, permanentemente, para no tener ya ni un sólo minuto de paz en la vida, la sórdida hostilidad de ese dechado de “ternura” y “comprensión” que es la propia mujer… ¡pobre Anselmo! ¡Tal vez se pegaría un tiro si con ello no esperara otra cosa que el aplauso de su mujer y la indefensión total de sus hijos!

Anselmo tiene poco o ningún remedio. El arrepentimiento de su mujer cuando transcurran veinte años tendrá para él tan poco valor como el partido de fútbol tan bonito que jugó Alemania hace veinte años contra Namibia. Para él todo será tierra quemada, un desierto calcinado y baldío para ambos.

¿Pero qué sucede con la próxima generación? No podemos pretender que estén ciegos a lo mismo que estamos cada día exhibiendo delante de ellos, sin ningún tipo de paliativo, sino a plena luz y evidencia. Tal vez la siguiente generación crezca ya desengañada de firmar contratos por escrito que les hipotequen bienes y alma.

Tal vez los jóvenes comiencen a ver de otra forma a las jóvenes, y tengan menos ganas de perder el tiempo “cortejándolas” y complaciéndolas. Tal vez muchas mujeres crezcan y envejezcan sin haber conseguido una relación estable (la estabilidad, la seguridad… eso que ellas valoran tanto), porque nadie se ha jugado el pellejo para proporcionársela, ¿No tendremos una generación misógina?.

Tendremos una generación que enfriará racionalmente sus afectos para evitar verse agredida, que evitará su involucración emocional con otras personas, que desconfiará de quien le diga “te quiero”, porque les sonará a “engañabobos”. De sus padres aprenderán la lección, la que Anselmo y su mujer están a diario enseñando al pequeño hijo de ambos.

Hay ya muchos Anselmos. Los más destituidos son los que más han cedido a dar su situación a conocer. Otros la sufren en silencio, amparados en los pocos pero suficientes recursos que les quedan. Pero en el futuro habrá más, cada vez más número y cada vez más heridos y humillados. Sólo cabe desear, que no se desate una moral revanchista y de venganza. Porque entonces, la lucha de sexos, de la que tanto se ha hablado insensatamente, dará comienzo, y en la batalla, lo menos que cabe se pierda son los sentimientos, lo que en una sociedad que ya no anda demasiado sobrada de valores puede ser decididamente demoledor. Espero que ni el lector, ni Anselmo ni yo mismo llegamos a presenciar un escenario así.

CAPÍTULO V

LA INEVITABLE CRISIS

Hay algo que está por encima de polémica, salvo para aquellos que no tienen otra cosa que hacer, que también “haylos”: por más que nos empeñemos en buscar igualdades entre sexos (al menos nominalmente), hay multitud de diferencias entre hombre y mujer, y eso es algo que nadie pone en duda, por lo que, consecuentemente, las igualdades subsiguientes que se quieran alcanzar están condicionadas por éstas diferencias fundamentales.

Algunas de estas diferencias, si se me permite la disgresión, no están tan claras como las físicas. Por ejemplo, las que afectan a la inteligencia. Se dice que los hombres, genéricamente, tienen más facilidad para la percepción espacial y abstracta, en tanto las mujeres les aventajan en habilidad verbal. Nada está claro en este campo: pero sabemos que la inteligencia, por más que habitualmente nos refiramos a ella como un ente único, es en realidad un cúmulo de Inteligencias” de distinto orden, naturaleza e incluso distinta ubicación cerebral, como opinan los neurólogos. Existe, por tanto, una inteligencia musical, otra verbal, otra vinculada a la memoria o memorias, otra abstracta o espacial, otra numérica… y un buen número de otras tantas cuya definición no está tan clara (¿dónde ubicar lo intuitivo, lo precognitivo, lo que la razón aún no ha logrado explicar pero que sabemos existe?).

En función de lo dicho, la inteligencia es una combinación de todas las mencionadas y no mencionadas en distinta proporción… las mediciones que hoy se hacen para averiguar el cociente intelectual miden mal las proporciones, ignoran la complejidad de las múltiples combinaciones y son, por ello mismo, demasiado simplistas para tener gran valor práctico.

¿A qué todo esto? A que es difícil atacar el tema de las diferencias entre varón y mujer desde el punto de vista de la inteligencia, como no sea con los chistes hembristas o machistas que tan de moda parecen estar ahora (ya saben, “¿Qué hay detrás de un gran hombre? “Una mujer sorprendida…” (y otros de este pelaje).

Pero hay emocionalmente diferencias claras. Recuerdo una estadística en la que se preguntaba a ambos sexos lo que más valoraban en la vida dentro de un contexto de matrimonio: las respuestas mayoritarias coincidían en ambos sexos: eran cariño, sexo, seguridad… sólo que el orden era distinto para cada uno de ellos. Para los hombres, el sexo ocupaba el número uno, en tanto que la seguridad era el número cuatro. Para las mujeres, el sexo ocupaba mayoritariamente el número cuatro, en tanto que la seguridad ocupaba el número uno.

Independientemente de las demás diferencias, físicas o intelectuales, que, además, existen, hay una clara divergencia de prioridades entre ambos sexos: nada más difícil que mantener a dos personas trabajando en la misma dirección cuando sus objetivos más prioritarios son tan substancial mente distintos, Esto es una lógica fuente de conflicto en todos los matrimonios, sobre todo cuando se busca escapar de los roles clásicos, a los que tanto se denosta.

Porque si el rol sexual de la mujer (nadie dice que el único, pero que, según las estadísticas, es tan valorado por el hombre) se denosta, criticando el cliché de la mujer objeto, desviando los cánones de belleza femenina desde una feminidad muy atractiva para el varón hacia un cierto comportamiento varonil, nada atractivo para un hombre… si ese rol sexual de la mujer se pierde, el hombre pierde una gran parte de lo que, estadísticamente, es su prioridad número uno.

Simultáneamente, si el rol clásico del hombre de aportar seguridad a la mujer, ser el que busca la vida, se responsabiliza, el que trabaja, el que saca adelante a la familia se pierde, (reconocerá el lector que una de las mayores cruzadas para las feministas en pro de una presunta igualdad es la incorporación de la mujer al mundo del trabajo en la parte que tradicionalmente pertenecía al hombre23), entonces también se pierde la virtualidad del hombre como el principal “aportante” de seguridad, dado que la seguridad de la mujer, por pura convención social de nuestros tiempos, procede de su independencia laboral y económica.

EL MATRIMONIO, UNA INSTITUCIóN CADUCA

En suma: el cambio de roles tal y como hoy día van evolucionando, contribuyen a que el matrimonio pierda el sentido emocional y la fuerza vinculante que tenía antes para los dos sexos: o por decirlo de otra manera, el matrimonio hoy día no es necesario para ninguno de los dos sexos, y puede que bastante contraproducente. Es, por tanto, un producto caducado.

En los últimos cien años el mundo ha cambiado mucho más de lo que lo ha hecho en los últimos veinte siglos, no sólo en su fisonomía sino también en la forma de vivir de cada cual: Cambia la tecnología, la economía, los hábitos, la forma de vida… y, sin embargo, lo que menos ha cambiado son las instituciones (como mucho algunas se han perfeccionado, pero es indudable que no han cambiado algunas tan básicas como la familia y el matrimonio, entendidas no como realidad, sino como institución)… siendo éstas las que representan la clave de nuestra convivencia básica, de nuestro modus vivendi… es decir, una de las instituciones más fundamentales en nuestra vida es, paradójicamente, la que hemos dejado envejecer y hacerse más obsoleta y, por tanto, absurda. Y lo peor es que no parecemos darnos cuenta de ello.

Esto implica la necesidad inmediata de cambiar la institución y el contrato matrimonial por una nueva institución diferente, que tenga en cuenta estos cambios de roles, los nuevos patrones sociales vigentes. Tal vez sea necesario un contrato temporal de asociación sexual y emocional, en el que los hijos serán de obligatorio mantenimiento privado en los tres primeros años de su vida, para pasar a ser de dominio público, “gestionados” por la seguridad social, desde ese momento y hasta su mayoría de edad. El futuro dirá qué de aberración y qué de realidad tiene esta desaforada fantasía futurista.

De momento, es una evidencia el desmoronamiento de la institución familiar, cuyo principal motor es el matrimonio. Y ello, claro está, porque es el mismo motor el que se desmorona. Tomando como referencia nuestro viejo continente, Europa, las estadísticas son contundentes:

Un 28% de las parejas menores de 30 años conviven sin casarse (el 10% en Grecia, frente al 70% en Dinamarca).

Un 10% de los hogares Europeos pertenecen a individuos que viven solos. Un 22% de los hogares daneses son de este tipo, así como un 14% de los hogares holandeses o alemanes y un 25% de los hogares ingleses.

5.6 millones de niños crecen sin el padre o la madre.

Hace 25 años se celebraban anualmente 2.300.000 matrimonios en Europa. Hace 4 años se celebraban tan sólo 1.800.000: un 22% menos.

España es hoy el país del mundo con menor índice de la natalidad: frente a los 2.5 hijos por hogar de 1960, los 2.2 de 1980 y los 1,2 de 1995. Muy por debajo de lo necesario para asegurar un relevo generacional.

Inglaterra es el país que ostenta el récord de divorcios: la consecuencia es que la tercera parte de los niños de las islas son hijos de relaciones rotas. En 1994 hubo un divorcio por cada dos matrimonios. Un 34% de los hijos nacidos en 1995 lo son de madres solteras.

En Europa, un 22% de las mujeres de edades comprendidas entre los 27 y los 32 años nunca tendrá hijos.

Entretanto, la operación aritmética ya está casi acabada. Sumando la falta de vigencia de la institución matrimonial a los factores que ya comentábamos en los capítulos anteriores, la conclusión es clara: todo matrimonio, dado que se basa en estas premisas, tarde o temprano se ve ineludiblemente abocado a una crisis cuyas consecuencias pueden ser diversas, y cuyo alcance muy diferente, pero siempre a un irremediable agotamiento o conclusión espiritual, física o legal.

LAS CARAS DE LA VIOLENCIA

El hombre (para los puristas y polemistas, aclararé que con la palabra hombre me refiero al ser humano en su globalidad, al menos aquí) por inercia tiende a la pasividad: el reposo es la situación ideal, en tanto no haya estímulos que le muevan. Los estímulos nos rodean permanentemente, de tal modo que cuando queremos paz, la forma de obtenerla es huyendo de los entornos que contengan estímulos de cualquier tipo, particularmente negativos. De entre ellos, los que más violentamente le mueven son, por definición, los violentos, que provocan conductas reactivas, es decir, conductas cuyo único fin es oponerse a un estímulo, contrarrestarlo… son las de este tipo las que producen las agresiones dentro del matrimonio.
Lo convencional es hablar de cómo el hombre perpetra las agresiones, siendo la violencia física el tópico, aunque a veces se cumpla, más frecuente, recurrente, dado que es el que convierte en mártires a las mujeres. No digo que pegar a nadie está bien, ni siquiera aunque esté en la naturaleza de personas específicas. Pero sí digo que esta forma de violencia hace más mártires de “boquilla” que auténticas víctimas. Y como esto es lo convencional, lo que tratan cientos de textos de corte feminista (incluyendo folletos de asociaciones), voy a tratar el punto de vista alternativo: la violencia femenina (juzgue el lector cuánto de hembrista, más que de femenina).

  1. El silencio

¿Cómo puede una persona convivir tanto tiempo en el más absoluto mutismo? Lleva más de una semana sin hablarle, y, aunque al principio usted lo ha agradecido sinceramente, lo cierto es que ya empieza a ponerse nervioso, sobre todo porque continúa sin saber por qué tanto silencio. Además, comienza a hartarse de la cara de víctima que se ve obligado a ver cada vez que se la cruza en el pasillo, y hasta de los suspiros que exhala cuando le sirve la sopa.

Si le habla, no le responderá, sino que adoptará ese aire miserable que tanto le molesta a usted, tanto más cuanto que su mujer dispone de todas las comodidades que usted se puede permitir en cuanto a accesorios y equipamiento del hogar, ropa, coche y todo aquello que su dinero puede comprar; además de su cariño, aunque a la vista del panorama usted se pregunte cómo es posible que alguna vez hubiera algo en aquella persona que pudiera inspirar cariño. Y si le responde, probablemente le dirá que usted ya sabe lo que le pasa… si es usted inexperto, la respuesta logrará tenerle pensado en qué pueda ser durante toda la tarde, para acabar acostándose por la noche completamente desorientado y frustrado mientras ella ronca, vuelta de espaldas, sonoramente.

  1. Los “morros”

Es una manifestación similar a la del apartado anterior, salvo que esta vez la cara no es de víctima, sino de matrona ofendida, incluyendo el rictus de soberbia asociado. Esta vez, si usted le habla, no le responderá, pero no como quién no tiene fuerzas para ello, como aparentaría en el caso anterior, sino con igual soberbia como la que enmascara, es decir, como si usted no existiera apenas, como si no tuviera derecho a que le respondan. Le ignorará ostensiblemente (otra contradicción en los términos). Tal vez una de cada diez veces consiga que le responda, pero lo hará con el mismo cariño con que Rambo despacha a un escuadrón de fanáticos enemigos.

Aquí, como en el caso anterior, el problema es de ingenuidad y de paciencia. De ingenuidad porque usted normalmente se preocupará, y se arrastrará toda la tarde detrás de ella preguntándole qué le pasa, y sin recibir contestación; preguntándoselo usted mismo, y sin recibirla tampoco; y proponiendo posibles explicaciones sin que nada sirva para vencer el laconismo de su tierna compañera, la que tan bien le comprende y tanto le ama. De paciencia porque usted puede haber optado por la misma táctica, respondiendo morro con morro y laconismo con laconismo.

Pero aquí, créame, usted también tiene las de perder… por que en un altísimo porcentaje de casos, usted tendrá menos paciencia que ella, y acabará perdiendo los estribos. Y si, perdiéndolos, usted recurre a la violencia física (única “habilidad” en la que usted es mejor que ella), entonces sí que está perdido. Se sentirá culpable cada vez que su mujer rememore sola o con extraños, el episodio, y ella lo utilizará contra usted cada vez que quiera interpretar el papel de mujer maltratada (habitualmente en caso de un proceso legal de separación).

  1. La coz “cantante”

Uno de los talentos más brillantes del género femenino, por todos los testimonios de que dispongo, es la impresionante “puntería” de que hacen gala cuando eligen “dar una coz”. No es que critiquen cualquier cosa, sino aquello, grande o pequeño, que más puede molestar a su marido (en este sentido, al menos, sí que nos conocen, y muy bien). Y no sólo tienen habilidad para criticar aquello que más duele a sus maridos e incluso novios, sino que perfeccionan su destreza haciéndolo con las palabras y gestos que más saben que pueden molestarles. Si estamos en el seno de “su familia”, no se limitarán a decirnos en privado que hemos cometido la indiscreción de meternos del dedo en la nariz: probablemente optarán por decir, justo en el momento en que todos se están sentando a la mesa para el almuerzo algo como lávate las manos antes de comer, que has estado sacándote mocos con el dedo toda la mañana…”

Este arma, convencional en cuanto al largo alcance de sus efectos, es auténticamente destructiva de por sí, porque fastidia intensamente, por certera (lo cierto es que usted se ha hurgado la nariz dos veces, aunque… atrévase a decir en la mesa que sólo han sido dos y que su suegro lo ha hecho seis, y su propia mujer cuatro … ) Pero su auténtica efectividad se produce cuando usted pierde los estribos… es decir, cuando le responde: “a ver si es que tú no te metes el dedo en la nariz nunca, desgraciada…” Y en ese momento, usted ya está perdido.

Porque su mujer, que adopta cara de inocente, hace ver a los contertulios que usted la maltrata con su ira, y aprovecha para mencionar que no hay por qué ponerse así ante un comentario tan inocente, que, por lo demás, se ha pronunciado ante personas de toda confianza (para ella, claro está). ¿Solución? La habrá cuando, existiendo auténtica igualdad entre sexos, usted pueda mencionar con el mismo efecto ante la audiencia algo así como “¡Pues tú no dejes de lavarte también antes de servir la sopa, que acabas de cambiarte de compresa … !” Eso será en el futuro, posiblemente: lo que es hoy por hoy, hay que darse por perdido.

  1. Los cotilleos a las amigas (ya te contaré)

“¿El viaje? La verdad es que mejor sería que nos hubiéramos quedado en casa… ya te contaré…”, dice su esposa, al teléfono, a sabiendas de que usted la escucha. Usted, que sabe que está hablando con su vecina Lucía, con la que su mujer no habrá hablado más de tres veces en toda su vida, según usted calcula. ¿Y el tono de ironía con que lo ha dicho? ¿No se atreverá a contarle a una casi desconocida la discusión que tuvieron durante el viaje a Cuenca que hicieron el fin de semana? Bastante se lo amargó para que encima lo vaya contando a todo el mundo. Y, claro está, según su propia versión, e incluyendo unas pocas mentiras o medias verdades, porque no se atrevería a decir la verdad sobre cómo lo ha estado provocando todo el tiempo, con esa multitud de armas “convencionales” que tan bien usa su mujer.

Pero la verdad es que sí se atreverá. Contará todo tipo de atrocidades: que usted le falta al debido respeto, que es un egoísta que sólo piensa en usted, que no “colabora” (palabra de moda en este contexto) para nada en casa (es decir, usted no ha estimado necesario fregar el inodoro por segunda vez esta semana, o algo así)… Tal vez sean tonterías sin importancia, e incluso evidencien la mentira o la exageración que conllevan; lo curioso es el efecto en cadena que esto tiene, porque sus amigas, a ciegas, le darán la razón (recuerde el extraordinario “corporativismo” femenino).

Probablemente ellas se lanzarán a un manifiesto similar respecto a sus propios maridos, a los que despellejarán igualmente sin piedad. Además una vez descargadas a gusto y de vuelta al “hogar”, las “amigas” expandirán en casa (ante los maridos que han criticado hace apenas una hora), lo más jugoso de lo que han escuchado, Cuando usted les vea la próxima vez puede que note que le miren de otra forma, y que no se sienta muy seguro de por qué: lo cierto es que saben de su vida privada mucho más de lo que usted cree. Adivine por qué.

Por cierto, que el caso puede ser más grave… tal vez sí que haya visto a la tal Lucía más de tres veces. Incluso puede que la tal Lucía, que sin saberlo usted ha metido sus pies, sus manos y sabe Dios qué más en su propia vida, en su propio hogar con la complicidad de su mujer, sea en realidad una de esas hembristas dedicadas al proselitismo desde la comodidad de su soltería o viudez (y del resentimiento asociado, desde luego). Y no olvide el lector que si el hembrismo es destructivo, el hembrismo proselitista es demoledor, y las hembristas de este género unas pobres desgraciadas que sólo viven para hacer desgraciados a las demás (y los demás).

  1. La acusación de opresión (¿lava usted los platos?)

No me diga que usted no “colabora” para nada en casa. Si es así, es probablemente el último en saberlo, ya que todo el barrio está al corriente, así como de que usted es un “moro”, un “machista”.

Dejando a un lado el sarcasmo de las exageraciones, uno de los reproches más frecuentes que usted oirá de su mujer, será el de machista, e incluso de opresor, ya que, en sus propias palabras “yo también tengo derecho a sentarme a leer el periódico, o a tumbarme en el sofá…” Como si usted le estuviera impidiendo el uso de este derecho.

Su mujer no quiere tumbarse o leer el periódico: lo que quiere es que usted se levante y friegue los cinco platos que han ensuciado en la cena (labor de esclava, que es como ella manifiesta continuamente sentirse, y que no puede aplazarse para mañana por la mañana, pese a que, al contrario que usted, su mujer tiene derecho a levantarse a las diez); tal vez quiera que usted pase el aspirador a las once de la noche (garantizo al lector que no exagero); seguramente lo que desea es que recoja usted los juguetes que el niño ha dejado por el suelo (además, si los ha dejado, es culpa suya que, como nunca está en casa, no “colabora” para educarlo como es debido).

En suma, usted es el opresor, el culpable “profesional” (es el rol que le han asignado, le guste o no), que tiene a su mujer trabajando como una chacha… y no se moleste en explicarle a su mujer que usted está trabajando como un esclavo, y que, al contrario que ella, es habitualmente maltratado en el mar de situaciones duras e implacables que conlleva el trabajo en la era moderna, repleta de competitividad, de tantos tiburones, entre los que se mueve, en los pasillos repletos de cáscaras de plátano, para que usted resbale, y por los que circula, y con los abusos de gentes que, jerárquicamente superiores, puede despedirle legalmente cuando quieran…

Ella no lo entenderá. O no lo querrá entender. Además, recuerde que, legalmente, su mujer y su jefe tienen algo en común, ya que no es él el único que puede despedirle cuando quiera… al contrario que usted, que en ninguno de los dos casos puede hacerlo. Eso mismo decía Esther Vilar, (denostada hace un par de décadas por todos los hembristas de la época, mayoritariamente mujeres, pero también hombres), que pese a la multitud de críticas recibidas, fue clarividente, pionera y certera en sus diagnósticos sociales, a los que el tiempo ahora ya le da y terminará dando plenamente la razón.

En un noventa por ciento de los casos, usted, bien pensado es el auténtico esclavo: lo es del horario, del trabajo, de los malos ratos y de las zancadillas de este mundo competitivo, cargará con la responsabilidad de los errores de su jefe o jefes, y sufrirá críticas de sus compañeros, a los que estorba para ascender o a los que hace sombra. Ni que decir tiene que los clientes o los destinatarios de su labor no son excesivamente comprensivos.

Está usted expuesto a un continuo stress, y su riesgo de infarto no se reduce con su vida sedentaria y su alimentación de almuerzo en el bar de la esquina… lo último que necesita, lo último, es una mujer que le acusa de opresor y de machista a su regreso a casa. Esta tortura psicológica, que si se piensa fríamente es una forma de violencia, al igual que suceden con otras armas de mujer ya descritas, es insoportable si persiste: puede desembocar en una respuesta violenta en cuanto usted baje la guardia de su autocontrol; y aunque la violencia es siempre injustificable, no siempre es evitable cuando se está sometido a presiones continuas y extraordinarias.

Por usted mismo, no cometa el error, ni responda con la misma moneda: evite la violencia, y sobre todo, la física. Cuando viva circunstancias así, lo mejor que puede hacer es distanciarse o, si es necesario, separarse. Y recuerde que usted no podrá demostrar que ha habido presiones insoportables ni violencia psicológica (ningún juez le dará crédito, y sí creerá, posiblemente, la acusación de violencia física que su mujer alegue, tanto si es demostrada como si no).

Acostúmbrese a ser tachado cotidianamente de “machista opresor”: difícilmente podrá hacer nada por evitarlo. Todos los que han luchado por librarse del epíteto, se han puesto un mandil y han hecho horas extras en casa, a costa de su salud y descanso: han perdido eficacia en su trabajo (ninguno somos Superman, al fin y al cabo) y, pese a ello, su mujer no pierde oportunidad de seguir llamándolo machista… o calzonazos.

  1. La tortura de la memoria selectiva

Imponente talento femenino, al menos aparentemente: una mujer, y más específicamente la suya, recordará con “pelos y señales”, con fechas y con horas, con todo lujo de detalles, aquel arrebato de cólera que usted exhibió hace ahora siete años, y en el curso del cual mencionó que estaba de su suegra hasta los c… Entretanto, usted padece un complejo de Neanderthal de lujo, porque no recuerda nada de lo que su mujer le recrimina tan afligida y llorosa, y comienza a sentirse un monstruo.

Cierto es que usted ha utilizado alguna vez esta expresión, no demasiado elegante, de modo que lo que está escuchando podría ser cierto… tanto más cuando que su suegra es insidiosa, desagradable, mandona y, por si eso fuera poco, ha notado que su mujer cada día se parece más a ella… y no sólo en la cara. ¿Será posible que, realmente haya dicho aquello de lo que le acusa su media naranja (naranja por lo ácido, claro está)?

Puede que sí, puede que no. Lo que es cierto es que su mujer siempre rememorará con toda facilidad y claridad aquellos acontecimientos que le puedan convertir en culpable o en reprobable, así como no recordará (o no dirá que recuerda) los que a ella le convierten en tal o cual, sino sólo los que a usted perjudican. Porque si usted tiene la presencia de ánimo para recordar algo que ella hizo mal, ella le mirará como si se hubiera vuelto loco, y con granítica cara dura le dirá que usted lo ha soñado. Todo, menos una respuesta inteligente, noble y veraz.

En realidad, el talento lo es menos de lo que parece: habrá mujeres que tengan mejor o peor memoria, pero la mayor parte de ellas (sobre todo si’ no trabajan fuera del hogar), han tenido y tienen mucho tiempo libre para rumiar lo que les ha molestado de usted, retorcerlo y falsearlo a su conveniencia y hasta planificar el momento más adecuado para usarlo contra usted (¿no se ha dado cuenta la facilidad con que lo ha sacado a relucir? ¿piensa usted que ha sido espontáneo?). Además, cuentan con su falta de memoria sobre esos mismos temas para retorcerlos, cambiarlos, sacarlos de contexto y confundirle a usted más de lo que lo está. La manipulación encuentra aquí a sus mejores expertos.

Por cierto, que siendo ésta un arma “convencional”, verá potenciados sus efectos por la duda que siembra en usted, ya que, a falta de recuerdo, acabará creyéndose tan monstruo como su mujer lo califica… salvo que tenga usted la suerte de recordar que sí, en efecto, usted dijo eso el día en que su suegra le apagó la caldera de agua cuando usted estaba duchándose y con la cabeza enjabonada en la blanca Navidad de 1986, y por cuarta vez consecutiva en la misma semana, alegando después que lo hacía sin darse cuenta, para verificar si aún funcionaba el encendido piezoeléctrico. Lo normal será, no obstante, que usted se enfrente a un inextricable cúmulo de recuerdos vagos, a los que hace tiempo dejó de dar importancia, y que acabe abandonando la búsqueda de la verdad de un insignificante episodio que poco tiene que ver con sus auténticos problemas matrimoniales a fuer de sinceros.

  1. La frigidez sobrevenida

Tal vez usted nunca llegará a comprender como ha pasado de tener una tigresa en la cama a tener una merluza ultracongelada en cuestión de meses. Si es así, usted ya ha superado un año de matrimonio, tal vez dos.

Posiblemente recuerde, cada vez más vagamente, a una mujer atractiva y ardiente, divertida en la cama, activa y con iniciativa, y, por todo lo que usted sabía, enamorada.

Ahora su mujer apenas se toma el trabajo de abrirse de piernas, apenas abre la boca para respirar y, probablemente, sea mejor que usted no le esté viendo la cara después de todo, para no acabar de frustrar el intento, sobre todo después de que ha conseguido vencer la antierótica barrera del pijama descolorido que ella prefiere, dejando el más elegante apolillarse en un cajón olvidado. Hasta alguna vez la ropa interior de su mujer se le antojó, seguramente, más atractiva que el símil de faja que ahora usa.

No se preocupe demasiado. Es normal. Su mujer ya conoce su compulsión por el sexo, genética en cualquier hombre (una diferencia física más respecto a las mujeres), y cómo y con qué frecuencia lo necesita. Le encantará defraudarle cuando piense que usted se lo merece, lo que cada vez sucederá más a menudo. Un arma “convencional” sobre todo por la frecuencia con que se practica, que a fuerza de reproducirse le arrojará a usted en manos de una amante a medio o largo plazo, después de haberle humillado y frustrado a corto; y encima, ella le culpará a usted. En cualquier caso, su fuerza es casi “nuclear”.

  1. La abstinencia impuesta

Ahí va un nuevo tópico: “me duele la cabeza”… Apuesto a que todo casado de larga duración ha escuchado esta frase u otra frase similar, sinónima de: “no quiero sexo”. Es una evidencia que la sexualidad para el varón es algo fisiológico más que psicológico, y de un poder compulsivo, en tanto que la mujer puede prescindir de ella por un largo periodo de tiempo, y rara vez padece una urgencia compulsiva… por lo demás, el componente sexual femenino es menos físico y algo más psíquico… y, en suma, para ella es mucho más prescindible que para él, por lo que su ausencia controlada puede ser un castigo de una dureza impresionante.

Sobre todo si, ya escaseando las relaciones sexuales, son, cuando esporádicamente se producen, un acto de pasiva frigidez por parte de la mujer, lo que frustra considerablemente al marido. Es decir, éste arma “convencional”, sumada con la descrita en el apartado anterior, se convierte en un arma definitivamente “nuclear”. Usted no tiene defensa, salvo la amante hacia la que le están empujando con las dos manos (y que es, por cierto, otra trampa). Pero como consuelo, tenga por seguro que todo casado la padece con relativa frecuencia: por eso, la maldad popular asegura que la masturbación es mucho más frecuente en el matrimonio que en el celibato, para los varones.

  1. Los hijos

He aquí el arma nuclear por excelencia de que la mayor parte de las mujeres disponen: los hijos.

Desde que nacen son rehenes, y, en la medida en que lo son, habrá cambiado la actitud de su mujer para con usted: notará cómo han cambiado las cosas desde que su hijo nació. ¿Su mujer tiende a ser cada vez más áspera, más ácida, más pesada y gruñona, más Insoportable” y descarada, más abusona”? ¿Ha sido usted padre recientemente?

Porque si lo ha sido, la explicación es obvia: su mujer dispone ahora de un ser en cuyos primeros años de vida la presencia de una madre es fundamental. Cierto que la del padre también lo es, para su equilibrio emocional y psíquico, sobre todo a largo plazo. Pero eso es menos obvio que el vínculo genético que una madre y su recién nacido, natural como mamíferos que somos. La mujer sabe que durante tres o cuatro años es imprescindible para su hijo, al menos mientras viva (en caso contrario, se sale adelante, pero se acusa la carencia). Lo sabe y abusa de ello, apropiándose en exclusiva del hijo como si en el parto le hubieran dado un certificado de propiedad del mismo; del hijo se hace, en virtud de ese invisible y tácito certificado que traía el niño pegado a la espalda, regente y portavoz, y forma sociedad común aún en oposición del padre-marido.

A partir de ahora, todo lo que un hombre pretenda está condicionado, no por las necesidades del hijo, que no condicionan a poco que haya amor, sino por las exigencias de la madre, que dispone del hijo, porque “el niño es mío” (sic, por si no le suena). Es más, legalmente está avalada: no en vano, en caso de separación, aproximadamente el 95% de las veces se concede la custodia a la madre24 . Antes del hijo, la mujer tenía que tener cuidado de no abusar: su marido podía hartarse de soportar sus “armas de mujer” y de ceder, y tal vez optara por separarse.

Probablemente perdería poco más que la ingenuidad, y bastante dinero… pero eso era todo: ahora, ella ya puede abusar cuanto quiera, si es que el marido quiere conservar un hijo… Como arma es, sin duda, aterradora: pero lo más triste del caso es que alguien sea capaz de tener la mala entraña de instrumentalizar y usar a un hijo como forma de chantaje… ¡y hacerse llamar madre! Piénselo un poco el lector.

Los CóMPLICES

En la aplicación de estas armas, suele haber consejeros, cómplices y colaboradores involuntarios.

Son consejeros, (en realidad, consejeras), esas amigas hembristas que tanto se complacen en superar su frustración hundiendo sin escrúpulos la vida de los demás. Aconsejan una tras otra toda esta diversidad de armas, haciendo además, que la eventual estúpida aconsejada (lo siento: no tiene otro nombre) se sienta auténticamente una víctima cargada de razón, y que al mismo tiempo, no se dé cuenta de que está arruinando su propio hogar y hasta su propia vida. Hasta contribuyen (como también los cómplices y cierto tipo de colaboradores), a propalar maledicencia y cizaña hacia la otra parte”.

A veces, la infausta consejera es la propia madre, que imparte su pésima y misérrima educación (compuesta fundamentalmente por los trucos descritos), a su propia hija, pese a que ya sabe que le está causando a su hija, al matrimonio de su hija y a sus propios nietos, un daño irreparable. ¿Por qué razón lo hace? Lo ignoro. Pero recuerdo la anécdota del escorpión y la rana.

Un escorpión deseaba cruzar un río, y le pidió a la rana que lo llevara a hombros. La rana le contestó que conocía los antecedentes mortales del escorpión, y que, conociendo su instinto asesino, temía que le picara a ella también. El escorpión responde que esa idea es absurda, porque no sabe nadar, de modo que si picara a la rana, morirían los dos. La rana se convence.

¡Cuándo la rana, con el escorpión a cuestas, está nadando justo hacia mitad del río, el escorpión le clava su mortal aguijón!

  • ¿Por qué lo has hecho? – pregunta la rana.
  • No lo sé, responde el escorpión.

¿Es posible que alguien no pueda evitar hacer daño, hacer un mal, aunque sea a su propia hija? Miren a su alrededor y analicen muy bien lo que ven. Sean terriblemente objetivos, y verán que, sin prever las consecuencias e incluso previéndolas, hay gente que lo hace, aún a costa de perjudicarse a sí misma.

Son cómplices el elenco de familiares y amigos que, por lenidad, no adoptan una posición radical. Se parecen también un poco al escorpión de la anécdota, aunque en este caso, la motivación es no enemistarse con el pariente que les pide apoyo o colaboración, o que tomen partido. En realidad, este pariente se convierte en un problema para ellos, que en el fondo, no quieren complicaciones. Pero la verdad es que contribuyen a la destrucción del hogar y del matrimonio en cuestión.

La conclusión es que realmente no son tan amigos o tan buenos parientes como aparentan. Si lo fueran, no dejarían que quien les toma por confidente les engañe, sino que serían muy firmes tanto valorando sus razones como destruyendo sus sinrazones, aun a costa de perder la amistad. Porque lo que se debe esperar de amigos o parientes es la verdad, un punto de vista sincero y verídico en el que confiar, y no que te den la razón como a los locos sabiendo que te vas a estrellar, y no hagan nada por evitarlo.

Los colaboradores involuntarios son aquellos amigos con los que el matrimonio en crisis va contactando para hacerle partícipes del problema, y, de paso, para que se enteren de que el malo no es uno. En realidad, el matrimonio está utilizando a sus amigos con esta iniciativa. Pero a veces la presión hace inevitable buscar un “hombro en el que llorar”. Lo cierto es que se les pone en un auténtico “brete”. De un lado, ese amigo aprecia a los dos miembros de ese matrimonio, pero de otro, están pidiéndole ayuda.

Hay tres desenlaces, al menos.

1) El amigo opta por apoyar decididamente a una de las partes. Esto es lo más frecuente cuando se trata de las amigas a la que la mujer recurre, en virtud de ese “esprit de corps” que el sexo femenino comporta, según el cual, los hombres son los enemigos, y el marido de mi amiga es hombre, de modo que, aunque mi amiga es una auténtica golfa, en realidad es su marido el que tiene la culpa…”

2) El amigo manifiesta que en el conflicto, ambos tienen parte de razón y parte de culpa. Esta simpleza es tremendamente valorada hoy, al ser comentario de multitud de psicólogos, que han encontrado con ella una forma de justificar los errores propios y los ajenos, En realidad en caso de conflicto, siempre, ineludiblemente, hay una parte que tiene mucha más culpa que la otra, y a la que se puede considerar la auténtica responsable del conflicto. Pero el caso es que, el amigo o amiga, está dotado de una curiosidad notable, y le encanta cotillear, con lo que fomenta que le cuenten las últimas novedades del caso, tanto una parte como la otra, alegando que se puede estar en situación de escuchar a las dos sin tomar partido. Es una solución hipócrita y que no ayuda en absoluto.

3) El amigo te dice que no puede hacer prácticamente nada, pero que si necesitas ayuda, un lugar donde pasar la noche o simplemente alguien con quien hablar, que cuentes con él. La gran diferencia con el anterior es que no fomenta que le cuentes tu vida, y que realmente se entristece de conocer la terrible situación en que te encuentras.

Consejeros, cómplices y hasta colaboradores involuntarios (debidamente manipulados), se constituyen en armas convencionales de distinta eficacia. Y, tristemente, su existencia (siempre inevitable) evidencia siempre uno u otro género de manipulación, que es invariablemente una constante, una de las miserias más típicas de las separaciones.

Hay otras armas… en realidad son innumerables: tanto como la capacidad humana para ser egoísta e insensato. Pero a todo el que quiera escuchar habría que decirle que no es necesario explotar el máximo estas capacidades. Por otra parte, no por el hecho de tener un arma es necesario utilizarla… si bien lo normal es, tristemente, que cada día se utilicen al máximo las armas que están a nuestro alcance, todas las cartas de que disponemos.

CAPÍTULO VI

LAS CONSECUENCIAS

Hemos llegado a lo que creemos es una situación insostenible (técnicamente lo es, pero asombra saber lo que podemos llegar a aguantar… ). Ahora la decisión está clara, y nos parece inevitable: la separación o el divorcio.

Si en algo existe hoy día sexismo y flagrante discriminación en nuestro país es en la legislación relativa al divorcio, que favorece descaradamente a la mujer siempre, y que literalmente asfixia al hombre… también siempre. Tal vez existan otros sexismos y discriminaciones, pero ninguno de ellos es de efectos tan graves: indefectiblemente destroza al hombre, no sólo apoyando legalmente la ruptura violenta con sus vínculos familiares (hijos, en esencia), sino virtualmente aniquilándole afectiva, económica y moralmente. Dura lex sed non iusta. Y perdón por mi latín.

  • Sobre todo, tienes que estar muy convencido…
  • Hombre, nunca se está convencido de estas cosas, creo yo… pero lo que sí pienso es que cuanto más tardemos en separarnos, peor va a resultar la separación, y más violenta.
  • No digo que no. Pero sé consciente de que la peor parte la llevas tú. Mira, incluso si algunos, como yo, intentan normalizar su vida, viven con una nueva pareja… nunca es ya nada igual. A la mayor parte de los que como yo están separados, prácticamente nos mantienen nuestras parejas. No podemos mantenernos a nosotros mismos.

Esta es un fragmento de conversación presenciado entre F, un hombre que en la actualidad está separado y convive con otra mujer, pero que aún sufre a diario las consecuencias de la venganza de su ex-cónyuge, y otra persona que le consulta sobre su propia separación. La conversación continúa.

  • Escucha, cuando yo me divorcié, el convenio implicaba el pago de 80 000 pesetas más para la manutención de mi hijo. En aquellos tiempos, el trabajo me iba bien, y todo me parecía poco para mi hijo. Sobre todo, que él no sufriera. Me equivoqué. Primero, en aquel tiempo disponía de 80 000 pesetas al mes, porque mi sueldo me lo permitía, y además, yo podía sobrevivir con la diferencia: pero ahora gano 46 000.
  • Bueno, supongo que es demostrable delante de un juez. No te obligará más que a lo que puedas…
  • Nada de eso. Me sigue obligando igual. Y como te toque un juez como la mía, entonces prepárate. Figúrate, que dice que no entiende cómo un hombre de mis capacidades se contenta con ésta cantidad, cuando todos sabemos que existen bolsas de economía sumergida de las que es posible extraer fondos adicionales. ¡No faltaba más que me recomendara alquilarme como matón a sueldo!.
  • ¡Eso no puede ser! ¿ Cómo te puede decir un juez que hagas algo que va contra ley?
  • Te digo la verdad. No se trata de ir contra ley o no, sino del trato que se nos da, que es lo peor. Mira, mi mujer se quedó con el piso… a mí no me importó cederles la vivienda, por supuesto por mi hijo, claro está. Y gracias a que yo tengo ya una vivienda alternativa. Pero algunos separados como yo se han visto obligados a dormir dentro de un coche, porque les han puesto las maletas en la puerta y les han arrojado a la calle. Y son hechos reales, no fantasías.
  • Me imagino que los jueces van a lo seguro: todo para la madre. Así, de paso, se evitan el riesgo de que les casen las sentencias, que debe fastidiarles bastante…
  • ¿Piensas pedir la custodia de tu hija?
  • ¿Cómo dices?
  • Lo que oyes: ¿ piensas pedir la custodia de tu hija? ¿Es una hija lo que tienes, no?
  • Sí, es hija. La verdad que, a su edad, creo que aún estará mejor con la madre, de modo que no había pensado… ¡Es que tiene tres años!

_ Te equivocas. Pídela. Muy probablemente no te la concedan, pero hay que pedirla. La mayor parte de los que se separan ya inician los trámites con moral de derrota, y dan por cedidos los derechos de su hijo. Al cabo del tiempo, la mujer encuentra otra pareja, y tienden a exigir que ésta adopte el papel de padre, para sustituirte a tí. Sobre todo, quieren separarte de tus híjos. Pondrán todas las pegas del mundo a que los veas, incumplirán el régimen de visitas…

  • Pues reclamad al juez…
  • ¿ Y qué te crees que hacemos? Mira, conozco a uno, ya te lo presentaré, que incluso ha hecho huelgas de hambre; ha llamado a la policía en siete ocasiones, para denunciar que su mujer se negaba a entregarle los hijos en cumplimiento del régimen de visitas dictado por el juez; incluso con la policía allí, la mujer nunca ha abierto la puerta. Conozco también a testigos presenciales a los que les pidió que le acompañaran. Pues lo más grande es que a la mujer no le ha pasado nada. Una reprensión privada… tal vez un breve arresto domiciliario… nada. Lo cierto es que el amigo que te digo hace meses que no ve a sus hijos.
  • ¿ Y el juez no hace nada?
  • No. Y hasta te diría que no es problema del juez: el juez se limita a aplícar la ley, normalmente: es la ley la que está mal, Escucha: yo mismo, en una de las visitas, me tomó el tiempo de explicarle a mi hijo dónde vivía, cómo llegar hasta mi casa, qué autobús coger.. incluso hicimos el trayecto juntos tres veces para que no tuviera problema en encontrar mi piso. Lo hice porque pensé que podría apetecerle, sin tener que esperar al día asignado para la visita, para verme, consultarme algo… ¡no sé, para estar juntos! Pensé que así le podía evitar la violencia del encuentro en el momento de recogerlo. ¿Resultado? Hace cuatro años no veo a mí hijo.
  • Y hay muchos casos así- tercia un tercero en la conversación, amigo de F- Yo tengo que pasarle pensión a mi mujer cuando ella gana 900.000 Pesetas, y yo 140.000. Y tampoco veo a mis hijos desde hace años. Pero el caso de F es que al no pagar las 80.000 pesetas, está en situación de pendiente de ingreso en prisión.
  • Así es, J.L. Ya lo sabes tú bien.
  • Pero entonces… ¿Qué hacer? ¡Me estáis diciendo que me dé por hundido! ¿Que me olvide de mi hija?
  • Tal vez llegues a tener que aceptarlo así. Por el momento, te recomiendo que luches por la custodia… por todo. Siempre alegan que no favorecen más la custodia de los hijos para los padres porque, estadísticamente, sólo la piden en un 5% de los casos. Y ello sucede porque nos damos por vencidos antes de empezar.. porque ya estamos hundidos antes de comenzar a pelear. Ellas no se cansan tan fácilmente.
  • Sí. -vuelve a terciar F -Además, imagina que te quedas viudo … ¿Quién cuidaría de tu hija? ¿ No te sientes tú capaz de hacerlo?.
  • Por supuesto que sí. Y muy bien, además. Y tengo quien me ayude… Yo, al decir que estaba mejor con su madre sólo quise decir que, como aún no tiene cuatro años, estaría emocionalmente más…
  • Más nada! ¿Te crees que emocionalmente tu hija estará bien? ¿Qué todo será igual para ella cuando acaben por hacerla odiarte? ¿Que estará equilibrada como antes desde el momento que prescinda de su padre? Y lo que es peor.. ¿ Te crees que a tu mujer le va a importar, o va a colaborar para que todo esto no suceda? Ni pensarlo. Ella será toda buenas palabras… “nada para mí: yo tengo suficiente aunque viva debajo de un puente” … mentira. Y te advierto que saben ser convincentes… fíjate lo que te digo: aunque me conocéis y sabéis cómo soy y cuales han sido mis circunstancias… bueno, estoy convencido de que viene mi mujer y habla con vosotros una hora y… por lo menos os pone en duda respecto a mí. Calcula si la creo convincente… y no sólo es llorar, apelar a los sentimientos y lo emotivo, Tienen más armas. Los hijos son el arma más fuerte que tienen, y la usan aún a costa de ellos… y lo peor es que la culpa te la echarán también a ti, Escucha… yo he rehecho mi vida en lo posible, Tengo una pareja estable, y me siento todo lo feliz que puedo estarlo en mis circunstancias. Pero te digo que, si volviera atrás en el tiempo… bueno, seguramente no me separaría.

La conversación aún continuó unos minutos más. Es impresionante la sensación de fuera de la ley, de clandestinidad, que pude sentir presenciándola. Hoy, alguien ha tomado la decisión de separarse. Lo que el lector ha podido leer unas líneas más arriba forma parte del día después, Y de la conversación, queda un trasfondo importante. La violencia, la venganza, la retribución, el abuso, la humillación… es el patrimonio que queda para la ex-familia. Pero quién más abundantemente la percibe y sufre, y en quién más crueles serán las secuelas son y serán siempre los mismos: los hijos. Si situaciones como éstas son difíciles para un adulto, imagine el lector que quien las presencia es un niño. Todo ello sucede a partir del proverbial día después.

Esperanzas a trizas para uno mismo, Pero para el niño, un auténtico homicidio, porque nadie sabrá lo que pudo ser de él, ni las oportunidades que perdió, ni el cariño que nunca llegará a conocer y al que, sin embargo, tenía todo el derecho del mundo. Normalmente estará condenado a servir a su amante madre de tarjeta de crédito, de seguro de manutención y de instrumento de venganza, de trofeo. Es en estos momentos cuando muchos hombres caen en la cuenta de que “manos blancas sí que ofenden”.

Las consecuencias son inalterablemente drásticas. No hay una separación civilizada. Tan sólo las hay menos cruentas, pero por insensibilización, más que porque no lleguen a producirse daños.

¿QUÉ LE PASA A LA LEY?

La legislación matrimonial (incluyendo su aplicación, la jurisprudencia) de nuestro país es así, No refleja la realidad, es parcial y ampara abusos de increíble calibre contra el hombre. No digo que sea deliberadamente así, pero así resulta ser, a juzgar por los resultados. Es, a pesar de las modificaciones practicadas en ella, sexista y prejuzga con crueldad. Atenta contra principios constitucionales de tanta trascendencia como el de la igualdad ante la ley, los derechos de los hijos, la no discriminación por razón de sexo… principios que se quebrantan y vapulean con saña cuando los jueces la aplican en cada una de las sentencias que se dictan a diario sobre separación y divorcio.

Deliberadamente, no adopto ninguna postura personal en esto, pero menciono una de las conclusiones de un estudio universitario de ámbito nacional realizado entre 1988 y 1992: “Alrededor del 20% de los españoles ha tenido alguna vez contacto con la justicia como parte de un pleito o como testigo. Esta baja proporción no impide que la imagen de la Administración de Justicia sea negativa, así como la de sus principales protagonistas, los jueces, en una sociedad que se fía más de una institución como la del jurado popular…”

El estudio prosigue concluyendo que en los años inmediatamente posteriores a la transición democrática, los tribunales gozaban de una imagen positiva que comenzó a deteriorarse a principios de los 80, deterioro que se mantiene o prosigue levemente en los últimos cinco años de su realización. Simultáneamente, la imagen de los jueces ha sufrido un apreciable desgaste con el tiempo. Hasta hace diez años, el 48% de los españoles confiaba mucho o bastante en la figura del juez; en la actualidad, sólo el 21 % dice sentir mucha o bastante confianza y sensación de protección ante un juez: el 41% manifiesta sentir poca o muy poca.

Hay que mencionar un factor adicional de considerable peso: existe un gran margen de discrecionalidad para el juez a la hora de juzgar los casos de separación y, sobre todo, sus consecuencias posteriores. Son hombres, no dioses: tienen una familia, una carrera que defender y en la que prosperar… y se les deja a diario casi exclusivamente en sus manos la decisión de cómo descuartizar una familia: no es raro que apoyen sus decisiones lo más posible en una ley impersonal, algo que les desculpabilice, que les evite el peso de sentirse los responsables que deciden el lamentable destino de cuantas familias pasan por un proceso de separación o divorcio.

Por mi parte, sólo añado que las causas de separación y divorcio han debido, a mi juicio, ser de las que más contribuyan a esta lamentable percepción de nuestros conciudadanos por la justicia.

Hubo un tiempo, no muy lejano, en que nuestro país (entonces, para tantas cosas aludido como la España profunda”), vivía una situación social distinta, donde había mujeres que eran maltratadas, y que se sentían indefensas. La ley evolucionó, pero lo hizo en exceso, No sólo comenzó a proteger a las mujeres, sino que se propuso proteger incluso a las que no pedían protección, excediéndose en los medios que ponía al alcance de las mismas.

De hecho, hoy no son las mujeres de buena fe las que abusan del poder casi absoluto que les da la ley (aunque van quedando pocas de éstas… el poder corrompe, ya lo hemos mencionado), sino las que nunca han necesitado protección; más bien asumen el poder como una manera de someter y humillar a sus maridos, castigándoles injustamente por todas las frustraciones que ellas mismas no han sido capaces de superar.

No son las mujeres inteligentes las que abusan, ni tampoco las que tienen buenos sentimientos, sino las mediocres a las que les importa más una pequeña venganza que la pérdida de una familia, a las que les importa más rebajar a su marido que superarse a sí mismas en excelencia… no a las que desean salvar un hogar, sino a las que no les importan usar a los hijos para demolerlo, aún a costa de destruirlos psíquicamente.

Crea, bien la ley, bien su aplicación, una situación tan evidente de desigualdad que, eventualmente, en lugar de administrar justicia en situaciones tan graves, sólo consigue crisparlas, y siempre más a la parte que lleva las de perder. A priori, un hombre que se separa sabe que lo tiene tan difícil que puede darlo todo por perdido. “¿Morir? ¿Por qué no?. Pero el alcance de sus efectos va más allá de la crispación: porque finalmente, todo el mundo se siente tan injustamente tratado que acaba marginado y alimentando deseos de revancha. La revancha, en una separación ideal, no debiera caber, aunque sólo fuera por el bien de los hijos, por no mencionar ya las complicaciones que crea. Sin embargo, es difícil no justificar un ánimo de revancha en alguien que es metódicamente despojado de bienes, estimación, status social… e hijos. Recuerdo otro fragmento de conversación:

“Algún día, tu mujer, que cobra de tu dinero y no te deja ver a tu hijo, restablecerá relaciones afectivas con otro hombre. Ella logrará, (tiene medios), que el otro hombre te reemplace, no ya en el rol de marido, cosa que tú das por perdida sin mayor problema, sino como padre de tu hijo. No te engañes: no es más que la culminación de una revancha. Ella sabe que tu hijo no va a ser más feliz con ello, sino que necesita a su padre natural más que a nadie: pero no pienses que buscará el bien de tu hijo, sino el mal tuyo, no importa quién o cuánto resulte dañado”.

EL MARCO LEGAL

El divorcio se incorpora en 1981 a nuestro Código Civil, en el libro primero (de las personas), título 4 (Del matrimonio): De los 11 capítulos de este título, del sexto al décimo se dedican a la nulidad, separación, divorcio… y sus efectos: no es tanto como parece… son 29 artículos, cuya interpretación y justa aplicación se deja a los jueces. Cómprese un código civil y léalos: por mil quinientas pesetas se hará una idea, y apostaré a que lo que lea le parecerá “razonable”: aparentemente lo es, en el literal, pero entonces… ¿de dónde las terribles injusticias de sus efectos?.

No quiero aburrir al lector con tecnicismos jurídicos, ni quiero transcribir la ley al completo, pero sí quiero aclarar que dicha ley del divorcio no dispone de cláusulas que limiten el abuso de cualquiera de las partes, y que es demasiado amplia, genérica (deja demasiada libertad de valoración de las situaciones) en cuanto a su aplicación. Puede que la ley, propiamente dicha o, al menos, el Código Civil, sea relativamente equitativa en su formulación25: el hecho es que su puesta en práctica acaba causando graves desigualdades en disfavor de los cónyuges varones, a los que auténticamente maltrata en su ejecución, como demuestra estadísticamente la experiencia.

También maltrata in intencionadamente a los hijos… posteriormente veremos por qué. Por último, es claramente discriminatoria a favor de la mujer y en ello y en más cosas viola frontalmente la Constitución: y no un sólo artículo de la misma, sino un buen puñado de ellos, así como los principios de equidad y justicia… (aún no me explico cómo no se ha preocupado el Tribunal Constitucional de trabajar un poco en estos asuntillos).

Por ejemplo, el art. 18 de nuestra Ley Fundamental garantiza el derecho al honor (pero la ley del divorcio permite que una mujer ponga a su marido con las maletas en la calle de un día para otro, y se vea obligado a dormir en un coche), a la intimidad personal y familiar (una mujer, con la ley en la mano, puede impedir al padre a que vea a sus hijos, sin más que una ligera reprensión o, como mucho, un arresto domiciliario que se falla tarde, mal y nunca), y a la propia imagen (la cual es difícil de mantener con el expolio que se hace a los ex-maridos por la vía de las pensiones de las mujeres e hijos). Tampoco está tan claro que no se vulnere la dignidad de la persona, uno de los derechos fundamentales del título primero de la Constitución (art 10).

Ni que decir tiene que la ley del divorcio “se carga” el art 14 de la Constitución (“Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión… suma y sigue), pero queda claro que la mujer prevalece frente al hombre en lo que a la ley del divorcio y, sobre todo la aplicación que de ella se hace. Y ello, insisto, por no incluir la ley las adecuadas garantías contra el abuso, lo que permite una “peculiar” aplicación.

En su aplicación, tampoco se respeta el derecho a un juicio justo por parte de los jueces y tribunales tal que no produzca indefensión: de modo que el art. 24 de la Constitución también cae ante la aplastante evidencia de la aplicación de la ley del divorcio por parte de los jueces. Por último, y para no aburrir, el art. 32 de la Constitución menciona las condiciones de igualdad jurídica en que el hombre y la mujer tienen derecho a contraer matrimonio. Se entiende, por analogía y porque es el espíritu de nuestra Carta Magna, que igualmente tienen derecho a disolverlo en idénticas condiciones de igualdad, y ya hemos visto que no es así: se favorece claramente a la mujer, en una actitud de sobreprotección de la misma, donde se le concede invariablemente el beneficio de la más mínima duda.

La fecha en que la ley del divorcio se promulga e incorpora al código civil, era un momento de imponer los valores progres sobre los fachas, de castigar a todos aquellos hombres violentos que maltrataban a sus mujeres, anulándolas. Pero la ley olvidaba que también ha habido siempre maridos maltratados, que ceden por evitar que su mujer brutalice a los hijos, que son, invariablemente, rehenes perennes de tales mujeres. Y, en todo caso, en el siglo XXI en el que estamos ya entrando, aquella situación que se pretendía proteger ha cambiado, como nuestra sociedad y cultura: por mucho que siempre haya brutos, hoy por hoy no las hay más que brutas. El cliché ha desaparecido, se ha extinguido. Las brutalidades no están vinculadas siempre a un matrimonio, y en ocasiones las inflige el que puede aparentar ser la víctima. Ya no estamos en la España profunda: las cosas han prácticamente terminado por no ser así. Siempre habrá malas personas y “monstruitos”, tanto entre hombres como entre mujeres

Es el efecto del péndulo. Se ha pasado de una situación legal que favorecía al hombre y perjudicaba a la mujer (no tanto en su formulación como, nuevamente, en su aplicación) a una ley que pasa claramente a privilegiar a la mujer, dándole un considerable poder de disposición, no sólo de sus bienes e hijos, sino de los bienes e hijos de su marido, al que puede, insisto, literalmente despojar, con las mínimas consecuencias legales.

Se ha pasado de un extremo a otro. Y, huelga decir, que no se justifica lo que está sucediendo con e( argumento de que es una compensación por la desfavorable situación de la mujer antaño: este es un argumento tan imbécil como cruel. Sería como justificar que la población negra estadounidense tuviese derecho a quemar impunemente a un blanco cada fin de semana (a elegir entre un barrio de clase alta, a ser posible) como compensación por la esclavitud sufrida hace ya décadas. De acuerdo con que la esclavitud estaba mal, ¿quién lo duda? pero si compensamos mal con mal, sólo podemos esperar ir de venganza en venganza, y de mal en peor. Y, desde luego, la revancha no puede nunca remediar el mal que se sufrió.

Un consejo, particularmente a las hembristas: por vuestro bien, no contribuyáis a llevar el péndulo demasiado lejos, porque cuanto más lejos llegue, de más lejos retornará, y más hacia el otro extremo se desplazará. 0, dicho de otra manera, no exagerar la nota, porque toda acción genera una reacción: tanto más grave la acción cuanto más terrible la reacción. Cada día hay mayor reacción social a la situación exagerada de privilegios sociales y legales que goza la mujer. Cuanto más injusta se demuestre, más violenta y rigurosa será la reacción. La moderación que sepamos generar ahora será la que nuestros hijos hereden.

Desde que se promulgó la Ley del Divorcio, muchas cosas han cambiado en la política: Cae UCD, partido bajo cuyo amparo (y el de su adalid, Fernández Ordóñez), se crea la ley. Los 14 años de Gobierno del PSOE que han sucedido a UCD han hecho poco por corregir estos errores. Incluso los agrava por vía de legislación complementaria, como el régimen fiscal que grava a los perceptores de nóminas que pagan alimentos a sus hijos y que no pueden deducirse su importe ni acceder a la deducción por hijos, en tanto que el cónyuge que percibe una pensión y que tiene la custodia de los hijos sí que puede.

Cito un fragmento de artículo de prensa: “Así comenzó un auténtico cerco fiscal a cientos de miles de divorciados. La situación provocó fuertes enfrentamientos, incluso entre miembros de la Comisión Delegada de Asuntos Económicos que estaban divorciados y que pusieron de manifiesto la grave injusticia que se podía cometer contra quienes tenían una sentencia de Separación o divorcio ya sancionada por el juez… La polémica recorrió con furor los escaños del Congreso y el Senado. En esta ocasión, fueron las mujeres socialistas las que ganaron la batalla en apoyo de Hacienda, argumentando que no se pueden tener concesiones con los que abandonan el hogar, porque luego ninguno paga la pensión, dijeron entonces las diputadas socialistas. Tras la reforma fiscal, sólo se beneficia de la deducción quien tiene la guardia y custodia…”

Está claro que no es que los sucesivos gobiernos no hayan tenido tiempo de corregir estas desigualdades e injusticias, ni que no hayan disfrutado de las mayorías parlamentarias necesarias, porque han gobernado casi siempre con mayoría absoluta: sí parece que los criterios feministas mal entendidos, más plausiblemente hembristas, han prevalecido en los pasillos y escaños de nuestro parlamento… contra la igualdad, hembrismo. Una exministra reconocía recientemente que probablemente nunca hubiera alcanzado el puesto de no haber sido por la cuota femenina obligada en determinados organismos públicos26.

LOS REGÍMENES MATRIMONIALES

No olvide que existen distintos “regímenes matrimoniales” por los que puede optar, Si usted “pasa” del tema, le aplicarán el régimen de Gananciales, (salvo en lugares como Cataluña y Baleares, donde el régimen aplicado a falta de pacto es el de Separación de Bienes, o zonas donde se aplican otros regímenes en virtud del derecho foral vigente, como sucede en zonas de Vizcaya, Álava, algunas comarcas extremeñas y Navarra).

Gananciales quiere decir que todo ingreso o beneficio obtenido dentro del matrimonio, sea quien sea el que lo obtenga, pertenece a ambos por igual. Sólo serán privativos de cada cual los bienes que cada cual tenía (probados) antes del matrimonio, las herencias (incluso las recibidas después de casados), sean bienes, dinero o el precio obtenido por la venta de los bienes heredados. Aunque si desea que continúen siendo privativos, manténgalos perfectamente separados de la sociedad matrimonial, pues son susceptibles de convertirse en gananciales con facilidad, prácticamente por el mero uso de dichos recursos. Los objetos personales de uso habitual, como la ropa. son privativos, pero si hay la más mínima duda, se considerarán gananciales.

Los bienes comprados a plazos antes del matrimonio, serán privativos aunque se continúen pagando plazos después del mismo, Pero ojo, porque su uso como gananciales o los convierte con facilidad en tales, o, como mínimo, en mixtos: particularmente la vivienda, que por muy privativa que sea, acaba considerándose domicilio conyugal, y en caso de separación su uso será adjudicado a quien tenga la custodia de los hijos, sea cual sea el cónyuge propietario de la misma y por muy privativo que sea el bien.

Es este un régimen cuya filosofía es proteger al cónyuge que no trabaja, pero que, en la práctica, se ha convertido en una fábrica de estafas por parte de mujeres que se apropian con la ley de su parte de bienes que, como mínimo, pertenecen a ambos, quedando el marido absolutamente despojado. Por tanto, y por más que pueda considerarse más injusto para el cónyuge que no trabaja, el de Separación de Bienes le protegerá mejor de circunstancias tan lamentables como las derivadas de un divorcio, que tienden, literalmente, a hacer saltar su patrimonio por los aires.

La Separación de Bienes implica que cada cónyuge tiene sus propios bienes, según establecido en un Convenio regulador que se elabora con ocasión del matrimonio e incluso después, si se hace de mutuo acuerdo. Posteriormente y en virtud de dicho convenio, cada cual dispondrá de sus ingresos y bienes, así como de su patrimonio. E igualmente de sus deudas y responsabilidades. Por esto último se recomienda en casos de empresarios individuales o profesionales libres, dado que limita los daños derivados de una quiebra o una demanda profesional de responsabilidad, que en caso de gananciales deberán afrontarse con el caudal común.

La ventaja adicional es que, en caso de separación, ya hay recorrido parte del camino, y la pareja no se ve obligada a discutir sobre dinero, añadiendo amargura a la ya de por sí amarga situación. Igualmente, protege al perceptor del dinero de un posible despojo de la otra parte al amparo legal (particularmente cuando el perceptor es el varón), si bien queda más desprotegido aquel que no percibe ingresos. De todos modos, aún en este régimen hay cosas comunes: por ejemplo, ambos cónyuges deben contribuir a sufragar los gastos familiares.

Igualmente, las repercusiones fiscales de cada régimen en particular difieren.

Una vez casados, se puede cambiar el régimen matrimonial, mediante el otorgamiento de capitulaciones matrimoniales. Para ello, hay que contar con el acuerdo de ambos, como es lógico, y con una cantidad de dinero que no hubiera tenido que pagar si lo hubiera hecho bien en el momento del matrimonio27.

Cuando antes del matrimonio se habla de separación de bienes, a veces sucede que la futura esposa se echa las manos a la cabeza y dice: “¿todavía no te has casado y ya estás pensando en separarte? ¡pues vaya confianza! ¡tanto decir que me quieres!… y bla, bla, bla, con o sin lágrimas. El futuro marido se siente un monstruo sin corazón y resuelve (cree él) ¡a situación aceptando el de gananciales mientras renueva todas sus promesas de amor y se disculpa. Internamente se consuela diciendo que da igual. ¡De todos modos terminará considerado un delincuente!

En realidad, no se trata de una superstición que ella piense como dice: es sólo un subterfugio, porque en realidad saben muy bien de qué va cada régimen; lo que sucede es que algunas mujeres van al matrimonio a “pillar”, a ver lo que sacan, y el régimen de separación de bienes, por más justo, es menos ventajoso para una ventajista. De otro modo, por qué acusan al novio de falta de confianza, cuando son ellas en realidad las que no confían en éste, y prefieren no ponerle las cosas más fáciles de lo que a ellas les conviene.

No dispongo de estadísticas al respecto, pero estoy convencido que el régimen de gananciales es el que “gozan” la inmensa mayoría de las parejas españolas. Aunque cada vez menos, tal vez porque muchos de los que hoy se casan han tenido cerca o incluso vivido una mala experiencia de divorcio o separación, bien entre amigos, en el seno de su familia o tal vez ellos mismos. Y la gente, no cabe duda, aprende. A palos, pero aprende.

¿PERO, AL MENOS, VAMOS A MEJOR?

¿Ha cambiado en algo la ley desde que se promulgó? Sí. Además del tratamiento fiscal más equitativo que desde 1998 existe, pongo por caso la nueva redacción del artículo 157 del código civil, que reza: Si los padres viven separados y no decidieran de común acuerdo, el Juez decidirá siempre, en beneficio de los hijos, al cuidado de qué progenitor quedarán los hijos menores de edad. El juez oirá, antes de tomar esta medida, a los hijos que tuvieran suficiente juicio y, en todo caso, a los que fueren mayores de 12 años. La redacción del artículo es reciente (emana de la ley 11/1990 de 15 de octubre sobre reforma del código civil, en aplicación del principio de no discriminación por razón de sexo). Antes, el artículo 159 declaraba sin ambages que, en caso de separación, correspondía a la madre la custodia de los hijos y al padre proporcionar la pensión: así de claro.

La ley se modifica desde los órganos legislativos que la Constitución establece, claro está: pero fue la iniciativa popular (padres separados pidiendo las preceptivas quinientas mil firmas por la calle) la que comenzó a presionar para que se realizara esta necesaria modificación. Tal vez los jueces, continúen aplicando éste artículo bajo la inercia de su anterior redacción, pero lo cierto es que hace ya seis años que cambió la misma, por una más igualitaria y adecuada a los principios de igualdad de nuestra Constitución y que, no obstante, los desequilibrios siguen siendo terribles y el sexismo descaradamente obvio.

¿Tal vez la justicia no haya asimilado del todo que hay un cambio: un cambio importante, que afecta a las vidas de miles de españoles, y que merece todo su esmero y profesionalidad en su aplicación más justa? Lo cierto es que, por mil razones, entre las cuales también se encuentra la falta de recursos, nuestra justicia nunca ha sido especialmente ágil.

En todo caso, las consecuencias, a pesar de que sean más drásticas para unos que para otros, son malas para todos los implicados. Los primeros son los cónyuges, variando el dramatismo de dichas consecuencias en proporción a la forma de separación o divorcio (de mutuo acuerdo o sin él, también llamado contencioso), a la situación familiar (con hijos o sin ellos), al grado de buena voluntad de ambos para hacerlo lo más incruento posible (con frecuencia nulo, de tal manera se acaban crispando las relaciones), y a la capacidad económica de la unidad familiar (o ex-unidad, en puridad de conceptos) y de cada cónyuge en particular.

Aunque el número de separaciones y divorcios sin acuerdo continúan siendo algo superiores a los que se culminan con acuerdo, la tendencia aumenta claramente a favor de estos. Actualmente, la mitad de las separaciones son con acuerdo, frente a una proporción de 60/40 hace pocos años (ver gráfico). Ha sido año tras año que aumentan los realizados con acuerdo… probablemente porque de la experiencia se aprende, y se sabe que es mucho más económico y menos cruento el que la decisión la tomen los cónyuges y no los jueces y abogados. Y, por supuesto, más rápido. (Ver Anexo 1 al final de este Capítulo).

Pero existe algo que acaba con las posibilidades de acuerdo: El revanchismo. A menudo, un cónyuge, muy mayoritariamente la mujer, (porque se sabe más protegida por la ley: no en vano son peticionarias del 75% de las separaciones y del 65% de los divorcios), desea “aniquilar” a su pareja, verla “pedir limosna debajo de un puente” (como yo he oído decir a una), y la lucha subsiguiente es un “tira y afloja” que, ante los tribunales, puede llegar a durar más de cinco años, si contamos los dos años de separación de hecho antes de proceder al divorcio (cuando así se plantee),

En todo caso, el coste de hacerlo sin acuerdo puede decuplicar, incluso, al de una separación o divorcio con acuerdo28. Pero hay quien no mira, en el acaloramiento emocional de una separación, más que la forma de despellejar al enemigo… potenciando el daño y el drama. Y es profundamente lamentable y patético ver a dos “personas” pleiteando durante meses por diez mil pesetas al mes.

Finalmente, cuando los ingresos son pequeños incluso antes de la ruptura de la unidad familiar, al producirse ésta se convierten en ingresos incluso por debajo del nivel de subsistencia, dado que gran parte de ellos se los llevan procuradores, abogados y otros intermediarios y, el resto, normalmente la mujer, dado que es ella la que, en un 90% de los casos se lleva la custodia de los hijos y, por ende, se convierte en perceptora de la pensión, que el otro cónyuge debe pagar. Estas son las situaciones más dramáticas, las que colocan a muchos hombres en los límites de la miseria, e incluso por debajo de ellos… por no hablar de la autoestima y del vínculo emocional roto respecto a sus hijos.

Hay que hacer una distinción fundamental. El mutuo acuerdo no implica que la pareja que proyecta su divorcio o separación se siente a trazar por sí mismos el contenido del convenio regulador y las capitulaciones del régimen económico futuro. Sólo implica que no haya una parte que se oponga a la separación o divorcio, para que, desde ahí, los abogados puedan estudiar un acuerdo apropiado con la colaboración de los dos cónyuges, sin que la oposición de uno demore el proceso, aumente los costos y arañe, tal vez, algo más de lo que se hubiera conseguido con el mutuo acuerdo… pero a mayor costo también. Posteriormente, los jueces sancionarán el acuerdo alcanzado si no es contra ley.

Cabe que ambas partes firmen, sin contar con asistencia legal ni judicial, un mutuo acuerdo, o lo que es lo mismo, un contrato privado celebrado por las dos partes. Su mayor punto débil es que tal acuerdo será más difícil de hacerse cumplir que una sentencia dictada por el juez, y, por lo mismo, mucho más fácil de saltárselo “a la torera”, de no respetar sus compromisos.

Por tanto, lo mejor, dentro de lo malo, es que exista buena voluntad, por parte de ambas cónyuges, para llevar a cabo el proceso de separación sin revanchismos, pero que no dejen de asegurarse que sea un juez el que valide cuales sean las reglas de la nueva relación. Y para eso, los abogados continúan siendo imprescindibles.

¿POR DONDE HABRíA QUE CONTINUAR MEJORANDO?

En general, convendría que los principios de igualdad y no discriminación por razón de sexo (entre otras) que la Constitución consagra se hicieran cumplir a rajatabla, tanto más porque afectan a derechos fundamentales, cuyo reconocimiento expreso y su protección eficiente es uno de los pilares básicos de nuestro estado de derecho y nuestro ordenamiento jurídico.

En particular, esto afectaría por ejemplo al establecimiento de la obligatoriedad de ambos cónyuges a suplir las pensiones alimenticias de los hijos, papel que generalmente queda, en la práctica, reservado al hombre.

Asimismo, el concepto de guardia y custodia se asocia a uno u otro de los cónyuges. Es hora de reemplazarlo por el más constructivo y ecuánime de responsabilidad compartida. Todo lo que contribuya a la igualdad real de ambos miembros de la pareja será un estimulante y justo adelanto, tanto para la pareja como para los hijos.

La igualdad no es sólo un acto social: es un auténtico cambio cultural, que implica no sólo lo que los grupos feministas reclaman (a veces incluso cuando ya hace tiempo que lo tienen), sino otros axiomas que son justos y ciertos y que, sin embargo, no gozan de crédito. Por ejemplo: los padres son tan capaces como las madres de cuidar a los hijos. No hay derecho a que los padres sean los que se quedan en la calle y las madres con los hijos, la vivienda, el ajuar y el dinero.

Interesa también que la ley se muestre igualmente rigurosa cuando se trata del incumplimiento del pago de las pensiones (para lo cual se prevén pernas de cárcel) que cuando se trata del incumplimiento del régimen de visitas reconocido en sentencia (para lo cual la tónica es la más absoluta impunidad para las incumplidoras, un considerable número). ¡Y la Constitución al cuerno!.

Prever mecanismos objetivos para aplicar la justicia de la ley, sin dejar a los jueces la responsabilidad de tomar decisiones de importancia capital para las personas involucradas en procesos de separación o divorcio sobre la base de su criterio personal. La elocuencia de los abogados no puede suplir las auténticas necesidades y realidades de una familia que se fragmenta. O, por decirlo de otra manera, no siempre tiene más razón el que más grita, ni el que mejor habla. Asimismo, interesa una investigación exhaustiva, que determine cual de los ex-cónyuges puede proporcionar a los hijos más cantidad y mejor calidad no sólo de dinero, sino de afecto, equilibrio, seguridad, cultura, oportunidades, etc.

El fiscal y el asistente social puede jugar, en este aspecto, un papel crucial. En un caso de divorcio, cortar por lo sano (es decir, la custodia para la madre porque sí), no es la mejor manera de preocuparse por el futuro de los hijos, y sí representa poner un arma de manera indiscriminada en las manos de las mujeres para poder ser usadas contra los maridos… a costa de los hijos.

Controlar el régimen de visitas en el sentido de liberalizarlo. Esta medida, como las anteriores, pueden servir para consagrar la igualdad que nuestra Constitución preconiza, pero, sobre todo y más esencial, para proteger los derechos de los hijos, que en última instancia deben prevalecer sobre todo lo demás. Los hijos son el leiv motiv de los esfuerzos de todos, jueces y padres.

Hemos hablado de la violencia, y dicho que existen cientos de asociaciones (y de publicidad para fomentar su uso), que protegen a la mujer de la violencia masculina. Es necesario crear, desde los poderes públicos, instituciones que protejan a los hombres y a sus hijos de la violencia femenina… psíquica y física. Hay que derribar barreras: no se puede negar a los hombres necesitados de acogida la entrada a centros de acogida femeninos (como se hace), porque eso es discriminación por razón de sexo, que, en este caso, las hembristas callan.

Es importante que la ley se aplique con celeridad. El retraso en la aplicación de la ley suele ser tan malo o peor como los errores que se comenten en virtud de la misma, y casi tanto como la discriminación que lleva implícita, Por tanto, agilizar la aplicación de la justicia es, en todo caso, una necesidad de nuestro sistema jurídico, perentoria en derecho matrimonial y en cualquier otra rama jurídica. Y, ya que hablamos de ello, conviene pensar en un trato fiscal que sea particularmente clemente con la debilidad sobrevenida tras un divorcio o una separación.

Tal vez es hora de una nueva ley. Una ley más completa en su prevención de las situaciones posibles, en su regulación y en su protección. Una ley que no ponga a los jueces en el compromiso de decidir sobre vida y haciendas sin más criterio que su intuición o los escasos indicios que pueden, en ocasiones, percibir. Una ley que simplifique, por contra, los supuestos actualmente contemplados (separación, divorcio, nulidad… ), así como los procedimientos. Simple, sencilla y justa. Ni más ni menos.

Y, finalmente, lo que es más difícil todavía. La sociedad debe cambiar su mentalidad, olvidándonos de los estúpidos espejismos de libertad indiscriminada, de “glamourización” de formas de hacer y de vivir que se ha demostrado que en nada benefician a quienes las lleva a cabo29. No olvidemos que uno de los semilleros más prolíficos de drogadictos fueron los años felices en que estaba de moda fumar canutos, y que aquella filosofía no ha hecho bien absolutamente a nadie.

Veremos que en EEUU, (y pronto en España), más del 50% de los matrimonios están condenados al divorcio. Socialmente no parece que nadie ponga medios para evitar las consecuencias de algo que tiene tantas posibilidades de producirse y tan grave alcance. Es una auténtica calamidad pública. El Consejo de Familia de América recomienda, entre otras muchas cosas, que la industria audiovisual se abstenga de “hacer apología” de la maternidad fuera del matrimonio, la infidelidad conyugal, los estilos de vida alternativos y la promiscuidad sexual, así corno reconsiderar los medios de popularización de la violencia sexual o la concepción predatoria de la relación hombre y mujer, tal y como se recogen en algunas canciones de moda. Esto puede parecer “carca”, pero no es menos cierto que no hay nada más “carca” que lo progre, a estas alturas de siglo.

El cambio de mentalidad social es el reto más difícil. Se consigue cambiando la mentalidad de cada persona, una a una, y lleva tiempo, sobre todo cuanto que nadie quiere reconocer sus propios errores. Por eso, de esta labor sólo somos responsables en cuanto a nosotros mismos, Es la única (pero valiosísima) labor que nos corresponde. Si esto no termina pronto, acabaremos como todas las sociedades llamadas libres, en donde salir a)a calle es más peligroso a veces que transitar por la selva. Y no solo por que te puedan robar. El asunto es mucho más profundo.

NO SERÁ PARA TANTO

Sí que lo es: 680.000 separaciones y divorcios han mediado en los últimos 12 años30). Se estima que más de cuatro millones y medio de personas se han visto directamente involucradas (contando padres, madres e hijos, pero sin contar familiares y amigos más o menos próximos, que también sufren, con mayor o menor intensidad, la tragedia y sus consecuencias). Sólo en 1994 hubo 79.068 separaciones y divorcios, el 40% del número de matrimonios realizados en el mismo año, y la proporción se estima en el 50% en 1996. En el mismo año 1994 hubo un 10% de matrimonios menos que en 1992, y la cifra continua descendiendo.

En Estados Unidos, desde hace cinco años, uno de cada dos matrimonios que se producen acaban en ruptura. Y nosotros vamos por el mismo camino. Allí parece que el divorcio está remitiendo, y se atribuye al relevo generacional: los hijos de quienes vivieron el divorcio se lo piensan dos veces antes de jugarles la misma mala pasada a sus propios hijos. En estas condiciones ¿qué varón querrá casarse?.

En España, la gente continua divorciándose, eso sí, cada vez más procurando hacerlo sin traumas… y siempre fracasando miserablemente. El balance de los últimos años parece ir compensándose, pero no es así. Aunque puntualmente haya mejoras estadísticas, la insensatez humana no tiene límite, y divorcios y separaciones continúan destruyendo familias y patrimonios, y constituyendo un buen negocio para profesionales de la justicia que, dada la demanda, hacen bien en constituirse oferta. Son las leyes de mercado.

El cuadro posterior es muy ilustrativo: son datos del INE, que reflejan en su primera columna el número de matrimonios, que, como se puede apreciar, está bastante estancado hasta 1989 y en franco descenso (ver porcentajes de la segunda columna) desde entonces, lo que es bastante explicable a la luz de las páginas anteriores. La cuarta columna refleja el número de disoluciones (incluye divorcios, separaciones y las escasas nulidades que aún se vienen produciendo). Salvo un atípico 1992 (fue un año atípico para muchas cosas), el número de divorcios se viene incrementando, pasando a constituir de un 25% de los matrimonios celebrados (año 1988) a un 40% en el 1995. No dispongo de datos más recientes, pero la proyección lleva a un 50% de disoluciones por cada matrimonio en el año 1998.

Matrimonios
Disoluciones
Disoluc vs matrimon
AÑO
Totales % vs a.a % vs pob
Totales % vs a.a

1980
220674 0.59%

1981
202037 -8.4% 0.54%
16362
8%
1982
193319 -4.3% 0.51%
38980 138.2%
20%
1983
196155 1.5% 0.51%
38993 0.0%
20%
1984
197542 0.7% 0.52%
39943 2.4%
20%
1985
199658 1.1% 0.52%
43390 8.6%
22%
1986
207929 4.1% 0.54%
47590 9.7%
23%
1987
215771 3.8% 0.56%
52327 10.0%
24%
1988
219027 1.5% 0.56%
55761 6.6%
25%
1989
221470 1.1% 0.57%
57818 3.7%
26%
1990
220533 -0.4% 0.57%
59538 3.0%
27%
1991
218121 -1.1% 0.56%
67061 12.6%
31%
1992
217512 -0.3% 0.56%
66777 -0.6%
31%
1993
201463 -7.4% 0.51%
72423 8.5%
36%
1994
199731 -0.9% 0.51%
79161 9.3%
40%
1995

82577

total

818.701

Con todo lo dicho, aún no hemos mencionado el impacto en los hijos. Aquellos a quién más queremos suelen ser, en estos casos, aquellos en quienes menos pensamos, y los que más sufren y pierden en estas situaciones extremas. Y también son a quienes menos se escucha en casos de separación o divorcio. No obstante, siempre, siempre, siempre sufren trastornos.

Hay psicólogos que afirman que el sufrimiento de los niños es mayor en el caso de una separación, en el curso de la cual pierden a uno de sus padres (generalmente el padre), que en el caso del fallecimiento del mismo, En el mejor de los casos, esto se transforma en una merma de seguridad en sí mismos, cambios notables en sus modos de vida y afectos, trastornos emocionales… tal vez fracaso escolar y desequilibrios psíquicos de índole más o menos grave. Y el día a día es bastante penoso: “¿Me llevas al zoo o vamos directamente al McDonald’s?”

Contrariamente a lo que mencionamos en el párrafo primero, las estadísticas dicen que los hijos de divorciados tienen mucha mayor propensión al fracaso matrimonial (y a otros fracasos, inestabilidad emocional, inseguridad económica, problemas escolares… problemas, en definitiva, irreparables) que los hijos de familia estable. Dicen también que tres de cada cuatro adolescentes recriminan a sus padres por no haberles tenido en cuenta en el Momento de la ruptura. Cada año en EEUU hay un millón de niños que ingresa en las filas de hijos de divorciados. Pero nosotros seguimos tercamente insistiendo en las desgracias de los niños del tercer mundo, y hacemos muy bien, (y no lo suficiente), pero a los nuestros ¡ni caso!,

Evidentemente, el destrozo es más que considerable para aquellos que más nos importan, pero aún se agrava a medida que transcurre el tiempo tras la separación, tanto más cuanto más traumático sea ese tiempo… lo que escuchan de su padre y, sobre todo, de su madre al respecto del otro progenitor, el descrédito que presencian de ambos, así como su insensatez, la pérdida de referentes y de patrones, cada vez más profunda, el resentimiento lógico contra sus padres, contra el mundo y, finalmente, contra ellos mismos… hasta la violencia que están obligados a presenciar, o el cinismo y sarcasmo de los momentos en que el padre viene a recogerlos para pasar con ellos su sábado quincenal, si es que la madre respeta el régimen de visitas marcado por el juez…

Cito a continuación el artículo que mencioné en el capítulo 3, hablando de la falta de escrúpulos hembrista.

“Muchas madres acuden al pediatra porque sus bebés sufren de inapetencia (..) puede ser uno de los síntomas físicos de una enfermedad mucho más grave: la depresión infantil. Una enfermedad cuyo incremento observan los especialistas en las sociedades modernas (…) es un niño irritable, patalea sin control, agresivo incluso con sus padres, grita y duerme muy mal. En fases sucesivas, el bebé sigue desconectando de su medio habitual, pasa a estar aletargado, con una mirada vaga, sin fijarla en ninguna parte y ya ni siquiera gimotea. Finalmente, si pasa más tiempo, su situación se deteriora totalmente y el pequeño cae en un estado de consunción física y psíquica que le puede conducir a la muerte en casos extremos. (…) … el origen (de la enfermedad) se sitúa en un ambiente negativo para el normal desarrollo de su personalidad (…) suelen empezar cuando existe una mala relación entre sus padres, o porque falta la madre o se rompe el vínculo con ella (…) uno de esos ambientes son los hospicios, donde los niños abandonados padecen una carencia afectiva severa (…) otros profesionales apuntan a las guarderías, que es el instrumento social moderno y progresista de la institucionalización precoz del niño. Estas escuelas infantiles pueden provocar lo que se llama abandonismo”.

Sólo añadir que se trata de bebés, quienes tan a menudo nos parecen afortunados por no tener edad para “darse cuenta” de lo dramático de las situaciones provocadas antes, durante y hasta después de una separación. Y apostillar que, a medida que la ciencia avanza, se descubre cada vez más importante la relación prematura del niño con el padre (que ya está probado que no sólo es fundamental a partir del primer año de vida, sino, afirman opiniones expertas, desde el propio embarazo de la esposa).

He oído comparar un divorcio o una separación con un disparo en la cabeza de los niños. En algunos casos quizás hubiera sido mejor para ellos. Puede que una separación no produzca la muerte física en los hijos, pero hay tantas cosas que mueren emocionalmente en ellos que acepto la exageración del símil. Y se puede disparar en la cabeza bien o mal, con buena puntería o con mala, con un calibre grande o pequeño… pero por muy bien que se haga, el asunto no deja de ser por ello un auténtico y completo desastre, y por lo deliberado, hasta una suerte de asesinato, si llevamos el símil al extremo. Lo auténticamente triste es que, posiblemente, aún esto sea para ellos mejor que soportar la convivencia irreconciliable y violenta de sus padres.

En el capítulo de las consecuencias, podría estar escribiendo horas. Ignoro si conseguiría sustraerme del dramatismo y la miseria asociadas a las situaciones de separación y divorcio. No quiero ni averiguarlo. Hay cientos de testimonios, uno por cada persona de esas cerca de 819.000 familias que han sufrido separación o divorcio entre el año 81 y el 95, y que a la vista de la tendencia estadística, deben ya superar el millón. Uno por cada una de esas siete millones31 de personas que han padecido de cerca uno de esos casos, en la persona de sus hijos o de sus padres.

A ellos me remito, y dejo al lector, que los valore por sí mismo, en la seguridad de que conoce, no uno, sino varios testimonios de separación. Y apuesto cien contra uno a que ninguno de ellos es agradable. Por mi parte, intentaré ser muy breve describiendo algunos especialmente ilustrativos, con el único objetivo de dar al lector una base para una sólo moraleja: será en los próximos capítulos.

EL DIVORCIO DE CAPRICHO

Para explicar este punto, permítame el lector un paréntesis histórico. Claramente, el divorcio nació para y vino a ofrecer a algunas parejas una puerta abierta ante una situación angustiosa de convivencia. A partir de ahí, cada vez más se opta por cruzar esa puerta por razones menos importantes y de peso que las que motivaron su creación. A veces, una pequeña incompatibilidad, una futilidad, ya lo provoca: no se pone a prueba la convivencia, ya que la salida del divorcio es tanto más fácil.

No se hace ningún esfuerzo por superar los problemas: directamente se obvian con un divorcio. Realmente no estoy a favor de perpetuar situaciones de convivencia dramáticas, que probablemente no tengan solución de todas maneras, salvo de continuidad. Pero sí estoy en contra de utilizar el divorcio como el que fuma un cigarrillo, como también lo estoy en contra del uso del aborto como anticonceptivo. Creo que hace falta ser más responsable, y que las precauciones nunca están de más.

De todos modos, ya hemos hablado de crisis de valores, del hembrismo, del contexto social poco halagüeño… ¿cuán realista es, por tanto, apelar a la responsabilidad de la gente? No lo sé. Sin embargo, aunque parezca una solución muy remota, es la conciencia de la responsabilidad individual y siempre una sólida formación, (no necesariamente educación académica) lo único que permitirá que el matrimonio vuelva a convertirse en una institución estable, si es que a ello vamos. De lo contrario, la institución, carente de vigencia, debe, necesariamente, desaparecer, para evitar males mayores. La Conferencia Episcopal en un país nominalmente católico como España, afirma por medio de su portavoz, que la situación es insostenible y más que preocupante, es alarmante. Ellos ya han dado la voz.

Como colofón de lo dicho, quiero dedicar unas líneas a aquellos otros que, sin ser cónyuges separados ni hijos de estos, sufren como consecuencia de tal situación. Se trata de sus familiares, padres, madres, tíos y tías e incluso amigos, que ven ante sus ojos hundirse a sus seres queridos, y que sufren intensamente, contemplando la caída sin poder hacer nada. A algunos de ellos se les impedirá tener acceso a sus nietos, como se le impedirá a su padre. Otros no podrán volver a saludar a un familiar político que aprendieron a apreciar. La guerra se trasmite irracionalmente a los miembros escolta de uno u otro bando, y estos abuelos, tíos y amigos se ven, además, involucrados en una cruel batalla en la que se les ha obligado a tomar partido, y no siempre el que saben más justo. No salen de su estupor al contemplar estas frivolidades, en asunto tan serio y grave y con tan tremendas consecuencias.

En realidad, si a alguien dedico especialmente este libro, es a ellos.

CAPÍTULO VII

MÁS SOBRE LOS PADRES Y LOS HIJOS

En nuestro país, el hecho de que los padres (varones) e hijos sufran a consecuencia de las actitudes de las madres antes, durante y después del divorcio es algo que está completamente silenciado, en tanto que el sufrimiento de las madres e hijos por causa de los padres es noticia de primera plana, casi a diario, de la mayor parte de las publicaciones en informativos de radio y televisión… y un machacón, constante, monótono y tenaz tema de conversación en las tertulias, que en radio y televisión, no parecen hablar de otra cosa: cada mañana y tarde, los horarios de mayor audiencia femenina, las distintas emisoras de TV, y radio se plagan de un asombroso número de coloquios y tertulias que pretenden vender feminismo aunque en realidad suelen no vender más que hembrismo, y que acaban por aturdir al telespectador, a fuerza de machaconería.

Es lógico. Como ya mencioné, en España apenas hay alguna asociación de hombres (sólo conozco una, de padres de familia separados, y tal y como la percibo, tan sólo es un germen de lo que debiera llegar a ser, dado el alcance del problema y la necesidad de su existencia). En España sólo hay asociaciones de mujeres, que están especialmente interesadas en que salgan a la luz el segundo tipo de noticias y de silenciar el primero.

En Estados Unidos la cosa ya comienza a cambiar. Hay ya organizaciones de Padres (hombres), que velan por los derechos de los hombres (divorciados o no) y de sus hijos. Las que he conseguido localizar no llegan a ciento veinte, en un país de 260 millones de habitantes, (muchísimas menos de las que hay sólo en Madrid dedicadas a mujeres). Algo es algo. Lo importante no es el número, sino la calidad de las mismas. Y lo que es aún más importante es que su actividad empieza a sensibilizar al gran público del problema de los padres y de los hijos. Empiezan a elaborarse estudios sociológicos con auténtico rigor estadístico sobre el tema. Este capítulo reincide en lo dicho en las páginas anteriores, pero toma como base datos estadísticos Y testimonios de personas… en Estados Unidos, dada la carencia de información al respecto en nuestro país.

El doctor Jerome Shapirio, en su libro “The measure of man” (1993) llega a una conclusión de tremendo alcance: Para los hijos, no es tan dura la muerte del padre como su ausencia por separación. Los hijos varones (entre los que se realizó el estudio) cuyos padres (varones) murieron tienden a adaptarse mejor que aquellos cuyos padres faltan a consecuencia de una decisión como el divorcio.

“Un factor crítico en ello es que la madre puede tener recuerdos muy positivos de su esposo fallecido, y le hablará de él a sus hijos con frecuencia. Ello ayuda a crear una imagen simbólica positiva del padre que, parcialmente, compensa su ausencia física”.

EL DELITO MATERNO

Siendo esto así, ¿qué clase de delito impune están cometiendo miles de madres cuando, tras la separación, se dedican a malquistar, a hablar a sus hijos mal sobre su padre, a predisponerles en contra, a hacerles creer que ya no les quiere y que les ha olvidado?… hay miles de desaprensivas así, Están a la vista, en nuestra experiencia diaria y es posible que usted conozca a más de una, aunque tal vez con usted muestre un rostro distinto.

Por favor, le ruego, lector, que se fije más en ello, y que no tome partido a tontas y a locas, porque su contribución en esto es casi la complicidad de un delito. No juzgue engañado y sin tener toda la información y, sobre todo, no piense que tales mujeres tienen un rostro de bruja y caras de malas… a usted le brindarán su mejor aspecto de inocencia, su mejor gesto de compunción y todo su falso victimismo, porque buscan la legitimación social de sus barbaridades y cuentan con usted para ello.

¿Y los padres? En este país nadie les escucha. Probablemente se limitan a sacar pecho y a tragarse el “marrón” solitos. Pero les pido que lean los fragmentos de testimonios de otros padres, en EEUU, cuyos sentimientos yo he presenciado en padres españoles que no han encontrado oídos para escucharlos ni medios para poder difundirlos. Y esta carencia no es de las menos dolorosas que han de sufrir los padres, hasta que estas cosas estallen en las manos que tan mal las manejan y se produzca después el consabido parche posterior al desastre.

Durante un periodo de unos dos años tras mi divorcio, me era extremadamente difícil mantenerme en contacto con mi hijo, El hecho es que era un bebé… y además, alejado geográficamente… lo que hacía imposible hablar con él por teléfono, de modo que la única manera de saber algo de él o de su bienestar era hablar con mi ex. Cada vez que lo intentaba… recordaba constantemente todo lo que fue mal en nuestro matrimonio. Incluso aunque mí motivación al contactar con ella era estrictamente hablar de nuestro hijo… ya que no podía mantener una conversación con él. .. la conversación se tornaba inevitablemente tan dolorosa que comencé a evitarla por completo, menudeando mis tentativas de llamar. Alternativamente, la única vez que ella me llamó a mí me sentí tan frustrado e iracundo que no fui capaz de hablar con ella.

Ella aún va diciendo a todos que no tengo ningún interés en relacionarme con mí hijo (ahora tiene cinco años). Aún me hace las conversaciones telefónicas tan desagradables como puede. Me gustaría saber por qué. Pero ahora, ya que mi hijo es lo suficientemente mayor como para hablar por teléfono, puedo llamar mucho más y limitarme a preguntar por él, en lugar de tener que hablar con ella sobre él. Aún es desagradable que se ponga ella, pero puedo llamar con mucha más frecuencia, e imagino que podré hablar más y más con mi hijo a medida que vaya creciendo. Es fundamental para mí. Sí tan solo ella hubiera obviado toda su amargura contra mí y se hubiera limitado a hablarme de la maravilla que es nuestro hijo… Si hubiera podido llamar y escuchar sólo qué tal estaba el niño, cómo le iba, en lugar de ser acosado acerca de desacuerdos que tuvieron lugar tiempo atrás… si tan Sólo hubiera podido hablar con mi bebé…

Sin embargo, todo el mundo sabe que la única manera de hablar con un bebé es con los ojos.

¿Con qué derecho se arrogan algunas “madres” el derecho, no ya de privar a un padre de sus hijos, sino el de cometer el crimen de privar a un niño de su padre? ¿De verdad no conoce ningún caso como éste?.

Desde que aquel hombre entró en mi ex hogar, un nuevo mensaje del contestador automático grabado por la madre de mis hijos te suelta, al llamar, algo así:

“Este es el hogar de Sara, Joseph, Tim y Betty…”
Estos cuatro nombres (cambiados para preservar el anonimato del testimoniante), son mis dos hijos, su madre y un señor que se mudó allí justo al ano de nuestro divorcio, Cada vez que yo llamaba a mis hijos, tenía que escuchar esta “exhibición ” del nuevo estado de cosas, ante lo cual acabé por no dejar mensajes para los niños. Incontables veces, posteriormente, los mensajes que dejaba para ellos en el contestador automático no les eran transmitidos posteriormente.

El uso de mis hijos para dañarme a mí era en ocasiones estremecedor, y yo me tenía que limitar a escuchar a mis amigos recordarme que nada puede reemplazar a un padre. Y es cierto que así es. Es un lazo único y poderoso, y una gran parte del tipo de acoso que hube de soportar pudo sobrellevarse con la ayuda de miembros de mi familia, que contribuyeron a restarle importancia, o por un asistente social nombrado por el juzgado para asegurar una mejor comunicación”.

Desgraciadamente, en España, los asistentes sociales no se dedican a esta labor, ni los jueces les comisionan para ello, Sólo intervienen en casos muy drásticos, de daños físicos contra los hijos y similares.

Cuando me marché, tenía grandes planes sobre cómo debía funcionar aquello. Preveía encontrarme con mis hijos y pasar juntos excelentes momentos, y disfrutar. Lo que sucedió en realidad fue que acabé alejándome cada día más de ellos.

Incluso con un régimen de visitas amplío, sin fechas fijas ni supervisión, es increíblemente difícil llevarlo a la práctica. Me siento en casa, pensando en ellos, todos los días y todas las noches. Hago ademán de descolgar el teléfono, pero acabo por no hacer la llamada, Más o menos una vez por semana, reúno el valor suficiente como para llamar, sólo para encontrar con que mis hijos están a menudo ocupados el día en que pretendo hacer la visita. Este fin de semana, el mayor había “olvidado” a su padre, así como decirle a su madre que yo le iba a visitar. Cuando llamé para verificar si había surgido algo que me fuera a estropear el plan, descubrí que no había nadie en casa.

Todos los sentimientos de culpa derivados de haber salido del que fue mí hogar afloran cuando estoy con ellos, Sudo como sí estuviera incubando fiebre, y temo a quien encontraré mientras que intento mantener la normalidad de sus vidas, acabo por llorar incontroladamente cuando vuelvo a mí casa después, Les veo crecer al menos a mi, tanto más cuanto que la gente a su alrededor trata de sustituirme… y se diría que en algunos aspectos lo han conseguido. A veces, me pregunto ¿para qué todo esto?… Yo ya no formo parte de sus vidas… Mi ex les ha dicho que ya no soy su padre, y que ya no tienen por qué escucharme u obedecerme. La última vez que les visité intentamos construir una cometa juntos, que no pudimos acabar porque mi ex y su novio estuvieron merodeando todo el tiempo, impacientes de que acabáramos para poder marcharse ellos. Finalmente, sucumbía la presión. Y eventualmente, mis visitas han quedado limitadas a unas pocas horas en el McDonald’s, porque no pueden venir a mi casa. Y no pueden porque mí ex-mujer les ha convencido de que no están preparados para conocer a mi novia. Pero podría apostillar diciendo que pese a toda mi ansiedad, continúo pagando la pensión de alimentos de mis hijos cada mes.

En contra del panorama de padres desentendidos y pasotas, descuidados de sus hijos y de su educación que nos quieren metódicamente vender en nuestro país, nadie parece haber encontrado padres como los que describe estos ejemplos. ¿Casualidad? ¿No existen acaso? Nada de eso. Es que esta propaganda no interesa a los privilegios legales y sociales de que disfruta la mujer. Cuando salgan a la luz casos como estos, cuando la sociedad se vaya sensibilizando con ellos, tal vez muchas asociaciones feministas se lleven las manos a la cabeza por haber contribuido a condenar al ostracismo a tantos hombres que se han visto, como en casos similares a los de estos testimonios, separados de sus hijos por la conducta de sus madres… demasiado tarde: entonces ya habrán perdido la credibilidad que nunca merecieron.

Cuando nos divorciamos, el torbellino emocional era tan grande que pensé que me iba a morir. Siempre me he considerado un superviviente a prueba de bomba hasta que me separé de mi familia.

No pude soportar el dolor reiterado de los encuentros con la madre de mis hijos; literalmente hube de retirarme en una casa de retiro de una comunidad religiosa. Durante tres semanas no tuve contacto con mis hijos. Y no lo hice por mí, sino para intentar eliminar la rabia que tenía hacia su madre, para poder ser un padre decente para mis hijos.

Las consecuencias siempre están ahí. Su alcance es mayor o menor, con muchísima más frecuencia de la que se reconoce, dependiendo de la crueldad de la madre a la hora de separar al padre de los hijos. Unas veces lo consiguen por medios directos, como es el caso anterior, en el que este padre sencillamente se angustiaba y llenaba de ira cada vez que hablaba con su ex-mujer, otras influyendo insensatamente a los hijos en contra del padre, y otras dándoles un grado de permisividad tal que dejan al padre la tarea de corregirlos y de convertirse en “el malo”, frente a la mamá “buena” que, además, boicotea egoístamente cualquier labor del padre que pueda contribuir a la correcta educación de los niños, con lo que los hijos acaban por no querer ver al progenitor que más les disciplina, dado que, por lo mismo, les limita sus caprichos. Es el caso siguiente.

Me sentí muy distanciado y muy menospreciado durante muchos años, incluso aunque la madre de mi hija la animaba a verme. Pero a mí no me gustaba sentirme obligado a apoyar la actitud malcriada de mi hija, y a ella no le gustaba que le dijeran que estaba malcriada, así que, durante unos años de su adolescencia, no la vi con mucha frecuencia, Lo peor de todo era que el dinero que yo ganaba era utilizado para malcriarla sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo.

Mi ex me pidió que pagara las clases de equitación de mi hija y el alquiler del caballo full time. Mí problema no era con las clases per-se, sino con la actitud de mi hija, que creía tener derecho a una vida de lujo independientemente de cual fuera su comportamiento.

Esa actitud continuó hasta tener consecuencias más graves, Mi hija tiene dos tarjetas de crédito con un pequeño saldo que no cubre, habitualmente sus gastos (ella no trabaja, ya que está estudiando en la universidad). Creo que los hijos también necesitan educación sobre la forma de emplear responsablemente el dinero, máxime cuando no es el suyo.

Afortunadamente, mi hija ha madurado algo en los dos últimos años, así que estoy proporcionándole una asignación, pero advirtiéndole de las consecuencias de no emplearla adecuadamente. Su madre me pide que pague más dinero del necesario para su escolarización sea cual sea el comportamiento de mi hija, con lo que todo mí esfuerzo por concienciarla de la importancia de gastar adecuadamente se va al garete.

Un ejemplo más de la aportación hembrista al desastre de tantas familias.

Las consecuencias del delito y de las leyes discriminadoras a favor de la mujer.

Londres (Reuters) – Los niños de padres divorciados sufren problemas a lo largo de toda su vida, tienen peor rendimiento escolar que los retoños de parejas que han permanecido juntas y muestran trastornos de comportamiento, según reportan el pasado Domingo científicos Británicos. Es una noticia emitida en Internet.

Martin Richards, del Centro de Investigación Familiar de la Universidad de Cambridge, dice que la edad de los niños en el momento de la separación de sus padres es un factor muy importante. Los más afectados son los que están entre los 12 y 15 años, así como los que están en edad preescolar (menos de seis años32). Manifestó a la Sociedad Psicológica Británica que el divorcio trae muchos trastornos y alteraciones emocionales a los niños. Richards y sus colegas han basado su estudio en una muestra de 17.000 niños Británicos, Estadounidenses y Neozelandeses nacidos en una semana específica de 1958:

  • Apreciaron que los niños de padres divorciados, por lo general, abandonan antes el hogar familiar y crean sus propias familias antes que los hilos de familias “intactas”.
  • Las chicas de clase media son las más afectadas, según este estudio. Tenían un 45% de probabilidades de contraer matrimonio antes de los 20 años, mientras que las que proceden de hogares unidos sólo tienen un 15% de posibilidades.
  • “Hay algo específico y especial sobre los divorcios”, expresó en una reunión en Warwick. “1a autoestima de los niños tiende a bajar”.

Richards declaró que la mediación durante el divorcio y la asesoría ínfantil podría ser de gran ayuda.

Este no es un estudio aislado. Al contrario, tiene algo en común con otros estudios: sus conclusiones.

Desde la Universidad de Stanford, Marty Dart escribe:

Tal vez si presionamos al Gobierno para que proteja los derechos de los padres además de los de las madres, que ya protege, más niños pueden beneficiarse de la especial relación de DOS padres que cuidan de ellos y están activamente involucrados en sus vidas. Veamos algunas estadísticas que muestran los efectos de la AUSENCIA del padre, tal y como se reflejan en casi el 22% de los hogares americanos en los que no hay padre.

  • 63% de los suicidios juveniles proceden de hogares sin padre (fuente: Oficina del Censo US).
  • 90% de todos los niños vagabundos y sin hogar proceden de hogares sin padre.
  • 85% de todos los niños que muestran desórdenes de comportamiento proceden de hogares sin padre (fuente: Centro de control de Salud).
  • 80% de los violadores que actúan a consecuencia de rencor diferido proceden de hogares sin padre (Fuente: Justicia Criminal y Comportamiento, volumen 14)
  • 71 % de todos los fracasos universitarios vienen de hogares sin padre (Fuente: Informe sobre Universidades de la Asociación nacional de Rectores).
  • 70% de los jóvenes en instituciones estatales proceden de hogares sin padre (Fuente: Departamento de Justicia, Informe especial de Sept. 1988)
  • 85% de todos los jovenes que cumplen condena en prisión crecieron en hogares sin padre. Fuente: (Texas Dept. de reinserción, 1992).

Estas estadísticas implican que los niños que proceden de hogares sin padre tienen:

  • 5 veces más probabilidades de suicidarse.
  • 32 veces más probabilidades de escapar de casa.
  • 20 veces más probabilidades de tener trastornos de comportamiento.
  • 14 veces más probabilidades de cometer violaciones (esto en caso de chicos, claro está).
  • 9 veces más probabilidades de abandonar los estudios universitarios.
  • 10 veces más probabilidades de abusar de las drogas.
  • 9 veces más probabilidades de acabar en una institución estatal.
  • 20 veces más probabilidades de acabar en prisión.

La señora Goodmans intenta apoyar las leyes que mejorarían las condiciones de vida de los niños de nuestro país. Los hechos concluyen que lo que los niños necesitan es un padre en sus vidas, además de la madre. Tal vez si la energía de esta empresa se dirigiera a educar a los juzgados de familia que conceden la custodia a la madre en más de un 90% de los casos, podríamos ver mejorar los resultados que la señora Goodmans pretende.

Como padre que ha luchado duramente y desde hace tiempo por la custodia conjunta de sus hijos, encuentro el artículo de la señora Goodmans (que lamento no poder reproducir, así como tampoco sé el periódico en que se publicó33) ofensivo y alarmante. Me siento profundamente herido ante las insinuaciones que artículos de este estilo hacen de mi carácter. He sido agredido en mis derechos legales por los mitos que se propagan de semejante manipulación. Me gustaría que periódicos como el suyo dejaran de ofrecer espacio a periodístas irresponsables que perpetúan estos tipos de burdas distorsiones de la verdad.

Anecdóticamente, tengo la enorme sensación de conocer el tipo de manipulación a que se refiere el autor de esta carta, y de la que es responsable la tal señora Goodmans. A ella me he venido refiriendo en este libro repetidas veces, y si bien de ser así (que lo creo), yo podría suscribir el contenido de esta carta, en este momento lo que me interesa es destacar lo dramático de las estadísticas con que la documentan, que por lo demás se corresponden bastante con las obtenidas en otros estudios y otras fuentes (salvando, claro está, las distancias de la metodología empleada en cada cual).

Como el de Judith Walierstein en 1971, que coincide sustancialmente con las conclusiones antedichas, pese a la distancia en el tiempo. En general todos coinciden en que el divorcio añade muchas cargas adicionales al niño, que se suman a las que ya tiene por el mero hecho de crecer y desarrollarse, toda vez que su desarrollo y capacidad de relación posterior con los demás son deficientes en su edad adulta. Aunque pueda parecer muy obvio, de la manera que actúan muchas madres y tal y como ratifican las leyes vigentes, parece que nuestra sociedad se toma este aspecto del desarrollo de nuestros hijos por el “pito de un sereno”.

Es hora de que nuestra sociedad reaccione contra esta flagrante injusticia, contra los hijos y contra los padres varones, y que castigue severamente las actitudes de aquellas mujeres que la propician, como aquellas que influyen negativamente en la imagen que los hijos tienen de los padres o que obstaculizan el ya magro régimen de visitas a que ambos, padres e hijos, tienen derecho, Y es hora de prever incluso penas de privación de libertad o pérdida, al menos parcial, de la custodia por estas causas. Y es hora de articular los mecanismos objetivos para detectar y probar estas conductas en lugar de que sean “tu palabra contra la mía”, con la desgracia adicional de que la presunción de credibilidad se decante más a un lado que al otro.

Volviendo a los efectos de las separaciones, otros datos pueden completar esta información. Por ejemplo, Barbara Whitehead, en Atiantic Monthly Vol 271, de Abril de 1993, manifiesta:

Los niños que están bajo la custodia de un sólo cónyuge están más expuestos a daños físicos y a raptos por parte de sus padres. ¿Y a quién puede extrañarle?

Y continua:

Los estudios más clásicos encuentran que el efecto de un divorcio es menor en niñas que en niños. Los más recientes, por el contrario, demuestran que esto se debía a que los efectos latentes pueden permanecer ocultos durante años y aflorar sólo en la post adolescencia en el caso de las chicas. Según lo cual, las hijas de padres separados tienen:

  • 53% más probabilidades de casarse en edad adolescente.
  • 111 % más probabilidades de tener niños en la adolescencia.
  • 164% más probabilidades de ser madres solteras.
  • 92% más de probabilidades de divorciarse en caso de casarse.

Otros estudios son más específicos en los efectos puramente psicológicos de los niños que viven estas circunstancias.

He aquí algunos de dichos efectos asociados a desplazar al padre a la posición de mero visitante en la vida del niño:

“Basado en nuestra experiencia clínica con niñas en edad de latencia y adolescencia cuyos padres se divorciaron durante los años de Edipo, postulamos que hay patrones comunes que emergen en respuesta a la ausencia del padre, que pueden complicar la consolidación de la identificación positiva femenina en muchas niñas, lo que es observable en los años de la latencia34.

  1. Existe ansiedad causada por la separación.
  2. Existe alternancia entre el reconocimiento y la negación de sentimientos asociados a la pérdida del padre.
  3. Existe una identificación con el objeto perdido.
  4. Existe un deseo objetivo de varón.

Un estudio anterior de Kalter y Rembar (Universidad de Michigan) muestran tres problemas concurrentes:

  • 67% de niñas con problemas psicológicos (definidos como ansiedad, tristeza, melancolía prolongada, fobias y depresión)
  • 56% con notas mediocres, substancial mente por debajo de su talento o su rendimiento anterior.
  • 43% de agresividad hacia los padres.

En el subgrupo de niñas en edad de latencia, el orden de los resultados era el mismo y sólo los porcentajes variaban en no más de 5 puntos porcentuales por debajo de los expuestos.

En suma, un 30% de las niñas del presente estudio han experimentado un marcado descenso en su rendimiento académico tras la separación, factor que continuaba siendo evidente tres años después de que esta tuviera lugar.

Hago aquí un inciso, para destacar la conclusión de este estudio, que comparto:

El factor preventivo más eficaz es el acceso a ambos padres, asociado a la buena reacción académica apreciada en éstos casos. Adicionalmente, los datos revelan que los progenitores sin custodia (normalmente los padres) eran muy influyentes en el desarrollo de sus niños. Estos datos también apoyan la tesis de que cuanto más tiempo pase el niño junto al progenitor que no detenta su custodia, mejor será la readaptación global del niño.

Del estudio observaciones clínicas sobre las interferencias de la ausencia del padre en edad temprana en la consecución de la feminidad (Lohr, Mendell y Riemer – 1989).

Otro estudio, de Rynard, publicado en el periódico de la Asociación Científica Americana de Ortopsiquiatría, en 1990 se ratifica en cuanto a los efectos continuados y diferidos de una separación en las niñas.

En tanto que en su mayoría los adolescentes de hogares recién deshechos resultaron más afectados por el divorcio de sus padres, hay evidencias de que existen efectos a largo plazo procedentes de rupturas anteriores. muchachas adolescentes que han experimentado el divorcio de sus padres cuando tenían menos de seis años o entre seis y nueve años muestran tener problemas de alcohol o drogas en proporciones mayores a las de las chicas procedentes de hogares íntegros. Además, en aquellas cuya experiencia del divorcio de los padres tuvo lugar antes de los seis años, era mucho mayor la tasa de absentismo familiar que en los casos de niñas procedentes de hogares íntegros o de aquellas cuyos padres se separaron cuando ellas contaban entre seis y nueve años.

Y un artículo de Octubre de 1990 publicado por la misma revista científica y firmado por Frost y Pakiz añade:

En muestras estadísticas de mujeres adolescentes y adultas, el divorcio de los padres ha sido asociado con una menor autoestíma, mayor precocidad sexual y actividad sexual, mayor comportamiento asimilable al delictivo y mayor dificultad a la hora de establecer relaciones heterosexuales gratificantes y estables en la edad adulta. Es especialmente destacable apreciar que en estos estudios el divorcio tuvo lugar años antes de observar ninguna anomalía en el comportamiento.

En el momento de la separación, cuando el padre (normalmente) se ve obligado a dejar el hogar familiar y pierde progresivamente involucración con sus hijos en los años subsiguientes, parece que es cuando las chicas experimentan la pérdida emocional del padre egocéntricamente manifestada como un rechazo de él hacia ellas. Siendo más común entre edades preescolares y los primeros años de la elemental, hemos observado este fenómeno en los años posteriores de la escuela elemental y en adolescentes Jóvenes. En este caso, la continua falta de involucración se interpreta como un rechazo continuo por parte del padre. Muchas niñas atribuyen este rechazo a no sentirse suficientemente guapas, cariñosas, atléticas o inteligentes como para complacer al padre e interesarle en mantener contactos frecuentes y regulares.

Finalmente, aquellas niñas cuyos padres se divorcian pueden crecer sin la experiencia diaria de interactuar con un hombre que es atento, solícito y cariñoso. El sentimiento continuo de ser evaluada y amada como mujer es un elemento especialmente determinante en el desarrollo de la convicción de que una es, en efecto, una mujer digna de apreciación y amor. Sin esta fuente constante de alimentación, el sentimiento de una niña de ser valorada como mujer no parece cuajar.

Aún más: Rebeca Drill, de la universidad de Harvard, escribe:

Dado que el divorcio es un proceso, y no un acontecimiento aislado, sus efectos pueden ser acumulativos, por lo que la intervención temprana es por tanto beneficiosa.

La involucración continua del padre que no ostenta la custodia en la vida del niño resulta crucial a la hora de evitar un intenso sentimiento de pérdida en el niño… La importancia de la relación con el padre que no custodia puede tener también ímplicaciones para aspectos legales de la custodia y el régimen de visitas. Los resultados de este estudio indican que los acuerdos en los que ambos padres están igualmente involucrados con el niño son los óptimos. Cuando este tipo de acuerdos no son posibles, la relación continua del niño con el padre que no custodia continúa siendo esencial.

Otros estudios son coincidentes en estas apreciaciones, particularmente las vinculadas a la pérdida de autoestima del niño en casos de extrañamiento del padre.

Un monográfico de la doctora Joan Kelly, concluye:

Las mismas teorías del desarrollo y las relaciones ya deberían habernos alertado a los profesionales de la salud mental sobre el potencial inmediato y las consecuencias de largo alcance que tiene para un niño el hecho de ver a su padre solo cuatro días al mes. Y no obstante, hasta hace poco, no había ningún estímulo específico para considerar acuerdos post-divorcio que contemplaran esta realidad, a pesar de la evidencia creciente de que las relaciones tras el divorcio no eran lo suficientemente satisfactorias o estabilizantes para muchos niños y padres.

Hay también evidencias de que en nuestros esfuerzos bienintencionados de salvar a los niños de la ansiedad y la confusión durante el periodo inmediatamente posterior a la separación, y mediante las leyes que regulan los conflictos de divorcio, hemos creado la base de síntomas más ominosos aún, de ira, depresión y un profundo sentimiento de pérdida al privar al niño de la oportunidad de mantener una relación plena con cada padre.

Para terminar con este capítulo, transcribo fragmentos de una conferencia que, sobre estos temas, pronunció el Gobernador Wilson, de Georgia, sobre las raíces de la delincuencia y el deterioro social:

… “Sí preguntan a un hombre por qué trabaja, él sacará su cartera y les enseñará las fotos de su familia. Esta motivación se ha debilitado incluso para aquel 50% de la población que aún conservan intactas sus familias. Los varones han perdido confianza en que la sociedad les quiera más como cabezas de familia que como proveedores de sus ex-familías. Esto es lo que oyen muchos hombres cuando escuchan al presidente Clinton35 decir: “Os encontraremos, y os haremos pagar”.

A muchos hombres aún les gustaría ser padres, pero nuestra sociedad les está dando escasas seguridades de poder tener familias, de que podrán extender sus cheques para proveer para sus familias en lugar de subsidíar a ex-esposas y pagar otras cosas como jueces y burócratas.

Un juez tratará un caso de divorcio por la mañana y pondrá a los niños bajo la custodia de la madre. Tratará un caso criminal por la tarde y enviará a un hombre a prisión por robar una tienda de bebidas alcohólicas. Las probabilidades son del 75% de que el criminal que acaba de enviar a prisión creciera en un hogar cuya custodia correspondía en exclusiva a una mujer, justo el tipo de hogar que él ha creado por la mañana cuando sentenció el caso de divorcio. Y no alcanzará a ver ninguna relación entre los dos casos, a causa de la diferencia de tiempo entre la causa y los efectos. Los niños que ha colocado bajo la custodia de la mujer tal vez fueran bebés que no han robado aún una tienda de bebidas o tenido hijos ilegítimos… pero ellos crecerán, y se convertirán en adolescentes, chicos capaces de cometer crímenes de violencia, chicas capaces de tener hijos ilegítimos ( … )

( … ) Lo que contaba era el tremendo aumento de divorcios y de hijos ¡legítimos hacia mitad de los sesenta, unido al sesgo anti-varones de los juzgados de familia, que transformaban de un plumazo hogares con un cabeza de familia varón en hogares con una cabeza de familia mujer. Los juzgados que colocaban a los niños en esta situación esperaban poder obligar a los padres a quienes habían exiliado a subsidiar la familia que ellos mismos habían destruido, pagar por criar a sus hijos en hogares dirigidos por mujeres, en los que ellos sufrirían probablemente más abusos, negligencias, y confusión social y sexual. Y además, les encantaría poder culpar a los padres de su propia inepcia a la hora de crear una alternativa a la familia.

El sistema del bienestar es igualmente responsable de subsidiar (y por tanto de crear) hogares con mujeres como cabeza de familia. Al igual que los juzgados de familia, los burócratas del bienestar quisieran hacer que los padres biológicos pagaran. Fracasaron en comprender lo que Margaret Mead explicó, que ser padre no es un asunto biológico, sino una creación social. Sí estos padres exclusivamente biológicos tienen que pagar, también deben convertirse (o se les debe permitir continuar siendo) padres reales, en el sentido que habla Mead, hombres con un rol igual al que les ha sido arrebatado a los ex-maridos por el juez que sentenció su divorcio: necesitan una motivación más válida que el “os encontraremos y os haremos pagar”.

Esta última motivación es evidentísimo que no puede hacer padres de verdad. Los padres de verdad requieren ser creados, como dice Mead, por la sociedad. Nuestra sociedad está haciendo lo contrarío -destruyendo millones de padres a través de los juzgados de familia y el sistema de bienestar. ( … ) La debilidad biológica del rol de padre no es razón para arrojarlos fuera de la familia, sino para reforzar su rol en ella.

Puede que no sea políticamente correcto, pero yo comparto una gran mayoría de estas opiniones, Creo que es lo justo para padres e hijos. Lo contrario es mantener una situación de privilegio en las mujeres que no solamente no beneficia a los padres y a los hijos sino que, a la larga, también las perjudica a ellas.

CAPÍTULO VIII

REAL COMO LA VIDA MISMA

E. R., recientemente separado, es agredido a palos por parte de un amigo de su ex-mujer, y en presencia de su hija. Si denuncia el caso, será la séptima denuncia que ponga contra su ex-mujer o contra el amigo de ésta. Se trata, en suma, de un nuevo intento de intimidación para que E.R. renuncie a ver y querer a su hija. La ley tiene los reflejos lentos: aun en el supuesto de que denunciara, la reacción sería tan lenta que, antes de verse protegido en su derecho a verla, a mantener contacto con ella, pasarán como mínimo meses, y, entretanto, puede que ¡cuantas palizas más!.

El elenco de casos es sorprendente. Las asociaciones de padres separados tienen toda una enciclopedia documentada de casos así. Los hay a cientos, y de un dramatismo angustioso. Hay madres que desaparecen con los hijos sin dejar conocimiento al padre de su paradero… casos, muchos de los cuales, que a la hora de escribir estas líneas aún permanecen impunes, y algunos que, simplemente, cuentan con el apoyo de la justicia, en una de esas aberraciones legales que no por raras son menos frecuentes.

Pero a menudo la naturaleza repara sus injusticias, como decía George Eliott: también hay hijos que, tras crecer junto a la madre desde pequeños, comienzan a indagar, cuando maduran, las razones de la separación, los hechos, sin las distorsiones con que muchas madres les han lavado el cerebro. Cuando conocen la verdad, no perdonan el hecho de haber sido manipulados, abandonan a la madre y se marchan a vivir con el padre; tal vez también con la madrastra y hermanastros, porque no soporta ya vivir con una madre que le ha vendido un montaje para apartarle de su propio padre, para obligarle, incluso, a odiarlo.

También existen casos de hijas que, al saber que su padre vive solo y que además de pensión y manutención debe pagar para que le limpien la casa y les planchen la ropa, eligen libremente vivir con él, y dejan a su madre.

Pero esta es una reparación muy penosa si es que se la puede llamar tal cosa:

Primero, porque estas “reparaciones” son tan tardías en el tiempo que los años perdidos no consiguen hacerse olvidar con nada, ni tampoco el daño infligido durante los mismos a padres (esta vez no es un nombre epiceno), e hijos (esta vez, sí).

Segundo, porque llegados esos momentos, el hijo ya ha sufrido una pérdida irreparable, y aun corrigiendo una situación injusta, lo cierto es que prescinde de su madre. Y los hijos necesitan a sus padres, a los dos, con lo que, nuevamente, se ve abocado a renunciar a uno de ellos, y esto después de haber renunciado anteriormente al otro durante años.

Son casos conocidos, pero cuyo alcance en la opinión pública se limita. Hay personas que no tienen interés en que estas cosas se sepan, que trasciendan a la opinión pública, que cunda alarma social. Lo que me recuerda a determinada Ministra de Asuntos Sociales (qui habis audiat audiendi, audiat36), que colaboró personalmente en la tramitación de una petición de indulto cursada al Ministerio de Justicia por el abogado defensor de la “señora” R. S., una madre condenada a cumplir dos meses de arresto (y al pago de cien mil pesetas de multa) por negarse a acatar una sentencia que faculta a su ex-marido a disponer de la hija de ambos durante… ¡dos horas semanales! La negativa reiterada de esta “madre” santanderina acabó en su procesamiento por desacato, y que pasó algún tiempo en prisión. Desconozco el final de esta historia.

Comportamientos semejantes de mujeres en situación de separación son muy frecuentes. Lo que es mucho más infrecuente es que, desde la justicia, se valore ¡a situación de indefensión en que queda el padre y se aplique con rigor la ley sobre la madre. De modo que, para una vez que sucede, un alto cargo del estado adopta una posición partidista y hembrista, injusta y de abuso de poder, para defender a la culpable.

Todavía estamos esperando ver que un alto cargo, (aunque no sea tan alto), se involucre personalmente a defender, en un caso similar, a un hombre (¡faltaría más!, ¡las ONGs pondrían el grito en el cielo, amén de varios ministerios ocupados por mujeres y otras muchas asociaciones presuntamente feministas y, en la práctica, hembristas!). Por todo cuanto me consta, tal caso no se ha dado jamás. Por lo que se deduce una vez más qué grado de indefensión tienen los hombres en este país (y en otros), tan sólo por el mero hecho de ser hombre.

Es un error grave por parte de las auténticas feministas. Éstas no deberían tener el más mínimo contacto con las “hembristas” ni callar en situaciones de tan drástica injusticia y desigualdad, ya que se echan tierra encima, quedando a la misma altura de las propias hembristas y rebajando el sentido y la presunción de justicia que pudiera haber en su causa a un mero sentimiento de revancha.

Insisto, es un error gravísimo que, sin embargo, cometen contumazmente. Porque lo cierto es que no conozco ningún caso, y estaré encantado de disculparme si me muestran que los hay, de organizaciones feministas que se han opuesto con contundencia a injusticias como las descritas, que hoy día son legión. No me creo, sencillamente, que tales organizaciones no estén al corriente de las mismas. Pienso que, simplemente, son indulgentes con ellas, cooperando así con el hembrismo, y manchándose, con ello, las manos y la credibilidad de porquería hembrista.

JMR pasó cinco años de su vida luchando para salvar su matrimonio, hasta que la situación claramente le desbordó y, finalmente, presenta demanda de separación de su mujer. Por más que la ley se diga igualitaria, cuando JMR presenta la demanda es consciente de que se trata de una demanda de separación de su mujer, pero que también lo será, muy probablemente, de sus hijos. En efecto, su ex-mujer se traslada a un pueblo con los hijos apenas una semana después de interponer la demanda. Hasta que la justicia toma las medidas adecuadas han transcurrido once meses en los que JMR no ha podido ver a sus hijos más que dos veces, y ambas ante la Presencia inquisitorial de la madre.

JMBM se pasa el día sentado en la vía pública. No es que no tenga otra cosa que hacer. Este padre lleva tiempo haciendo una sentada en la puerta del comercio de su ex-mujer para reclamar a ella y a la justicia que la respalda injustamente (nueva contradictío in termini), su derecho a poder ver a su hijo pequeño. Dados los resultados, JMBM sabe que el próximo paso es la huelga de hambre. Y después… después, ni se sabe. Lo cierto es que desde la separación nunca volvió a ver a su hijo de cerca. Tan sólo de lejos, al salir del colegio, y sin atreverse a acercarse, porque habían sitiado literalmente al niño en un cerco de vigilancia impenetrable, para impedirle acceso a su padre. Ahora, JMBM deberá plantearse si invitar a sus padres a adherirse a su huelga de hambre, ya que a ellos tampoco les permiten ver a su nieto, ni, naturalmente, viceversa.

A veces, un juez, o jueza, (¡qué más da!), Tienen la suficiente valentía y sensibilidad como para juzgar con rectitud y justicia, sin pensar en la presión social. Una mujer presentó demanda de separación contra su marido por malos tratos. Los hechos probados se tradujeron, no obstante, en una sentencia que condena a la mujer a abandonar el domicilio conyugal y abonar a su ex-marido una pensión de 45.000 pesetas mensuales.

Los jueces han aplicado criterios de igualdad entre el hombre y la mujer: pero estos casos son muy raros, y el que describimos en concreto, tiene pocas oportunidades de prosperar hasta el final, ya que está siendo literalmente acribillado a recursos, en cuya elaboración apostaría están involucradas alguna que otra asociación de la mujer.

¿Hay veces en que los Organismos Públicos (o mejor sus titulares y trabajadores) colaboran conscientemente en apoyar las injusticias que se infligen a los hombres en situación de separación? ¿No deberían ser neutrales? ¿No deberían, en todo caso, proteger a ambos cónyuges y a los hijos, sin tomar parte ni partido? Por su propia esencia, así debería ser.

MPR ha denunciado a su esposa (con la que se encuentra en trámites de separación), y a la Consejería de Asuntos Sociales del gobierno de su Autonomía. A la primera, por no permitirle ver a su híja de tres años, y al organismo público por mantener retenida a la niña en un hospital, alegando un “desamparo” inexistente, falseando la realidad hasta el punto de valerse de tal subterfugio para tener literalmente secuestrada a la niña, saltándose a la torera la patria potestad que el padre (que, por cierto, paga impuestos), ostenta, y que ningún organismo público parece ser capaz de defender.

J. B. es un joven trabajador, corredor de comercio, hijo de una familia rural acomodada a base del esfuerzo, desvelos e ingenio de su padre, que les llevó a la prosperidad. Se casó con una mujer de un pueblo vecino… uno de esos enamoramientos fulminantes. Como hija de funcionario, nunca comprendió el horario de trabajo de su marido, asociado a su profesión, de modo que surgen las primeras fricciones. Las discusiones se exacerban y ella encuentra como medio de vengarse cometer infidelidad. Sorprendida in fraganti, y tras una escena típica de película italiana, se plantea y se produce, a continuación, el divorcio.

El resultado: el chico vuelve a casa de sus padres, y bien asesorado, obtiene un correcto régimen de visita ‘ a cambio de lo cual, cede de motu propio el piso a la madre de sus dos hijos para facilitar su mejor crianza; la chica continua con su amante en el hogar familiar, y reclama en todo momento una pensión, que te es denegada por el juez ya que trabajó con anterioridad y puede volver a hacerlo. Entretanto, la prestación para alimentos sirve para que vivan la madre, el amante y los hijos.

A estos últimos nada les ha de faltar, porque gozan del paraguas económico del trabajo de su padre y de sus abuelos. Lo que no se entiende es la presencia del amante, que vive del dinero que el padre de los niños proporciona para la manutención de éstos. Actualmente, el amante comienza a distanciarse a medida que comprende que no va a hacerse rico con la componenda. Entretanto, J.B. comienza a rehacer su vida y sale con una mujer. Y es ahora cuando su ex-mujer, que empieza a notar la distancia del amante
manifiesta celos de la acompañante de su marido. El culebrón aún continúa, y promete a juzgar por la ídiotez que está caracterizando la conducta y las reacciones de la ex-mujer de J. B.

La esposa de R G. tuvo un accidente poco después de haber pedido la separación, a consecuencia del cual quedó paralítica. No tienen hijos, (tan sólo una sobrina, más interesada en la posible herencia que en el cuidado de su tía). A raíz del accidente, la esposa de PG., que es asistida en todo momento por su marido, ha perdido interés por la separación, o al menos ha dejado de amenazar a su marido con continuar el proceso. La generosidad por encima de todo.

J.D.E. estaba siendo agredido moralmente por su mujer de forma constante. Lo cierto es que la mujer había conocido a otro hombre, y como J. D. E. tenía un buen empleo, bien remunerado, pensó que sería muy rentable que fuera él, y no ella quien pidiera la separación, de modo que le puso cerco, con todo tipo de armas, (“nucleares” y “convencionales”), incordiándolo constantemente con reproches, insultos, agresiones verbales, menosprecios, “cortes”… No lo consiguió, pero cuando su mujer pidió el divorcio, él accedió y pactó condiciones económicas muy ventajosas para ella, a condición de que pudiera ver a sus hijos cuando quisiera, sin estar sujeto a un régimen de visitas. La mujer accedió, pero tan pronto como tuvo en su poder la custodia y la pensión, la mujer comenzó a negarse a permitir que los viera. J. D. E. no hizo como muchos hombres separados, es decir, lamentarse, impotente, del abuso soportado.

En compañía de dos personas, cuyo anonimato mantuvo siempre, propinó una soberbia paliza a su mujer, de la que esta resultó bastante “machacada”. Luego, él mismo se denunció en comisaría. Tras el juicio, pasó en la cárcel un año y medio de condena. Cuando salió nunca más volvió a tener un problema para ver a sus hijos: es más, varias veces fueron a visitarle mientras estaba en la cárcel. Sorprende la eficacia del método, lamentando el que escribe que la justicia no proporcione medios igualmente eficaces pero menos violentos para obtener lo que, al fin y al cabo, es más que justo, e impedir abusos tan manifiestos y notorios.

J.L.G.B. tiene un trabajo de noche, en la sanidad pública, lo que a su mujer no le parece bien. El método para demostrarlo fue poner precio a su sexo, negándose a acostarse con él como medio de presión para que cambiara de turno. No parece demasiado curioso el que J.L. comenzara a tener relaciones con otra mujer (las mismas que les negaba la suya), con la que tuvo otra hija (ya tenía una de su matrimonio), Su “amante” le presionó para que se fuera a vivir con ella, pero él se negó, alegando que no podía abandonar, pese a todo, a su mujer, si bien él quiso reconocer a su nueva hija. La amante se negó.

Entretanto, la mujer, enterada, se fue a vivir con sus padres llevándose a su hija, de diez años, e impidiendo que su padre la viera. Lleva meses guardando silencio, sin resolverse ni a pedir el divorcio ni a volver al hogar familiar, en tanto J. L. está dispuesto a reconocer sus errores y a compensarlos en lo posible, pero, sencillamente ‘ no recibe una respuesta. Su amante, entretanto, está con otro hombre. Curiosamente y a pesar de tan desbordantes circunstancias, J.L. está comenzando a gozar de una relativa calma que hace tiempo que no disfrutaba.
Un caso de reciente resonancia en la prensa: dos niños conviven en Murcia (por supuesto con su madre) y su padre en Cantabria. El juez sentenció que cada dos meses podrían estar con su padre durante 15 días. En el periódico, el mayor, de 7 años, hace declaraciones que parecen dictadas punto por punto por su madre: Papá se fue lejos y ahora quiere que vayamos. No quiero ir más ni quiero dejar mi colegio. Papá no dice cosas, papá ordena como si yo fuese una cenicienta. Yo no comprendo nada y si no comprendo, no lo puedo solucionar. Sufro porque pienso en este lío de papá y mamá, y no me gusta, Siempre tengo miedo de algo allí y no puedo soportarlo”.

Un informe médico (que parece interesado), manifiesta que el niño padece una “neurosis” a causa del “estrés” y el “miedo” que le produce tener que viajar… Y creo con firmeza el testimonio de los vecinos en el sentido de que fueron varias las ocasiones en las que el padre tuvo que obligarles por la fuerza a montar en el coche. Aquí, la asociación de defensa de los derechos del niño PRODENI, se ha mojado para presentar un recurso que evite la brusca ruptura de la escolarización de los niños en la localidad murciana donde viven y someterlos contra su voluntad a un largo viaje, con el ¡¡¡agravante!!! de que el padre los ha escolarizado en un colegio privado en Bilbao, Y un centro de Lorca, la localidad en cuestión, emite un informe (¿?) en el cual se concluía que los niños “no deben ser forzados a desplazarse en contra de su voluntad” del medio donde tienen garantizadas sus necesidades y su estabilidad… presumiendo temerariamente que con su padre no las tiene.

Suena como el típico caso de divorcio en el que el juez reconoce sus derechos al padre, y a los hijos en el sentido de poder estar con él, pero donde los niños han sido de tal manera manipulados por la madre que, cuando el padre se presenta a recogerlos en ejecución de una sentencia (recuerde el lector que la mayoría benefician a la mujer, y esta también, aunque menos), los niños están predispuestos y condicionados por la madre, que quiere impedir que el padre ejerza sus derechos, y, debidamente lavado sus cerebros, se niegan a acompañar al padre. Un dictamen “médico” ambiguo y una oportuna llamada a PRODENI adereza el resto de la maniobra.

A la larga ¿cual es el resultado que tantos testimonios “humanitarios” persiguen? Sin duda que el padre renuncie a ver a sus hijos tal y como la sentencia le permite, y que se vaya distanciando de ellos, y sobre todo ellos de él. Los pobres niños, influidos por su propia madre habrían sido, con sus declaraciones, cómplices involuntarios de la desvinculación con su padre, con las consecuencias que hemos descrito en el capítulo anterior. A falta de ser ecuánimes, los chicos de la prensa deberían darse cuenta de cuando van más allá de la noticia, y de cuándo la falsean o la recogen ya falseada.

Las instituciones públicas no debían mostrarse tan manifiestamente partidistas y poner en peligro las relaciones de unos hijos con su padre: máxime cuanto que, como especialistas que dicen ser, debían conocer las consecuencias de tal interrupción, como el lector acaba de leer unas páginas atrás. Es un ejemplo vergonzoso que dice muy poco de algunos “profesionales” y algunas Instituciones”.

Un caso más, que se explotó en la televisión a modo: el de una mujer casada con un marroquí. Esta manifestaba durante el programa que su marido había cogido a su hijo ante la amenaza de una separación y que se lo había llevado a Marruecos. Que le dejaba verlo, pero siempre en presencia de varios miembros de su familia y que, por supuesto, no le dejaba llevárselo… y concluía compadeciéndose de sí misma y diciendo: “y esto se lo hacen… ¡a una madre!”

Pues bien: esto es lo que la ley y un gran número de mujeres españolas hacen exactamente… ¡a muchos padres!. Nadie pone “el grito en el cielo” ni les saca en televisión: ¿no se dan cuenta de la terrible discriminación, de las injusticias que se están cometiendo, de que se está traficando a diario con carne de niño en nuestro país? Cuando conocí el caso que acabo de describir, me alegré, porque expresa a la perfección del grado de intoxicación al que la opinión pública está sometido en estos temas, y en qué manera están prejuiciados y engañados. ¡Basta ya!

Cada uno de los cerca de un millón de divorcios y separaciones que se han dado en nuestro país desde 1981 hasta hoy son casos tan lamentables como cualquiera de los descritos. Lo normal es que sean deprimentes, traumáticos y con consecuencias negativas para todos los involucrados. Ya he dicho en capítulos anteriores que siempre hay unos que pierden más que otros, pero que nunca hay ganadores, sino siempre vencidos. La excepción es esa separación amistosa en la que ambos continúan siendo amigos después, salen a cenar y se cuentan confidencias, pero que hacen su vida independientemente el uno del otro. Son excepciones muy escasas y, me atrevo a asegurar, la mayoría tienen trampa, y uno de los dos miente en cuanto a sus motivaciones.

En la prensa se narraba uno tristísimo, paradigma de lo que no debiera ser. En este caso, la esposa se enamora de otra mujer y plantea el divorcio. ,La consecuencia, como es tristemente habitual, es que el hombre resulta desalojado de su casa por sentencia y la custodia de dos hijos queda en manos de su mujer, que convive ya con su novia. Un día, mientras ambas están en un café charlando amorosamente, el ex-marido se presenta, y le dice que quiere resolver la situación en lo concerniente a sus hijos. Su ex mujer le responde que todo lo que tenía que decirle ya se lo ha dicho, a lo que el marido saca una pistola del bolsillo, responde “efectivamente”, y mete un balazo en la cabeza de cada una de las dos mujeres. Tras seis años de cárcel, ha encontrado un trabajo y mantiene a sus hijos, con los que convive.

¿Por qué éste triste capítulo? Todos conocemos casos como los que acabo de narrar y en la prensa vienen casi a diario noticia de otros similares, con lo que no estoy descubriendo nada nuevo al lector. Pero sí me gustaría llamar la atención sobre una conclusión desoladora y sobre una consecuencia obvia:

La conclusión es que, aparentemente, los únicos casos en los que el hombre ha conseguido mantener sus derechos y sus hijos han sido aquellos en los que ha empleado medios extralegales y violentos; en todos los demás casos, aquellos en los que se ha dejado actuar a la justicia, los hombres han perdido sus derechos y a sus hijos, salvo la excepción que he narrado precisamente por su extraordinaria excepcionalidad.

Esta conclusión es terrible y tan indeseable que es urgente cambiarla ya. Porque de lo contrario, no es menos obvia la consecuencia: los más de cuatro millones y medio de personas (en torno al 12% de la población) que sufre las consecuencias de una separación o un divorcio son un contingente humano muy amplio, que vota y que tiene derecho a rebelarse para obtener auténtica justicia, tal y como nuestra democracia y los principios que inspiran nuestro ordenamiento prometen garantizar.
De no darles satisfacción, yo diría que estaríamos ante una situación grave, sobre todo en cuanto que la historia se repite, y siempre suelen perder los mismos, lo que me hace pensar que, en algún momento, la alarma social será de magnitud suficiente para que el asunto estalle entre las manos de gobernantes y particulares, como está estallando cada vez más en casos particulares y aislados37.

Por desgracia, los casos de muerte y violencia derivados por desavenencias en la convivencia se suceden sin parar, cada vez con más despliegue de difusión en prensa, radio y televisión en aquellos en que la víctima es una mujer, y continuarán sucediéndose. Y por desgracia, la ausencia de unos criterios equitativos, claros y consensuados que palien el problema de origen de estas situaciones, siguen produciendo “monstruos”, como el caso de la audiencia de Sevilla, que emite una sentencia en la que afirma que los malos tratos a la esposa son perseguibles de oficio por la policía y el fiscal, en contra de la doctrina vigente hasta ahora, según la cual es necesaria la denuncia de la víctima.

El colmo de la distorsión del principio de la separación de poderes (Montesquieu se tiraría de los pelos): ¡los jueces y juezas se tienen que erigir en legisladores! Y en virtud de su propia (quizás forzada) interpretación, condenan a un hombre, sin que la mujer se presentara a juicio (y tras haberse reconciliado con su marido), a varios fines de semana de arresto por malos tratos (por haber propinado a su mujer un empujón, que no le causó lesiones, en el transcurso de una discusión matrimonial). Conozco un caso de un hombre que recibió un empujón de su mujer en el curso de una discusión matrimonial: ¿cuántos lectores creen que este último caso tendría en cualquier audiencia de nuestro país el mismo tratamiento que el primero? Pero sobre todo ¿a dónde estamos llegando?

En Granada, una mujer (que fue haciendo mofa de su marido hasta en la televisión, que se presta mucho a esos juegos en sus reality shows), muere tras prenderle fuego su ex-marido, atada a una silla38. Es justamente lo que tememos que se reproduzca en el futuro: un crimen siempre es un crimen, independientemente de quién lo cometa y del motivo. Por tanto, lo que hay que hacer es evitar situaciones de indefensión y tales, que no dejen más salida que matar o morir para no ser despojado y humillado (o despojada y humillada). Sólo solucionando ésta raíz del problema se conseguirá solucionar lo aparatoso de sus consecuencias. Pero no hay que legislar sobre ¡as consecuencias, sino sobre el problema, porque, de lo contrario, nunca arreglaremos nada. ¿O es que esperamos lucidez ante estas situaciones?.

Entretanto, que la prensa hembrista siga publicando artículos como aquel que dice que la sublimación del machismo es la tortura física o psíquica de la mujer contribuirá notablemente, a base de descarados sofismas de este género que usa a modo de cortina de humo, a mantener el status quo, es decir, el problema sin solucionar. Cuidado, lector, lea con atención y sin prejuicios: cuanto más atento esté, más difícil será engañarle, y más obligará a los medios a que sean verídicos y no manipuladores, y contribuirá a que la solución del auténtico problema se aborde antes.

Nos llega un periódico recién salido a la palestra de la información, de una línea editorial que no es necesario mencionar aquí, y en su primer número, ¿saben ustedes quién escribe en primera página antes que cualquier otra persona? ¡Una mujer! Y ¿son ustedes capaces de adivinar del tema que trata? ¡Naturalmente que sí! ¡De las mujeres maltratadas! ¡Tremendamente original!.

El hecho de que trate el asunto mejor o peor no es ya lo significativo a estas alturas. Es que el tema es tan recurrente y con la línea de pensamiento tan de encefalograma plano, (no lo mencionamos en relación con este artículo) que ya harta por lo reiterativo y por la ausencia de acierto en las motivaciones que producen los malos tratos. (A mujeres se entiende). Los hombres y mujeres que están en la cárcel, por lo que se deduce, solo han maltratado a las mujeres. ¡Que bien! Pero es la moda y con ella hay que pechar. El periódico se llama El Heraldo del Pueblo. La articulista; Octavi Pereña.-Y doy testimonio que la línea del periódico es de una intencionalidad para mí digna de todo encomio. Pero ya ven que pasa.

Un hombre dispara a su mujer y a sus hijos tras haber recibido la notificación del juzgado que le obliga a abandonar su domicilio familiar. Y es nada menos que un Guardia Civil. Un hombre de orden y seriedad. Los casos continúan reproduciéndose, y continuarán. Una mujer trata persistentemente de envenenar a su marido y es descubierta en un hospital por una cámara oculta, tras haber levantado las sospechas del equipo médico que trataba a su marido. Tras el primer revuelo, silencio informativo. ¡Nada de escándalos!.
Y los niños seguirán sufriendo: las primeras quejas al Defensor del Menor tratan de separaciones”, muchas relacionadas con el entorpecimiento del régimen de visitas. No se puede hacer nada al respecto, porque la institución no tiene medios para investigarlas. Pero que existe la clara necesidad de un organismo de arbitraje, vigilancia y control que estudie cada caso de separación y lo pilote profesional mente es algo que no me explico cómo no ha quedado claro ya en la mente del legislador, y qué está haciendo que se tarda en implantarlo.

“Un tribunal retira la pensión a una médica por no encontrar trabajo desde su divorcio”. En este caso el texto del artículo de prensa es claramente hostil a la decisión del tribunal: de hecho, miente hasta en el titular, ya que no se le ha quitado la pensión, sino que se le anuncia que se le quitara en el plazo de un año, trabaje o no. Se trata de una médica cirujana y con título de analista. Lo cierto es que la situación que el marido percibía es que su mujer no se esforzaba por encontrar trabajo, y que, entretanto, él le pasaba una pensión de 150. 000 pesetas al mes.

El tribunal recalca que las pensiones compensatorias no son un derecho absoluto ni vitalicio, sino limitado en el tiempo, ya que su finalidad es servir de ayuda o complemento al desequilibrio puntualmente creado. La sentencia, es correcta desde el punto de vista de la legalidad vigente: aquí el Tribunal no se ha puesto el gorro de legislador, sino que aplica la ley existente con criterios de equidad. ¿Por qué el / la articulista se muestra tan hostil a la decisión del mismo? ¿Quién lo escribió?.

El colmo de la parcialidad podría adoptar la siguiente tautología: una funcionaria del Instituto de la Mujer de provincias declara que los jueces no pueden dar un régimen de visitas y domicilio compartido a quien maltrata a las mujeres. No dice que las mujeres que plantean una guerra sorda y constante contra sus maridos, usando privilegios legales no equitativos para impedirles el acceso a su hogar y a sus hijos no pueden tener una custodia. Eso no lo dice, la buena señora.

La ley vigente es vieja y coyuntural, ya lo vimos en otro capítulo, y sus contenidos no están adaptados a la situación actual, a pesar de que, tras años de vigencia, ya tendríamos que haber aprendido lo suficiente para cambiarla hacia unas normas más justas. E, igualmente, la experiencia está, muy poco a poco, ciertamente, pero está enseñando a los que aplican la ley a aplicarla de una forma más equitativa y menos discriminadora. Es tiempo ya, porque cada vez más gente es consciente de estos graves desequilibrios, y las reacciones ante las injusticias cuando se prolongan excesiva e innecesariamente, suelen ser proporcionalmente desmedidas.

Y mientras tanto los gobiernos reaccionan con su lentitud habitual, quede claro una cosa: el Instituto de la mujer será de verdad socialmente útil y ecuánime cuando sea el instituto por la mejora de la calidad de vida de las familias, e incluya a varones y niños… es decir, cuando deje de mirarse su limitado ombligo y se abra a la realidad social y salga de la funda de sus prejuicios. Y como él, toda institución que persiga mayor justicia y equidad entre hombres y mujeres, dentro y fuera del matrimonio: si es que es eso lo que, de verdad, pretenden.

CAPÍTULO IX

LO QUE AÚN PUEDE SALVARSE

Me gustaría dar a este libro un contenido de esperanza, menos desolador y más constructivo del que aparece en los capítulos anteriores. No es que sean de mi gusto los panoramas desoladores, y sé bien que no es el mejor Marketing para fomentar la lectura. Pero lo descrito es la realidad.

No obstante, voy a cumplir mi afán de buscar un lado positivo al cúmulo de tragedias que hemos presenciado en estas páginas. Aún hay cosas que pueden salvarse,

Una de las cosas que debemos intentar salvar prioritariamente son los hijos. Y para ello debemos ser crudos a fuerza de ser sinceros con ellos. Lo que hagamos para manipularles pueden ponerles momentáneamente o durante un tiempo de nuestro lado. Pero si son inteligentes (y suelen serio más que nosotros), acabarán descubriendo la manipulación, o cuando menos, tendrán el sentimiento confuso o claro de haber sido manipulados. Antes nos tendrán en cuenta esto que todos nuestros errores no deliberados. Antes nos odiarán por haberles manipulado que por no haber logrado proporcionarles el entorno de paz y estabilidad emocional que tanto necesitaban,

De modo que no podemos permitirnos el lujo de mentirles. Si ante alguien tenemos que reconocer un error y un acierto es ante ellos. En el extremo, podemos parecerles incompetentes, pero no podemos permitirnos el lujo de parecerles deshonestos. Es lo último que nos perdonarán, por más que los jóvenes derrochan generosidad aun sin quererlo.

No podemos ceder a la tentación de complacerlos más que nuestro cónyuge para que nos quieran más que a ella. Para bien o para mal, tenemos que mantener una actitud perfectamente coherente con ellos. Debemos seguir corrigiéndolos con la misma energía que siempre, e incluso no podemos permitir que creen fisuras de autoridad. A veces nos encantaría desautorizar al otro cónyuge, sobre todo cuando sabemos que no tiene razón a juzgar por los cientos de manuales de pedagogía que existen. No podemos. No podemos permitirles que hagan algo que su madre acaba de prohibirles. Hacerlo representa una pequeña patada en la espinilla del otro cónyuge, pero aplicándosela como una gran patada en la autoestima y autoconfianza de nuestro hijo.

Lo segundo debe prevalecer ante el posible “placer” que lo primero nos proporcione. Es difícil no desautorizar a una persona a la que no se respeta y de la que sólo se reciben malos tratos. Pero no lo hagamos por esa persona, sino por nuestra propia educación, responsabilidad y sentido del deber, así como por el hijo cuya educación nos preocupa, que dadas las circunstancias son lo único que tiene consistencia y debe valernos y prevalecer prácticamente a toda costa.

Para ellos, separados o no, somos un ejemplo (“role model”, dirían los americanos), el modelo a imitar. Y tampoco en esto podemos defraudarles. Para ellos, representamos la seguridad. Cuando no saben si algo está bien o mal, miran a nosotros. Nuestra sonrisa o nuestro ceño fruncido les proporciona una respuesta inmediata. Igualmente, de pronto les asalta una duda, un pequeño nudo de angustia por algo. A veces, basta con dirigir la mirada a sus padres para que se tranquilicen y olviden la duda. Cada uno de esos momentos está tramando el tejido de su personalidad, y por eso son pequeños detalles tan importantes… esperan ver sosiego en nosotros, y debemos tener sosiego que darles.

Esperan encontrar alegría en nosotros, y debemos procurarles una sincera sonrisa cuando con tanta fe nos la piden. Debemos darles seguridad en sí mismos, y para ello necesitamos tener bien afianzada nuestra propia seguridad. Necesitarán en ocasiones fuerza, y la buscarán en nosotros. Un frente común, sin fisuras, es mucho pedir en casos de separación, porque los padres tienden a boicotearse con facilidad, incluso con saña, aun en situaciones normales (a veces por pura egolatría). Pero ese frente común es lo ideal para los hijos.

Así que, separados o no, tenemos que tener sosiego, seguridad, placidez suficiente para poder administrar sonrisas sinceras y calma para poder cargar con todo este bagaje en un entorno tempestuoso. Lo que hagamos en contrario será un delito de lesa humanidad contra nuestros propios hijos, de manera que la causa merece la pena, y, cómo no, también contribuirá a nuestra propia felicidad y equilibrio, aun en circunstancias adversas.

Contribuir al aprendizaje de los hijos (antes, durante y después de la separación o divorcio), es otra responsabilidad nuestra. Su educación es otra cosa a salvar. Pero no se equivoque el lector. La educación no es, al menos no solo, la que le proporcionan en el colegio, ni tampoco es verdad que el precio del colegio determine el nivel de la educación que recibe. De modo que no nos limitemos a quedarnos tranquilos por el hecho de que asistan a un colegio caro y de gente bien.

La educación es algo que los niños, desde bebés y hasta mucho más mayores de lo que podríamos creer sin reflexionar demasiado, se produce por imitación y por emulación. Imitación de los referentes más cercanos: los padres. Emulación, a medida que van creciendo ellos y sus habilidades, con esos mismos referentes más aquellos que hayan ido incorporándose en su vida: sus amigos. Si en todo momento somos conscientes de que nuestros hijos nos observan con ilimitada curiosidad y rigor, probablemente encontremos más fácil comportarnos como personas civilizadas, y no como gallos y gallinas de pelea. Es una gran, y gratificante, responsabilidad.

Consumada la separación, hay que tener la suficiente gallardía de no usar los hijos como arma arrojadiza. Es muy frecuente, mayoritariamente por parte de las mujeres, que los emplean como rehenes para forzar al marido, obligarle a hacer o deshacer y, de paso, vengarse de él. También los utilizan como tarjetas de crédito, (el marido seguirá aportando dinero mientras el niño pertenezca a ella).

Sea como fuere, es un trágico mercado negro que, sin embargo, no escandaliza a quienes sí ponen el grito en el cielo cuando ven en televisión una noticia relacionada con la trata de blancas. Lo único que tiene de bueno tan mezquina estrategia es que, en tanto funciona, implica que el marido asume una responsabilidad hacia sus hijos y que les ama. Pero es un precio muy alto para constatar algo tan normal,

Es un rasgo de auténtico sentido común y de decencia (uno y otra tan escasos, desgraciadamente) comprender que no se trata de que privar al marido de sus hijos, sino que se está privando a sus hijos de su padre, cuya presencia e influencia son vitales para él. Como también es auténticamente torpe y mezquino hablarle mal de su padre… ellos no necesitan un padre menguado, sino un padre decente, por lo que ni recibirán bien las críticas que de él se haga ni las agradecerán cuando, en su madurez, puedan juzgarle por ellos mismos (y juzgar a su madre).

La segunda cosa que podemos salvar es a nosotros mismos. Lo cierto es que, tras una separación, nuestra posición en la pirámide de Maslow ha cambiado (recuerde el lector el capítulo primero). Si estábamos en el cuarto escaque, en una situación en la que gozábamos de cierta seguridad económica y reconocimiento social y laboral, ahora hemos caído a un lugar que está entre el primero y el segundo, particularmente el varón.

Vuelves a tener problemas para conseguir dinero, a veces incluso el imprescindible para alimentarte; vuelves a no tener un hogar propio; tus circunstancias y emociones repercuten en tu trabajo y no estás seguro de que tu ex vecina no te mira con ganas de clavarte un cuchillo (porque para las amigas de tu mujer, normalmente tú serás el culpable de todo, al menos al principio, hasta que estén mejor informadas). Ahora nos queda un incierto camino que recorrer hasta retornar a un lugar equivalente al que antes ocupábamos en la pirámide.

A menudo, ambos cónyuges se arrojan literalmente tan pronto pueden (en realidad a veces hasta compiten para ser el primero) en los brazos del primero o primera que pasa. En ello hay un componente de llenar con rapidez una súbita (y fuerte) carencia emocional, que se produce por muy frías que fueran ya las relaciones entre ellos antes de la separación. El otro componente es aun más rastrero: se trata de demostrar al cónyuge con qué facilidad se les puede sustituir y “salir ganando con el cambio”. Por último, el cónyuge que se queda a cargo de los niños, (en más de un 90% de los casos la madre), pretende reemplazar al marido no sólo como esposo, sino como padre de sus hijos, para que el “disparo” sea lo más letal posible.

En todo caso, aunque el “disparo” funcione y produzca realmente el daño que pretendemos, la alegría es muy breve: miramos a nuestro alrededor y, de pronto, comprendemos que antes de salir de un vínculo, hemos adquirido otro, y por una motivación que no siempre es trigo limpio. Además, si se trata del marido, éste verá limitada su capacidad de movimientos en el momento de negociar la separación, y tenderá a ceder más de lo que sería normal en el caso de no estar comprometido con otra persona. De modo que conviene esperar por las dos razones, la de la libertad de actuación mientras se termina de “romper” el primer vínculo y la de no permitir que un momento emocional desafortunado te conduzca a una decisión precipitada que probablemente será difícil de deshacer en caso de error.

Salvarnos a nosotros mismos es una labor de reconstrucción increíblemente compleja. Es como cuando a una persona le amputan los dedos de los pies. Probablemente, la mayor parte de sí mismo está intacta, y sólo debe prescindir de una pequeña porción de su cuerpo, pero es suficiente para que se vea abocado a volver a aprender a andar. Así que, cuando desaparece una vida de convivencia, hay una indudable carencia, y debemos reaprender a organizar nuestra vida.

Si la mujer no trabajaba antes del divorcio, probablemente le baste con mantener las amigas o amigos que mantenía entonces. Dado que hay un 90% de posibilidades de que el juez le conceda la custodia (es decir, a sus efectos, el hogar familiar), es también algo más fácil la labor de adaptación, tanto más si con la pensión compensatoria y de alimentos puede mantener el standing de vida anterior (a ser posible eso será lo que el juez tratará de conseguir, a costa, evidentemente, del que pudiera tener derecho a preservar el marido).
Para él, las cosas son aún más difíciles. No sólo será muy probablemente removido de su propia casa y de sus hijos, (a menudo con auténtica crueldad y saña), por lo que tendrá que buscar una vivienda con el poco dinero que le quede disponible. No podrá contar con la mayor parte de sus amigos, dado que estos solían ser comunes y, al contrario que las mujeres, no es frecuente que los hombres tengan amigos “privativos”, es decir, no comunes: han estado demasiado “colgados” de su trabajo, y de ahí a casa, por lo que su vida social se ciñe al trabajo y nada más. De modo que tendrá que hacer nuevos amigos, otra nueva faena por delante. También tendrá que mantener estabilidad emocional suficiente para seguir siendo en su trabajo el profesional eficiente que el competitivo mundo laboral de hoy exige ser, sin fallas que le puedan hacer perder el empleo.

Una depresión es un lujo que no puede permitirse, (sí, en cambio las mujeres) por mucho que las circunstancias la propicien. Adicionalmente, tendrá que pleitear durante bastante tiempo (tiempo del que no dispone), y sin contar con recursos económicos suficientes. Por último, inaugurará una nueva faceta de realización de labores de] hogar.

Aunque ya las hubiera estado realizando antes del divorcio (son fáciles, bastan con cinco clases de cada “especialidad”, siendo probablemente la “carrera” más fácil del mundo), ahora tendrá que realizarlas en su tiempo libre, que ya es menos que nada. Afortunadamente., las sentencias suelen compadecerse de esta falta de tiempo libre y conceden el aparato de televisión, junto con el resto del hogar, al otro cónyuge, ya que el marido, de todas formas, no va a tener tiempo de verla en su nueva “vida”.

Y, sin embargo hay que continuar viviendo, y lo que es el stress de los primeros meses debe convertirse en una vida estable al cabo de otros pocos. Poco a poco nuestras fuerzas se irán apuntalando, y la generación de los nuevos hábitos irán acudiendo en nuestra ayuda. Por tanto, son tiempos para cargarse de toda la paciencia que podamos transportar.

Aunque parezca un contrasentido, es también tiempo para moverse muy rápidamente, y amplificar nuestro contacto con los demás, si es que, como hubiéramos debido hacer, no lo hemos intentado antes. Se trata de incrementar nuestras relaciones sociales, tal vez de aprender algún idioma o disciplina que nos distraiga la mente en algo que nos guste, al tiempo que nos proporcione la oportunidad de compartirlo con otras personas, cubriendo así una parte de nuestra necesidad de afecto.

Hay una cosa muy importante que no debemos ni podemos olvidar. Puede que, circunstancialmente, nos sintamos exiliados, excluidos de todo lo que era nuestra vida, gran parte de la cual era esencialmente una realización nuestra de la que nos privan, Puede que nos descorazonemos por un tiempo. Pero tenemos que reconstruirnos tan pronto como podamos. Porque hoy tal vez estemos distanciados de nuestros hijos, pero algún día, no sé si tarde o temprano, tal vez mañana, tal vez el año que viene, ellos nos necesitarán y acudirán a nosotros. Y es recomendable que en ese momento encuentren nuevamente el puerto seguro que echaban de menos y que continúan necesitando, a salvo de la tempestad su propia seguridad. No será lo mismo que cuando ambos padres estaban cerca, pero no estamos hablando de lo que sería ideal, sino de lo que queda después de la guerra.

No nos aferremos a cosas materiales. Un coche, un determinado objeto, no merece nuestra crispación, dado que estamos perdiendo cosas mucho más importantes. Las cosas materiales no suelen valer más que dinero, y por tanto pueden ser reemplazadas llegado el momento. Bástenos lo necesario para tener un aspecto decente y consideremos todo lo demás un “además”.

Seguramente pensaremos que no es justo que “esa mujer” esté llevándose la mayor parte de nuestro sueldo y viviendo a todo tren a costa del mismo cuando a nosotros no nos llega para lo imprescindible. Reconozco que es una situación injusta y también crispante. Pero, bien o mal, esa persona está cuidando a sus hijos. Hágase la idea de que ha adquirido los servicios de un canguro “full time”, bastante caro y poco amigable, pero mejor para la atención física de sus hijos que muchas otras personas. Por lo demás, allá ella con su vida, Por mucho que quiera intentar demostrárselo, le aseguro que no es, ni será por mucho tiempo, feliz.

Aprovechemos también la ocasión para revisarnos a fondo. Es un momento propicio y, tomándolo en sentido positivo, una oportunidad para reeditar nuestra escala de valores, con menos vínculos y más experiencia. Rehagamos un poco nuestra propia personalidad, parándonos a reflexionar sobre lo que estimamos importante en nuestra vida y lo que no lo es. Renovémonos positivamente, ya que de todas formas tenemos que hacerlo. Cuando pensemos en nuestras necesidades no cubiertas, consideremos una necesidad hacer nuestra propia revisión. Entretanto, podremos reaprender a disfrutar los pequeños placeres que ya habíamos dejado de valorar y que tan agradables pueden ser.

No seamos necios: ninguna violencia puede cambiar lo pasado, y no debemos incurrir en ella más que en última instancia, y entonces sólo lo mínimo posible para realmente corregir una situación muy extrema.

Olvide lo maltratado que se ha sentido, pero no que ha sido maltratado. Transcurrido algún tiempo, se suele sentir el Síndrome de Estocolmo, ya sabe, conforme al cual el torturado acaba por simpatizar con el torturador. Tenga las cosas claras en la relación con su antiguo cónyuge: fue su esposa y como tal gozaba de simpatías y privilegios. Ya no lo es, de modo que sólo le debe el respeto que a cualquier otra persona, parte del cual es un regalo que le hace a una persona que le ha maltratado con saña. Pero es respeto en todo caso, y debe dárselo aunque sólo sea por sus hijos. No obstante, no le debe ni un ápice más. Hay que aplicarse al presente y al futuro, y no al pasado que ya no puede cambiar.

Reencuentre a su familia. No para obtener de ellos consuelo y apoyo, ya que eso se lo regalarán sin que lo pida. Sino para darles cariño, una dosis del cual todo ser humano tiene necesidad de repartir.

Y procure empezar a vivir la vida. Un momento de tragedia puede ser también un momento para empezar a comprender todo lo que se ha perdido por seguir la carrera de las ratas, la larga e infructuosa lucha por el éxito. Disfrute la vida en todo lo que ella ponga a su alcance y no se amargue ambicionando lo que no dispone en tanto que desprecia muchas cosas agradables que sí posee o a las que puede acceder con facilidad porque, literalmente, (e rodean. Y, de paso, enséñele la lección a sus hijos.

CAPÍTULO X

¿QUÉ HACER, QUÉ NO HACER…?

En este capítulo me refiero exclusivamente a convivencias de alto riesgo. No abarca a todas las mujeres ni a todos los hombres. Particularmente los consejos que se exponen son muy útiles cuando hay una “hembrista” de por medio. Hay casos en que son absolutamente innecesarios, pero a falta de tener certeza sobre qué casos, son al menos consejos sanos. No caiga en el error de juzgarlos cínicos. Piense que cuando una mujer le llama machista, el resto de las mujeres que hay cerca de ustedes la aplauden y una parte de los hombres también, sin que a nadie le parezca un comentario cínico. Piense que se trata de su vida, y que su vida está por encima de si la gente piensa que es usted machista o alpinista… eso debe darle exactamente igual.

Después de lo leído, un consejo obvio es: no se case. En realidad, no hace falta que yo lo dé. Cada vez hay más gente que empieza muy en serio a cuestionarse un matrimonio, y que no les basta la explicación de que hay que casarse “como Dios manda”, para tener una familia “como está bien visto”. Como se ve, ni casarse proporciona estabilidad emocional (más bien al contrario, y, en algunos casos, incluso saca de quicio a los ‘Jugadores”), ni para crear una familia es necesario el matrimonio.

De hecho, si lo pensamos con calma, concluiremos en que no hay nada más perjudicial que consagrar una relación de amor con la firma de un contrato: es, sin ambages, una nueva y lastimosa contradictio in terminí, del estilo de Industria ecológica”; casarse no es firmar un contrato, sino creer en una persona con la que se emprende formar una comunidad de vida, una convivencia, y lo que muchas creen es que se trata de la primera victoria que pueden apuntarse frente a un varón, Como ve, dos perspectivas irreconciliables. Punto.

Además, recuerde que cada vez más mujeres reclaman que los hombres asuman su papel de liderazgo, porque están hastiadas de hombres sumisos. Por tanto, póngase en condiciones de no verse reducido a un sumiso, de no verse sometido, para lo cual lo más recomendable es no casarse.

No obstante, aún quedarán fuertes residuos (que desaparecerán, desafortunadamente tarde para no pocos incautos), que obligarán a multitud de varones a aceptar un matrimonio, por el mero hecho de que está bien visto socialmente casarse, sobre todo “por la iglesia” (porque queda más “vistoso” y menos “cutre” que por el juzgado, más que nada), Recuerde que no tiene por qué aceptarlos. Proponga a su pareja una alternativa digna y, si su pareja no acepta, extraiga conclusiones sobre si la clase de vínculo que ella desea se puede llamar tal o tiene más aspecto de trampa para bobos.

Pese a todo, es usted muy libre de creer en el matrimonio, aunque sólo sea por el mero hecho de que durante siglos el varón ha estado equivocándose al respecto y por tanto ¿para qué cambiar la experiencia de tantos siglos, aunque sea una experiencia penosa?… o incluso porque, simplemente, usted cree en ello. No obstante, no deje de recordar que las guerras también tienen siglos de historia, pero qué nada hace pensar que sean en absoluto recomendables.

En todo caso, si aún se decide por el matrimonio, procure que el vínculo establecido sea de amor, sentimental, no monetario, emocional, no contractual… es decir, no firme papeles, y menos aún si éstos hablan de gananciales (ya hablamos de los regímenes matrimoniales en el capítulo seis, sobre ¡a legislación española). Si sigue mi consejo al respecto, optará por la separación de bienes, y aquí le vuelvo a aconsejar que se muestre generoso en la constitución de dicha sociedad, si es que- le es materialmente posible, como también se lo aconsejo en caso de divorcio posterior: no olvide que no se trata de despojar a nadie, sino de no ser despojado por su propia esposa al amparo de una legislación hembrista e injusta,

Hemos pasado por varios capítulos en los que, en el fondo, he procurado determinar causas por las que tantos matrimonios son auténticos fracasos.. Al igual que cuando hay una crisis de estado, o económica, se trata de buscar las causas que motivaron la crisis, parece lógico proceder de igual manera cuando se trata de una crisis matrimonial. Pero hay una diferencia: se cree que, descubriendo las causas, éstas podrán prevenirse, evitando con ello las crisis, en lugar de limitarse a resolverlas después de haberse desencadenado, y tal vez, sólo tal vez, sea así cuando se trata de crisis políticas y económicas, aunque sólo sea por el hecho de que se es capaz, con mayor o menor esfuerzo, de alterar las causas.

Pero, ¿qué sucede cuando las causas no pueden ser alteradas? Porque, además de todo lo dicho y analizado, el problema de fondo, la causa última de los fracasos matrimoniales, sea, tal vez, imposible solucionar. Porque, ¿hasta qué punto es cierto que cuando nos casamos estamos siendo sinceros con nosotros mismos? ¿hasta qué punto no es cierto que, con la persona a la que nos unimos en matrimonio, estamos dando, mientras podemos la mejor imagen que somos capaces de componer de nosotros mismos?

Lo cierto es que, por la persona amada, somos capaces de aparentar que tenemos una carácter noble, desinteresado por el dinero y lo material (en cuando a la pareja se refiere, claro está), que tenemos una infinita paciencia, que somos las más razonables de las criaturas… Y aquí, no hago distinción de sexos, al menos en cuanto a los síntomas (sí existe distinción, a mi juicio, en las motivaciones, mucho más interesadas en unos casos que en otros).

Inadvertidamente, estamos fingiendo una imagen de nosotros mismos que no se corresponde exactamente con la realidad, pero que nos comprometemos, pese a ser imposible, a mantener de por vida, porque lo que nuestra pareja ve en nosotros (lo que nosotros le dejamos ver), es la base del pacto. Si luego, transcurrido el tiempo, no podemos mantener la misma imagen sino que nos vemos forzados a ser, simplemente, nosotros mismos, ¿nos extraña que nuestra pareja nos vea cambiados, que no le parezcamos aquella persona con la que se casó?

¿En qué medida es esto evitable? ¿En qué medida somos lo suficientemente generosos y realistas como para esforzarnos por no enseñar sólo nuestro lado bueno, sino todos los lados, buenos y malos? ¿Cómo sustraerse a la tentación de aparentar ser príncipes azules o princesas de cuento de hadas?

No lo sé, Pero apenas dados los primeros pasos de la convivencia, comenzamos a ver la verdadera cara (y cuerpo, y pies y, lo que es peor, cabeza… ) de nuestro cónyuge. Y comprendemos, demasiado tarde, que estábamos engañados. Que no estábamos casados con la persona que creíamos, sino que hemos sido defraudados, y que nuestro contrato es aún válido cuando el objeto del mismo ya no lo es. Si en vez de una persona fuera un bien, estaríamos hablando de una estafa, y así nos sentimos: estafados.

La hora de tomar precauciones en el matrimonio, como en todo, es antes, y no después. Cuando uno conduce, debe frenar antes de entrar en las curvas, porque hacerlo cuando ya se está en ellas puede terminar en un campo de habas con demasiada facilidad. Se es prudente para todo en la vida o no se es prudente. Si hay algo que tener en cuenta, procure hacerlo antes.

Por ejemplo: una mujer nunca supedita su familia a usted mientras no sea cuestión de vida o muerte (y aún así, con cláusula de revisión en el futuro). No renunciará a ella, en tanto que sí le presionará suave pero insistentemente para que usted renuncie, muy despacio, casi inadvertidamente, a la suya. Es probable que, poco a poco, sibilinamente, intente que usted haga cosas por la familia de su mujer, que usted acepte sus manías y costumbres, que usted les aguante aunque ellos no le aguanten a usted.

Su mujer tendrá, normalmente, tiempo para recibir y atender o visitar a su propia familia e incluso sus propios amigos o amigas, pero pondrá miles de inconvenientes a la hora de ir a visitar la de usted, o a sus amigos o amigas; y un sin número de objeciones cuando se trata de que es la familia de usted la que viene a su casa de visita. En uno y otro caso, compare los menús que su mujer ha preparado y saque conclusiones. Conozco muchísimos casos en que el auténtico causante del divorcio no ha sido ni más ni menos que la familia, generalmente la de la esposa.

De modo que no olvide nunca que el matrimonio es, entre otras cosas que usted quiera mencionar, un contrato: un contrato que vincula, para muchas cosas, de por vida. Un contrato que incluso abarca más de lo que usted creía, dado que usted no sólo se casa con su esposa, sino que hereda una familia que puede no gustarle tanto como la chica. Un contrato que le pone al lado de una persona y de su familia para siempre, sobre todo si tiene hijos con ella.

Antes de casarse, olvide por un momento la cara de su adorada, y la sonrisa desdibujada de los hermosos hijos que espera tener, y piense fríamente en lo que se dispone a firmar. Es un contrato, y nada más que un contrato. Y, como tal, sujeto a una legislación (patrimonio de la España profunda) que, si usted es varón, le perjudica claramente.

Por tanto, mi último consejo en cuanto a contraer matrimonio se refiere es tremendamente prosaico (creo que es lo único que sirve, de verdad, en estos casos, cuando a la vista está que todo lo demás fracasa). Si de verdad es consciente que está firmando un contrato, deje absoluta y exhaustivamente claras las cláusulas del mismo. Y no me refiero ya al régimen matrimonial, ni a nada legal, que es obvio que usted debe amarrar muy minuciosamente.

Es algo más, que se refiere al compromiso emocional, afectivo y personal: deje claro y ante testigos (los que considere de mayor rigor y que se tomen la cosa en serio), con su futuro cónyuge, cuál es el auténtico contrato: qué y cómo espera de su cónyuge, qué es lo que nunca admitirá, qué es lo que usted consideraría como un fraude… y pida que su pareja haga lo mismo, Tal vez no sirva para nada si, después de todo, usted decide firmar los papelitos, pero, al menos, quedará más claro cual es la causa del fraude y, luego, del desastre.

Ahora viene una parte delicada. Lo que menos riesgos entraña para usted es que no haya hijos. Desde que los hay, su mujer cambiará, y adoptará una posición de fuerza ya que ha venido a poseer algo que usted no desea perder y que valora incluso más que a su propia vida: sus hijos.

Puede usted esperar que sus hijos no sean utilizados como moneda de cambio o instrumento de venganza a la hora de dirimir sus problemas conyugales, pero yo no contaría con ello: estadísticamente (una estadística informal, lo confieso), los utilizan sin ningún reparo para imponerle criterios, obtener dinero o cosas materiales, hacerle comulgar con ruedas de molino, forzarle a hacer o decir lo que usted no desea, tenerle domeñado y sujeto o, simplemente, para dañarle,

Pero yo no puedo aconsejar no tener hijos. Sólo que, sea consciente de que el tenerlos representa poner en manos de su cónyuge mal avenido un arma que apunta directamente a su sien y, de paso, a la de su hijo: eso sí, espero que al menos haya podido usted elegir el momento en que tiende este arma a su ejecutor.

Ya sabe que en los últimos doce años han habido en España algo más de 600.000 separaciones y divorcios. Esto implica un porcentaje inevitable sobre el número total de matrimonios. Lo que quiere decir, a su vez, que es previsible que un determinado porcentaje de los matrimonios que se continúan produciendo acaben en divorcio (y el caldo de cultivo cada vez facilita más la situación). Piense que usted está dentro de este trágico “bombo”, y que su número también puede salir “premiado” en esta macabra “lotería”. Por tanto, prevea en lo posible esta posibilidad cuando haga previsiones, inversiones e incluso cuando trate de orientar el futuro de sus hijos, desde su formación y educación hasta los recursos que les pueda proporcionar. Consulte muy bien con un abogado.

Hay fórmulas legales que permiten establecer reservas específicamente dedicadas a los hijos, administradas por personas de su elección. Y, siempre, haga testamento. Aunque su cónyuge no sea heredero suyo, sí tiene derecho a disfrutar de por vida de los bienes del cónyuge difunto, lo que, como mínimo, puede entorpecer su liquidación en caso necesario. Piense, además, que los miembros de su familia política sí pueden ser herederos legales suyos.

En todo caso, no olvide que las decisiones que tome sobre la educación de sus hijos, sobre los colegios que elija, sobre el “standing” de vida que les proporcione es un vínculo que en caso de separación se le va a pedir que mantenga. Aún así, me consta que dará a sus hijos todo lo mejor, sea cual sea el riesgo: yo también se lo aconsejo, pero sea consciente de ese riesgo y sus consecuencias,

En caso de que se plantee una separación, no hay consejo posible. Es todo cuestión de discernimiento, y debe ser usted quien determine si es mejor decidirse con rapidez antes de que la violencia se instale en su hogar y perjudique a sus hijos o si, por el contrario, dará una oportunidad (o varias) a su matrimonio. Será usted (o su cónyuge) quien decida eso. Sólo cabe decir que, si va a acabarse, cuanto antes mejor, cuanto menos violencia mejor, cuanto mejor sea el acuerdo, menos gastará en abogados, (y por tanto, menos patrimonio detraerá a su cónyuge, hijos y a usted mismo), y más rápido y eficiente será el procedimiento legal.

Si se lleva a cabo desde posturas encontradas, cada cual con el ánimo de despojar y vengarse del otro cónyuge, sin renunciar a nada y de manera intransigente, lo están haciendo por las malas. Normalmente, el que se niega a un buen acuerdo (que es el mejor fin aceptable) es el responsable auténtico de la separación, y no debe caber ninguna duda de que también lo será de la catástrofe subsiguiente. Pero aún así, si las posturas están realmente encontradas, es mejor abreviar que demorar, siempre que usted no pierda con ello más de lo que es justo: de todas formas lo perderá… (siempre se pierde); como dice un proverbio chino, un pleito ganado es aquel trámite en que se gana una gallina y se pierde una vaca).

No busque el acuerdo por el acuerdo: no se confunda que no es eso lo que le aconsejo. Le aconsejo que, debidamente asesorados, alcancen un acuerdo justo, pacífico, y que ese acuerdo sea ratificado por el juez después de haberlo sido por su abogado. Pero no ceda por ceder, ni por acabar rápido. Igual que se ha armado de paciencia en los meses previos a su separación, reármese ahora de ella para alcanzar éste acuerdo. De no ser justo, renuncie al acuerdo y cambie de opinión: deje que el otro sea quien pida la separación, sitúese a la defensiva y, entonces, prepárese para una larga guerra de trincheras. O ponga usted la demanda.

Insisto nuevamente en que el stress al que se verá sometido en un proceso tal será de tal calibre que conviene que usted esté preparado psicológicamente para afrontarlo. Necesitará cantidades importantes de autoconfianza y de fuerza moral. Para ello, trate de no dejarse llevar por la desesperación nunca, Intensifique en lo posible el procurarse una vida sana. Aprenda a pensar por sí mismo, a establecer para sí criterios firmes y fundamentados… a tener claridad de ideas. Sé que es una proposición extraña, pero es muy importante alcanzar la cota más alta de equilibrio posible.

Cultívese de todas las maneras posibles. No adquiera hábitos nocivos y trate de limitar o abandonar los que ya tenga adquiridos. Eso le dará fuerza. Por ejemplo, no vea tanta televisión: subliminalmente contribuye a inculcarle el estilo de vida que a su mujer-que-quiere-separarse le gustaría que usted aceptara, así como los principios y valores que más le convienen a ella, pero tal vez no a usted, y acaban por convertirle en un ser pasivo, con un coeficiente intelectual similar al de una salchicha Frankfurt. Recuerde lo que dijimos sobre la influencia de los medios en el capítulo dos.

Una vez en faena, no debemos caer en analizar todas las “trastadas” que nuestro cónyuge nos ha de hacer con seguridad, ni todas las mondas de plátano que deja caer a nuestros pies. Recuerde que una hembrista puede ser especialmente recalcitrante, pero ya hemos repasado cuáles son sus armas más frecuentes. Una vez se ha aceptado que es una persona que le considera enemigo, déjela que se coma su propia moral pensando en modos de perjudicarle.

Cuanto más negativa sea con usted, más positivo debe forzarse a ser para compensarlo. No hay que caer, sobre todo, en la desesperación. Fabrique, si es necesario, una nueva vida, con nuevas aficiones, nuevo entorno… comience un curso de algo nuevo y llamativo, haga más deporte o camine… busque nuevas actividades que le alejen de la mezquindad de la sucia guerrita de trincheras.

Por más que piense, no va a conseguir evitarla, de modo que no pierda el tiempo desgastándose en ella. Sencillamente, no acepte las normas de lucha que le han impuesto, y lleve su frente a otro sitio. Con ello tal vez no salve mucho, pero, si le es de valor, salvaguardará mejor su autoestima, cada gramo de la cual va a necesitar cuando los tiempos aún se endurezcan más. Es lo mejor que puede hacer para no olvidarse de sí mismo. Y, si no para otra cosa, al menos servirá para mantenerle alejado de la mezquindad que tan inseparable es en estas situaciones: con un mezquino ya hay más que suficiente, de manera que no sea usted el segundo.

No entre en rencillas a la menor provocación. Intente evitarlas hasta con violencia, valga la paradoja. Es decir, no se trata de esconder el ala y humillarse, sino de dejar claro que renuncia a discutir, que no van a conseguir que pierda los estribos, y que si eso es lo que se han propuesto, igual podrían hacerse examinar el hipotálamo o los nervios, porque le va a dar lo mismo: nunca lo van a conseguir.

Si es necesario, en caso de verlo todo rojo, la puerta de su casa siempre está abierta, si no para ella, porque no quiera marcharse, para que usted salga a dar un paseo tranquilizador, ir al cine (no hace falta que se entere de la película: se trata de conseguir reposo emocional, de contar hasta diez, no de apreciar los valores interpretativos de los actores), o tomarse un café en el bar de la esquina. Si opta por esto, que ella no sepa dónde está ni qué está haciendo. No le dé más explicaciones sobre su vida que las que ella le da a usted de la suya; a ser posible, menos.

Hable poco. Vaya ejercitándose en desvincularse emocionalmente de ella, hasta que, simplemente, no exista en su horizonte. Es una guerra, y le va mucho en ella. Así que merece la pena el esfuerzo: aunque usted no sea nada despiadado ni maligno, esfuércese por ser tremendamente consecuente y circunspecto. No le permita que abuse o se exceda con usted sin hacerle saber lo que opina sobre su conducta, y sin dejar de decirle que ha actuado mal. Se trata de no dejarse acosar, para lo cual, responda al acoso con contundencia y firmeza, pero, no lo olvide, sin violencia.

No juegue su batalla tampoco en la calle. Su juego va a ser ponerse el disfraz de buena persona y jugar a la víctima con sus amigos y allegados, suyos y de usted. Ya sabe que, como decía Shakespeare, la falsedad tiene hermosa apariencia. Esfuércese por recordarlo, y confíe en que una conducta intachable por su parte le tiene que dar la razón finalmente. No deje que su indignación trascienda en público: puede dejarse ver turbado o sorprendido, confundido, pero no violento. Y cuente con que, como decía Papini, “los astutos vencen siempre en el primer momento, y suelen ser vencidos antes del fin”. No pierda la paciencia: es y será una guerra larga, pero no eterna, se lo garantizo.

La sinceridad y la verdad por delante es el único método infalible para no pillarse jamás los dedos. Si realmente desea tener este arma formidable, pague el precio con gusto: no mienta. Sea sincero consigo mismo y con todos. Es una estrategia de aplastante fuerza. De las mentiras necesarias ya se encargará su abogado a causa de las de su ex-señora.

Aún más esfuerzos: todas las batallas se libran con esfuerzo y sin garantías, por lo que habrá que acostumbrarse a ello. En este caso, el esfuerzo es tal vez el más importante y determinante, porque nos afecta directamente como personas. Es un esfuerzo por alcanzar la excelencia, por ser intachables en la medida de lo posible, por obtener metas personales que nos satisfagan a nosotros mismo.

Tener las ideas claras contribuye a no caer con facilidad en la trama de redes capciosas y falaces que te van a tender en el largo camino hasta superar la prueba. Cultivarse, formarse, fortalecer el propio espíritu…es alcanzar coherencia, que tiene el inconveniente (para sus enemigos) de ser difícilmente vulnerable. En este apartado, la honestidad (que tan vulnerables nos hace a veces), nos acaba haciendo fuertes, porque nos permite no tener que avergonzarnos de nada. Quizás su divorcio saque de usted lo mejor que tiene dentro.

Hay un movimiento, nuevamente en Estados Unidos, que por más que se les critique son incuestionables exportadores de modas y costumbres que el resto de países acaba, invariablemente, aceptando e imitando. El movimiento es femenino: grupos de mujeres que se han encontrado con que el encorsetador movimiento feminista (hembrista de hecho), ha convertido a los varones en algo parecido a muebles funcionales: sin libertad de movimientos ni de pensamiento, obsesionados con complejos de machismo, sin iniciativa, sin fuerza y, lo que es peor, sin pasión ni, tan siquiera, interés por sus parejas. En suma, este movimiento reclama que los hombres asuman su responsabilidad, su liderazgo en la pareja y en otros entornos. Que vuelvan a ser hombres.

Reclame pues su liderazgo, y ejérzalo a pesar de las cargas de profundidad que le lancen y del metódico boicot al que su esfuerzo se va a ver sometido. No es en vano, porque aunque no le dejen, al menos no habrá renunciado a su responsabilidad ni para con su mujer ni para con sus hijos, por más que ella se aplique minuciosamente a deshacer cuanta iniciativa intente llevar a la práctica.

Piense que ya no es un ser racional, y que su objetivo no es mejorar el patrimonio familiar ni reforzar el carácter ni la auto confianza de vuestros hijos, sino humillar y vengarse de su enemigo (usted) aunque para ello destruya el patrimonio familiar, o genere en los hijos una dependencia excesiva, una inseguridad o un complejo de por vida… Ni siquiera piensan en ese daño: de lo contrario, buscarían sin demora el acuerdo pacífico y justo en lugar de dedicarse en cuerpo y alma a “crucificarle”.

Mantenga y mejore su “clase”, su comportamiento, su “saber hacer”. Ello le ayudará a que la desestabilización que cada día sufre no le afecte demasiado (algo es inevitable) en su entorno laboral. Aunque mucho de su sueldo irá a pagar una pensión, por el momento necesita su trabajo, o como mínimo, el prestigio de realizarlo correctamente, de cara al futuro. Luego decidirá, a la vista del desenlace, si le conviene mantener ese trabajo, cambiarlo para alejarle de su entorno habitual 0, simplemente abandonarlo si sus recursos lo permiten.

Lo dicho no le convierte en un nuevo Quijote, no se equivoque. Denuncie absolutamente todo lo que considere denunciable por parte de su mujer, si es que ya está en trámites legales, Por ejemplo, si se siente maltratado, a falta de una asociación ad-hoc para hombres, acuda a una de mujeres y haga que le escuchen: no pueden discriminarle por razón de sexo. Vaya con testigos y quéjese, y denuncie malos tratos allá donde pueda, si es que se siente mal tratado psíquica o incluso, ¿por qué no?, físicamente, por su mujer, o simplemente, coaccionado. No lo haga, si es posible, hasta que ella haya dado el primer paso, es decir, haya pedido la separación. Pero una vez iniciadas por su parte las hostilidades, no deje pasar ni una sola ocasión de pedir justicia y denunciar la injusticia.

Ya hemos repetido varias veces que muchas mujeres, llegado el caso, se apoderan de los hijos, convirtiéndolos en objetos de su uso personal, de su exclusiva propiedad. Según el derecho romano, la propiedad se define como el ius utendí et abutendi39, así que lo que cabe esperar es que su mujer abuse de sus hijos para chantajearle a usted. No lo consienta. Si no puede evitarlo con reconvención verbal, no caiga, insisto en la violencia. Pero tenga muy presente que los niños tienen derechos, y que hay asociaciones e institutos que se ocupan de defender los derechos de los niños. Acuda a ellas y pida ayuda. No le importe si, una vez más son asociaciones femeninas: busque testigos y presione, porque tienen que atenderle, les guste o no. Denuncie los abusos (por ejemplo, su mujer sale de casa con los niños sin comunicarle dónde los lleva, o bien les mima en exceso, o les habla mal de usted, predisponiéndoles en su contra).

Estas asociaciones, así como algunos despachos de abogados, disponen o pueden recomendarle psicólogos que valorarán los posibles daños que se están produciendo en los niños, y que le asistirán en el caso de existir tales daños. Denuncie tantas veces haga falta. Y si necesita inspiración, hay una nueva ley, la ley Orgánica (nada menos) 1/1996 de 15 de Enero, de los derechos de los menores, aunque lamentablemente esta ley sólo se preocupa de los casos realmente drásticos, como malos tratos físicos, etc.

Nunca, nunca jamás, renuncie a sus hijos, pero no pierda toda oportunidad siempre, siempre que surja, de demostrar a su cónyuge que no va a aceptar el chantaje que le hace con ellos; manifieste claramente que usted va a pelear la batalla legal, porque su hijo no nació con un certificado de propiedad, atado al tobillo, a nombre de su mujer; pero que no va a discutir que su mujer se lleve a su hijo de vacaciones; si lo hace sin su aprobación reconvéngala, y si no sirve de nada, hágale saber que tomará sus medidas (y reclame los derechos de su hijo al amparo de la ley mencionada en el párrafo anterior), y que si cede, lo hace bajo protesta y para no destrozar a su hijo en la confrontación. Por su parte, no intente bajo ningún concepto manipularlo. Después, la vida es larga, y los hijos acaban dándose cuenta de quién es quién y cómo han sido tratados y educados.

Dígale a su mujer claramente que, si le plantean la tesitura de vivir amargado o dejarse cortar una mano, usted va a dar gustoso la mano: no porque no la quiera o necesite, sino porque será mejor que vivir amargado. Y no obstaculice su labor en casa: Ya que se ha ofrecido voluntariamente a hacer de niñera, déjela que sirva como tal… quizás sea la única cosa para que esa persona le vuelva a ser de utilidad (a estas alturas ya no cabe hablar de apoyo, cariño, amor, ni ninguno de estos pilares básicos del matrimonio). Recuerde que, de alguna manera, usted ya está realmente separado de su mujer, al menos desde el punto de vista que más importa: el afectivo.

Procure que no le amarguen en su casa: si le fastidian hasta la exasperación por su desorden o por su “egoísmo” (otro lugar común de la hembrista, que suele padecer el triple de aquello de lo que acusa), deje claro que a usted le importa un ardite lo que ella piense: es su casa, quiere sentirse a gusto en ella, y ella podrá pasar la aspiradora cuando usted acabe de ver la película, y ni un minuto antes. Y a la hora de decidir si la casa está limpia o sucia, presentable o no, su opinión debe valer, como mínimo, tanto como la de ella. Si su mujer se empeña mucho en fastidiarle con sus recriminaciones, deje que siga hablando con la pared y váyase a la cama o a dar un paseo. No se enfrente a un poseso ni a un maníaco, ni tampoco a la insensatez de su mujer, porque no ganará nada con ello: normalmente perderá. Además ¡pobrecitas!.

Ojo con los sentimientos de culpabilidad. En todo este amargo proceso, usted habrá oído decir a muchas personas de su entorno uno de esos clásicos tópicos que, además, están avalados por la solvente opinión de un considerable puñado de psiquiatras: nadie está totalmente exento de culpa en una separación, o, lo que es lo mismo, no se crea usted inocente, porque sin duda también es culpable (esto es lo que le estarán diciendo muchos de sus amigos, con la mejor intención, los muy calabacines).

Bien, suponiendo que sea verdad, el tópico obvia otra opinión no menos frecuente en la comunidad psiquiátrica, pero sí menos mencionada: siempre uno de los dos es mucho más culpable que el otro. En el caso de que usted haya tomado la difícil decisión de separarse o la soporte impuesta por su pareja, sin duda habrá meditado con suficiente amplitud en qué medida podría haberlo evitado, en qué medida lo provocó y, sobre todo, en qué medida es responsable de la situación. Una vez haya reflexionado sobre ello y llegado a una conclusión, acéptelo y olvídese de pasar el resto de sus días torturándose al respecto y revisando una y otra vez lo que sucedió: a los peores criminales sólo se les somete a juicio una vez, y no más. No lo haga usted peor con usted mismo que lo que se hace con ellos.

Ha tomado o se ha visto obligado a aceptar una decisión: aprenda a vivir con ella y empiece a construir desde el presente, no desde un pasado confuso y lleno de miseria humana. Renazca de sus cenizas, que seguramente le quedan muchos años de vida y habrá mucha gente que le quiera o que dependa de usted que no se merece que les defraude hundiéndose en la depresión. También es fácil de decir, lo sé, Pero conseguirlo es vital.

Ojo también con los después: después de una separación suele haber intentos de re-aproximación, normalmente por parte de ella, de restablecimiento de la relación… que normalmente no funcionan. Además, suele haber permanentes contactos, unos para recriminar a la pareja e, inmediatamente el día después, para solicitar dinero para una lavadora nueva, con la más dulce y melifluas de las voces. En este sentido, conviene adoptar una postura racional y llevarla a sus últimas conclusiones aunque sea de manera irracional, de modo que no dejemos que las emociones nos traicionen después de haber recorrido un camino tan largo y tan penoso. Si nos hemos separado, lo estamos de por vida: y se acabó. Ni recriminaciones ni dulzuras extemporáneas: lo mejor es poner toda la tierra por medio que la relación necesaria con nuestros los hijos nos permita. Lo escrito, escrito está.

Un último consejo que ya mencioné: una vez embarcado en un proceso de divorcio, muchos se apresuran a encontrar una pareja estable para llenar el hueco emocional que el cónyuge dejó. Es un error hacerlo como mínimo hasta que el divorcio no esté plenamente declarado legalmente, con todas las condiciones establecidas. Y lo es porque implica vínculos que pueden perjudicar tus derechos en el proceso (por pocos que sean). Recomiendo vivamente que no tenga prisa para ello, aunque reconozco que el vacío emocional es durísimo de sobrellevar.

APÉNDICE:

LA EXPLICACIÓN DE LA PARADOJA

Recuerde el lector que, en el capítulo segundo, hablábamos de una paradoja, que podemos resumir en dos puntos:

a) El hombre anhela la abundancia de todo aquello que aprecia.

b) El hombre se siente decepcionado cuando alcanza la abundancia deseada, y cuanto más posee de ella, menos la valora y más se degrada y desestimula.

Recurro a la pirámide o jerarquía de las necesidades del psicólogo americano Abraham Maslow para explicar la paradoja. Maslow estableció cinco niveles de “necesidades” que el hombre puede alcanzar (véase el gráfico siguiente), así como unas reglas para explicar su funcionamiento. He aquí la pirámide:

DOS CLAVES PARA LA COMPRENSIóN DEL GRÁFICO

1.- Las necesidades de los escalones sombreados (los tres de abajo) generarán insatisfacción cuando no se cubren.
2.- Las de los escalones superiores, aún no cubriéndose, no generan insatisfacción, sino tan sólo falta de satisfacción… que, piénselo bien, es muy diferente.

Las reglas del funcionamiento. Son éstas:

  1. Las necesidades más básicas, las de la base de la pirámide, deben ser cubiertas antes que las más “sofisticadas” (que son las que van ocupando los sucesivos peldaños de la pirámide hacia arriba). Si una persona no tiene cubierto un determinado nivel de necesidades (digamos el primero) de la jerarquía, no podrá preocuparse por el segundo, Por usar un ejemplo gráfico: una persona que está muriendo de hambre tendrá serias dificultades para preocuparse de su reputación, y no se le ocurrirá pensar en ella por lo menos hasta que no coma.
  2. Cada vez que se cubra un determinado nivel de necesidades, el hombre buscará inmediatamente alcanzar el siguiente, no conformándose con lo ya alcanzado. La lucha por alcanzar el siguiente nivel está incentivada por la expectativa de satisfacción que el hombre espera obtener cuando lo alcance.
  3. El hecho de no alcanzar a cubrir las necesidades que se encuentran en los tres escalones más bajos de la pirámide produce insatisfacción40, que puede ser más o menos intensa según cuál sea el nivel que no se ha alcanzado (el más bajo, el intermedio… )
  4. El hecho de no alcanzar a cubrir alguno de los dos últimos niveles hace que el ser humano no esté plenamente satisfecho, pero sin embargo, tampoco estará insatisfecho, pues lo que tiene le basta para no padecer insatisfacción. Es decir, no alcanzar los dos últimos niveles produce falta de satisfacción.
  5. En cualquier momento se puede ascender o descender drásticamente hacia arriba o hacia abajo en la escala. Cuando esto sucede, el hecho de haber estado antes en el nivel que ahora se vuelve a tener no modifica en modo alguno el comportamiento que se tiene al estarlo nuevamente, respecto del que se tuvo cuando anteriormente se ocupaba dicho nivel, Es decir, la experiencia de haber sido pobre con anterioridad no implica que, al volver a serio tras una buena racha, uno se vaya a sentir menos infeliz de lo que antes se sintió al serio por primera vez.

La pirámide es un instrumento de reflexión muy útil. Probablemente Maslow no aspiró a convertirla en un modelo matemático de comportamiento, pero casi funciona como tal, y permite a cualquiera que la someta a razonamiento, extraer multitud de conclusiones útiles.

  • Por ejemplo, la explicación de la paradoja de la que hablábamos en el segundo capítulo, y que se fundamenta en lo paradójico de la naturaleza humana. Porque es paradójico el hecho de que el hombre se encuentra motivado y valora lo que busca siempre y cuando aún no lo haya alcanzado, ya que tan pronto lo alcanza, deja de encontrarlo motivante y de apreciarlo por mucho tiempo que haya invertido en su consecución, para pasar a anhelar y valorar aquello que aún no posee y que, de inmediato, comienza a perseguir.
  • Es igualmente paradójico el hecho de que, si el hombre pierde aquello que, después de ardua búsqueda obtuvo, y que tras haber conseguido deja de valorar, volverá a desearlo con la misma intensidad con que lo deseó mientras no lo tuvo, y a perseguirlo con idéntico fervor.
  • Finalmente, cuando se han alcanzado todos los niveles de necesidades de la pirámide y “ya se tiene todo”, el ser humano pierde el impulso motivacional más fuerte que existe, es decir, la búsqueda de algo más, por lo que sólo le queda el impulso mucho más débil de mantener lo que tiene. A veces, esto basta para generar la suficiente fuerza y autodisciplina como para mantenerse ahí durante un considerable tiempo, pero a menudo se cae en la molicie, el aburrimiento y la degeneración, a consecuencia de lo cual se pierde parte de lo que se ha adquirido con esfuerzo… la buena noticia, llegados a este punto, es que, al menos, se recupera la motivación de perseguir algo de lo que se carece.

Si en este libro este análisis es importante, no lo es menos en tantas otras facetas de nuestra propia vida, que tal vez no conozcamos tan bien como deseáramos. Personalmente, la compresión de este análisis me ha ayudado con frecuencia a definir mis intereses y prioridades con menos pasión y más razón, y por lo tanto, la estimo un instrumento muy interesante. Deseo que así sea para el lector, además de contribuir a la comprensión más completa de este libro.

Fin

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